En el cuarto oscuro de Magnum

El «diario íntimo» de los maestros de la legendaria agencia, al descubierto en sus hojas de contacto

«A quien invitas a comer no le muestras ni las cacerolas sucias donde cocinaste ni el cubo de la basura. Con las hojas de contacto pasa lo mismo. No debe ver tus borrones quien contempla tus fotos». Así pensaba Henri Cartier-Bresson, uno de los fundadores en 1947 de la legendaria agencia Magnum. El genial fotógrafo francés no quería que nadie viera su 'diario íntimo', su trabajo en el cuarto oscuro. Que observara sus fallos y titubeos ni desvelara el secreto de sus aciertos. Ese proceso mágico que condenaba o sancionaba a una imagen convirtiéndola en un instante decisivo.

Pero la agencia que fundó ha decidido abrir su trastienda y mostrar las entrañas de ese tesoro. A través de la muestra 'Magnum: Hojas de contacto' -en la Fundación Canal de Madrid- permite entrar en el cuarto de revelado junto a algunos de los genios de la fotografía del siglo XX. De Robert Capa a Cristina García Rodero, pasando por Marc Riboud, Inge Morath, Phillip Jones Griffiths, Bruno Barbey o René Burri, ofrece un inusitado y esclarecedor paseo por cerca de un centenar de icónicas fotografías acompañadas de sus contactos.

Son 94 instantáneas tomadas entre 1933 y 2010, casi todas en nuestra memoria colectiva y tan míticas como la mayoría de sus 65 autores. Se pone al descubierto su proceso de creación, el trabajo entre bambalinas de los históricos fotógrafos en el cuatro oscuro. De la toma y la primera impresión de trabajo a la definitiva: cómo apostaron por una imagen y desecharon otras, tachándolas o recuadrándolas en los contactos. «Sacar una buena fotografía de una hoja de contactos es como ir a al bodega y subir con una buena botella para compartirla» decía Cartier-Bresson, de quien se muestran fotos de Sevilla en 1933. Para Martine Frank mostrarlas es desvelar su intimidad: «Es como permitir mi violación y, al publicar algo tan íntimo, corro el riesgo real de romper el encanto, de destruir un cierto misterio».

Hay en la muestra instantáneas de hechos tan cruciales como el desembarco de Normandía o la caída de las Torres Gemelas de Nueva York en septiembre de 2001. De la revolución cubana, la primavera de Praga y las revueltas de mayo del 68 en París, de los cruentos conflictos de Vietnam y los Balcanes, o las protestas en la plaza de Tiananmén junto a históricos retratos de los Beatles, Margaret Thatcher, Richard Nixon, Malcolm X, Salvador Dalí, Matin Luther King o Ernesto 'Che' Guevara.

Emmanuelle Hascoët, directora de exposiciones de Magnum Photos, presenta la selección como un ejercicio de arqueología fotográfica. «En la era digital la hoja de contactos ha dejado de ser la utilísima herramienta que fue para los fotógrafos», admite. Y es que pocos 'millennials' sabrían apreciar que se trata de la primera impresión obtenida por contado del negativo sobre el papel fotosensible. Un fidelísimo boceto, «un cuaderno de notas primordial para la selección que aporta una valiosa información tanto para los fotógrafos como para los editores gráficos a la hora de evaluar el proceso creativo de las imágenes y elegir las mejores».

Propone un recorrido cronológico partiendo del trabajo de Robert Capa, Henri Cartier-Bresson, David 'Chim' Seymour y George Rodger, los fundadores de Magnum Photos junto a Rita y William Vandivert. «Además de fundar la agencia crearon la propiedad intelectual y otorgaron independencia a los fotógrafos, haciéndoles dueños de unos negativos que antes quedaban en poder de los editores y los medios», recuerda Hascoët.

El espectador «entra» en el laboratorio junto a estos maestros y explora sus contactos con la misma minuciosidad que ellos. Observando con lupa sus hojas de contacto en una suerte de mesas de revelado ve «sus cuadernos de trabajo, su diario personal un documento íntimo pleno de secretos», según Hascoët. Ve como la foto decisiva surge de muchas decisiones también determinantes: recortar o no el negativo, alterar el encuadre -un sacrilegio para Cartier-Bresson pero no para otros colegas- regular el contraste, el brillo o la intensidad del color cuando este irrumpió en el oficio. Unos procesos manuales que hoy se realizan con un dedo sobe la pantalla de un móvil o un ordenador y potentes herramientas digitales como Photoshop.

La muestra documenta cada paso «marcando ese momento decisivo en la hoja». Permite ver el reverso de muchas imágenes con anotaciones del fotógrafo o el editor y rehacer su azaroso recorrido. Como el de las fotos de Capa del Día D, un viaje de las playas de NormaNdía a la redacción de 'Life' que sólo superaron un puñado de imágenes de los cuatro rollos que tiró.

Relegadas a un uso residual y nostálgico tras la imposición de la fotografía digital, las hojas de contacto «son aún hoy el mejor exponente de la época dorada del periodismo gráfico, cuando eran el nexo de unión entre el fotógrafo, el editor, la agencia y las publicaciones, a menudo con criterios divergentes», insiste Hascoët.

Su edad de oro son los años 50 y 60, reflejados en el trabajo de Marc Riboud, Erich Lessing, Inge Morath, Eve Arnold o René Burri. En los 70 y los 80 se instaura una visión más personal y Magnum alterna la cobertura de los grandes conflictos con fotografía callejera, de moda o social a través de Susan Meiselas, Alex Webb, Abbas, Josef Koudelka, Steve McCurry, Jean Gaumy o Ferdinando Scianna. En los 90 experimentan con el formato, la intención y enfoque Eli Reed, Chien-Chi Chang y Bruce Gilden.

En el siglo XXI la revolución digital cambió las normas y los contactos son una reliquia que usan testimonialmente fotógrafos como Trent Parke, Paolo Pellegrin, Thomas Hoepker, Alec Soth o Cristina García Rodero, la única española del selecto club Magnum Photos. al que pertenece desde 2009. Sus postulados -un enfoque más humano, directo e imaginativo, lejos del artificio y la escenificación- «son hoy plenamente vigentes», asegura Hascoët.

En un país entregado a la cháchara, o a darle a la sinhueso que dirían los más viejunos, lo de dialogar, qué paradoja, parece un exotismo. Acaso un deporte del que pasamos olímpicamente: preferimos las carreras de relevo sin fin, donde a cada zancada soltemos nuestros prejuicios sin cambiar de opinión ni a la de tres. España vive momentos como los de la Transición, pero el debate público no halla foros donde más allá de proclamas se abone un camino que, pasito a pasito, suave suavecito, pueda abocar a un consenso. Ojo, por supuesto que la ley es la ley, pero no hablo aquí de quién tiene más razón, sino de cuán huérfanos estamos de ejercicios sinceros de intercambio de argumentos.

Muchos ciudadanos se han echado a la calle, abanderados o de blanco: unos reclaman sensatez y unidad; otros, que los que manejan el cotarro se pongan a hablar. Justo sensatez y diálogo hicieron de 'La Clave' un referente televisivo a finales de los setenta. Ahora la sociedad es distinta y un 'prime time' actual, claro, no soportaría esas reuniones de hombres serios con José Luis Balbín fumando en pipa.

Pero tampoco es soportable que el debate se haya convertido en un formato en extinción, tras una deriva que viene de largo. Hermida creó las 'tertulias-show' allá en los ochenta; luego en los noventa Xavier Sardá, que ahora participa en los maratones de La Sexta, gestó el maniqueo y premonitorio 'Moros y cristianos'. Desde ahí comenzó a hacerse espectáculo del exabrupto y del gesto; de ahí salieron después debates con orquesta y hasta con copazos de vino. Y así llegamos a este páramo, donde las tertulias reinan con sus púgiles habituales de opiniones previsibles; donde TVE abdica, entre otras muchas obligaciones, de programar debates en horarios que no sean 'after hours'. Un desierto en el que, salvo excepciones y para colmo, el formato más duradero de este estilo es el que se dedica, ahí queda eso, a debatir sobre 'Gran Hermano'. A falta de ejemplos televisivos de postín, con conversaciones de fuste, normal que eso de dialogar sea una cosa tan mal vista.

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