Crónica de una lucha centenaria

La arabista Rocío Vázquez recorre en un libro la controvertida historia de los Hermanos Musulmanes

ÁLVARO SOTOMadrid

Hace una década, los Hermanos Musulmanes eran prácticamente unos desconocidos en gran parte de Occidente. Creadores del islamismo político, estaban, sin embargo, reprimidos por los regímenes dictatoriales del norte de África y obligados por ello a vivir en la clandestinidad. Pero en esta zona oscura consiguieron lograr el apoyo popular hasta convertirse en actores principales de la 'primavera árabe' de 2011. El fracaso de la insurrección en la mayoría de los países los volvió a llevar a la cárcel, una imagen que ejemplifica Mohamed Mursi, presidente de Egipto hasta que fue derrocado por un golpe militar encabezado por el general Al-Sisi. «Pero si hace falta, los Hermanos Musulmanes aguardarán a que el ambiente se relaje. Pueden esperar 90 años más a que haya otra 'primavera árabe'. Tienen experiencia en eso», cuenta la arabista Rocío Vázquez, autora de 'Hermanos Musulmanes en Egipto. Una historia política', un libro que recorre la trayectoria de la hermandad desde su nacimiento, en 1928, hasta la actualidad.

«Los Hermanos Musulmanes son todo: un grupo de acción social, benéfico, educativo, religioso y político», explica Vázquez, que señala que países como Egipto no podrían entenderse sin ellos. «Han vivido más de la mitad de su existencia en la clandestinidad, aunque en determinados momentos, los gobiernos los han utilizado en su favor y han levantado la mano si les convenía su apoyo. Pero habitualmente, han sufrido la represión porque los regímenes entendieron que eran una amenaza, la única alternativa viable al sistema», destaca la autora.

Rechazados no solo por las élites, sino también por los grupos menos religiosos de los países musulmanes, que los acusan de radicales, la irrupción de la 'primavera árabe' constituyó un punto de inflexión en la trayectoria de la hermandad. De la mano de otros sectores de la sociedad, como los laicos o los jóvenes, salieron a la calle a exigir la caída de Mubarak. «No se pusieron en cabeza, no hubo coranes en las manifestaciones. Decidieron participar como uno más en las revueltas», recuerda Vázquez.

Y después de esas revueltas llegó, quizá, el momento más importante de su historia. Egipto fue el país donde se materializó la influencia y el apoyo público recogidos durante tantos años de clandestinidad. El candidato Mursi ganó las elecciones y llegó a la jefatura del Estado, aunque desde el primer momento, se encontró con enemigos declarados en el Ejército y en la magistratura. ¿Mursi cayó por sus propios errores o por la presión externa? «No tenía ningún margen de maniobra en el Gobierno. Por supuesto que cometió errores, el principal, no poner en el centro de sus preocupaciones la economía. Cualquier líder, para mantenerse en el poder en un periodo de crisis económica tan duro como el de 2013, tenía que haberse esforzado por crear empleo y por mejorar la situación de los jóvenes. Mursi no prestó atención a esto», asegura Vázquez.

Pero toda la culpa no fue suya. La autora rechaza que Mursi quisiera gobernar con una agenda islámica conservadora. «Los Hermanos Musulmanes están adaptados a la modernidad. No quieren ni el califato ni una teocracia ni la sharía. Aspiran a construir un país democrático que funcione y eso es algo que Occidente no quiere entender: hay una opción islámica que representa unos determinados valores y que es válida», asevera Rocío Vázquez. Acusados de vínculos con el terrorismo, la arabista recuerda que los Hermanos Musulmanes hace tiempo que rechazaron la violencia. «Esa es su línea oficial», reitera. «No son el ISIS, ni Al-Qaida, ni la Yihad Islámica. Son un actor político no violento que tiene legitimidad para participar en la vida política de su país», agrega.

Aunque habitualmente se les identifica con Egipto, los Hermanos Musulmanes tienen hijos «directos e indirectos» en todos los países árabes, «desde Túnez hasta Jordania». De hecho, todos los partidos islamistas, incluido el turco Justicia y Desarrollo, de Erdogan, beben de la ideología de la hermandad. «Durante muchos años, Justicia y Desarrollo fue un modelo a seguir por otros partidos: pacíficos y de ideología progresista, arrastró a mucha gente porque están muy enraizados y saben representar muy bien a sus votantes. Pero Erdogan está tomando un cariz autoritario, con sus intentos de cambiar la Constitución, que tiende a la autocracia, y Turquía está dejando de ser un modelo. De hecho, muchos simpatizantes de los Hermanos Musulmanes en este país rechazan los cambios constitucionales. Hace diez años, yo misma pensaba que Erdogan era un gran líder y ahora tengo mis dudas», reflexiona Vázquez.

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