Concierto de año nuevo en Viena, no tan selecto como se cree

Concierto de año nuevo en Viena, no tan selecto como se cree

Su público se ha ido democratizando con el sorteo de la opción de compra de entradas. Algunos españoles cuentan la experiencia

ANTONIO PANIAGUAMadrid

No se concibe dar la bienvenida al nuevo año sin el concierto del 1 de enero a cargo de la Orquesta Filarmónica de Viena. Como los saltos de esquí, es una tradición arraigada, da igual que uno sea melómano o duro de oído. Al evento le han surgido miles de imitaciones, pero ninguna despierta la expectación que suscitan los músicos de una de las mejores orquestas del mundo. Cada 1 de enero, la Sala Dorada del Musikverein de la capital austríaca se convierte en uno de los mayores estudios televisivos del mundo. Cadenas de 90 países conectan en directo para retransmitir el acontecimiento. Es tal el interés, que los organizadores no necesitan publicidad para vender las entradas.

Guía para no perderse

Localidades.
Se venden por sorteo a través de la web de la Filarmónica de Viena con un año de antelación. Para poder participar en la rifa es necesario inscribirse en la web de la orquesta entre el 2 de enero y el 29 de febrero. Los precios oscilan entre 35 y 1.090 euros.
Lugar.
El espectáculo siempre se celebra en la Sala Dorada del Musikverein, un emblemático edificio que se levantó por encargo de la Sociedad de Amigos de la Música en 1870. Tiene un aforo de unas 2.000 personas.
Los músicos.
La Filarmónica de Viena es una de las mejores orquestas del mundo y la más eminente de la ciudad.
Director.
No hay un director principal. Cada año se invita a uno distinto. En 2018 tomará la batuta el italiano Riccardo Muti. Otros años lo hicieron Von Karajan, Claudio Abbado, Carlos Kleiber, Zubin Mehta, Seiji Ozawa, Mariss Jansons, Georges Prêtre o Daniel Barenboim.
Compositores.
Se tocan piezas de la familia Strauss. En la edición de 2018 cobrará especial protagonismo Alphons Czibulka, un músico militar que alumbró numerosas piezas de salón, entre ellas ‘Stéphanie-Gavotte’, dedicada a la princesa Stéphanie de Bélgica.

El público no es tan selecto como puede pensarse a priori. Es verdad que la cita tiene algo de punto de encuentro de la alta sociedad, pero, en principio, cualquiera puede acudir a escuchar la ‘Marcha Radetzky’ tocada por los maestros vieneses. Como es tanta la demanda, se sortea la opción de compra de entradas, sólo dos por persona. Basta con inscribirse en la web oficial de la Filarmónica, entre el 2 de enero y el 29 de febrero, para tener derecho a participar en la rifa de localidades, cuyos precios oscilan entre 35 y 1.090 euros. Es lo que hizo Paula Pons, periodista especializada en gastronomía, a quien le sonrió la suerte en la tercera tentativa. «En marzo del año pasado me llegó un ‘e-mail’ en el que me decían que me había tocado. No me lo creía, porque es dificilísimo salir agraciado. Hasta llegué a pensar que era víctima de ‘hackers’. Mandé un mensaje a mi madre, que estaba de viaje en la India, porque dudaba si comprarlas. Era un dinero: 450 euros». Su madre la sacó de dudas. Después de recibir por escrito un expeditivo «¡cómpralas!», Paula dio al ‘clic’.

Para la informadora, cuya memoria sentimental está colonizada por los valses, polcas y galops de los Strauss, plantarse en la Musikverein fue cumplir un sueño, y eso que su familia no es especialmente aficionada a la música culta. De aquel día memorable recuerda la profusión de flores, los dorados y las pinturas que tapizan la sala dorada. «El auditorio es más pequeño de lo que parece en televisión. Aun así, me resultaba todo familiar. En cuanto acabó el concierto, todo el mundo, incluidos los que ocupan las primeras filas, se fue a coger las flores, como ocurre en las bodas».

"Yo estuve allí". La periodista Paula Pons y su madre, Amparo Martínez, en los prolegómenos del concierto.
"Yo estuve allí". La periodista Paula Pons y su madre, Amparo Martínez, en los prolegómenos del concierto. / R. C.

Hay todo un negocio montado en torno al evento. Existen agencias de viajes que se reservan un cupo de entradas y organizan estancias de tres o cuatro días. Procuran al cliente el desplazamiento en avión, alojamiento, visita a pie por el centro histórico de Viena y la opción añadida de solazarse con la asistencia a la Misa de los Niños Cantores. Darse tal capricho cuesta un ojo de la cara. Entre el viaje, el hotel y la asistencia al concierto, la cosa puede salir por unos 6.000 euros. No fue el caso de Paula y su madre, Amparo Martínez, que se alojaron en un departamento turístico y confiaron en el azar. Desde que se decidió poner en manos de la suerte el reparto de una parte del aforo, el público es de toda laya. Por de pronto, no se exige vestir chaqué o esmoquin ni ir de tiros largos. «Había gente peripuesta, pero también hombres sin corbata. Abundaba más la gente normal que la que iba con vestidos de gala. Nosotras íbamos un poco arregladas. Yo llevaba un vestido negro y pedí prestada a una amiga una rebeca mona, mientras que mi madre vestía pantalón negro y camisa blanca. Me sorprendió que no hubiera excesivas medidas de seguridad. No era necesario pasar por un escáner. Al acabar la primera parte fuimos a hacernos fotos y ver los instrumentos», cuenta Paula.

Con una audiencia mundial de 50 millones de personas y gente dándose de tortas para ver de forma presencial el acto, la Filarmónica no necesita hacer publicidad. La función se vende sola. En España, TVE transmite el concierto y logra una cuota de pantalla del 30%, lo que significa que es visto por dos millones de personas. «Es un evento comercial fantástico. Aunque no lo parezca, un melómano de verdad no tiene mucho interés en acudir. Yo antes me iría a otros muchos sitios donde hay funciones más divertidas y menos estandarizadas. Ni se me pasa por la cabeza pagar mil euros. ¿Se han vuelto locos o qué? Es un espectáculo amable y simpático, sí. ‘El Danubio azul’ es estupendo, pero es la típica cosa que tienes puesta en la tele mientras estás preparando la comida. Soy poco mitómano de este concierto, pero a la gente le gusta», dice Ricardo de Cala, director del programa ‘El arpa de Noé’, que emite Radio Clásica.

Apelación al milagro

En sentido estricto, no es un solo concierto, sino tres. El día 30 hay un ensayo general y en Nochevieja se celebra otro recital, siempre con el mismo programa que en Año Nuevo. Si es usted un melómano y no dispone de mucho dinero, siempre puede comprar una entrada para asistir al ensayo general y escuchar a la orquesta de pie. Y si, aun así, su amor a la música es grande, sus recursos económicos menguantes y todavía cree en los milagros, más vale que apele a la magnanimidad del director de orquesta y de los ejecutantes, a quienes la organización regala algunas localidades para repartir entre los allegados.

«El boato y la magia del evento no dejan a nadie indiferente»

«El boato y la magia del evento no dejan a nadie indiferente» carlos herrera, periodista

«En la segunda parte el público está más animado porel champán»

«En la segunda parte el público está más animado porel champán» josé antonio nieto, Asociación Salzburgo

«Dirigir ese concierto no es una hazaña artística, pero sí muy simbólico»

«Dirigir ese concierto no es una hazaña artística, pero sí muy simbólico» pablo heras-casado, director de orquesta

Para muchos, el ambiente suntuoso del concierto es un atractivo suficiente para rascarse el bolsillo. Carlos Herrera, director del espacio matinal ‘Herrera en COPE’, saludó 2009 yendo a la capital de Austria para gozar de la «batuta magistral» de Daniel Barenboim. La experiencia mereció la pena. «Tuve la suerte de disfrutar del boato y la magia que envuelven a la ciudad durante los días que marcan el final y el principio de cada año. Nada deja indiferente a quienes se dejan imbuir por todo lo que tal acontecimiento te ofrece. Si además compartes ese momento con tu familia, la experiencia cobra mayor dimensión», dice Herrera, quien tuvo la impresión de que en cualquier momento «iba a hacer su entrada en el teatro la emperatriz Sissi del brazo del emperador Francisco José».

Este año será Riccardo Muti quien dirija la Filarmónica. No es un advenedizo; lo hace por quinta vez y supone una apuesta que no comporta riesgos. En su mano está que los músicos ofrezcan lo mejor de sí para ejecutar las piezas –siete de ellas de estreno– escogidas para saludar a 2018. Curiosamente, lo más esperado por el público, ‘El Danubio azul’ y la ‘Marcha Radetzky’, no forman parte del programa oficial, sino que se tocan siempre en el curso de los bises.

Y ante el micrófono, para explicar a la audiencia de TVE y RNE los pormenores del evento, se encontrará Martín Llade, que se estrena en el puesto para suceder a su maestro, José Luis Pérez de Arteaga, fallecido en febrero. «Los valses, polcas y operetas de Johann Strauss hijo estaban concebidos para el gusto de la aristocracia imperial austrohúngara del siglo XIX. Es una música tan alegre, contagiosa y sana que es imposible no sentirse embargado por esos sentimientos. En su momento, estas piezas podían ser consideradas música ligera», explica Llade.

Aparte del amago de atacar ‘El Danubio azul’ e interrumpir la melodía de pronto –una broma que nunca falta–, uno de los rituales del espectáculo es el descanso, que en televisión se ilustra con un documental que ensalza las bellezas de Viena. En el Musikverein, el público lo aprovecha para tomar un refrigerio. «Es el momento del canapé de salmón y la copa de champán. Por eso en la segunda parte la gente está mucho más animada», dice José Antonio Nieto, presidente de la Asociación Salzburgo, que ha acudido varias veces a la cita. Como amante de la música clásica, viaja a Viena «como el que va a tomar un café».

Pablo Heras-Casado (Granada, 40 años), uno de nuestros directores de orquesta más internacionales, dice que quien dirige el concierto de Año Nuevo lleva ese galón de por vida. «No tanto por ser una hazaña artística, ya que hay programas más profundos y complejos, sino por su carga simbólica». Heras-Casado cuenta que él lo conoce «de refilón», pues hace dos años dirigió a la Sinfónica de Viena en otra función tradicional de Año Nuevo que tiene lugar por la tarde en el Konzerthaus, muy cerca del Musikverein, y con la ‘Novena Sinfonía’ de Beethoven en el repertorio. «Recuerdo que por la mañana me pasé con mis padres por la Sala Dorada del Musikverein, justo cuando había terminado el concierto y estaban recogiendo las flores, las cámaras de televisión, los instrumentos... Era como llegar justo cuando acababa la fiesta; por eso digo que yo viví la experiencia de refilón», bromea.

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