Línea de fuga

Colgarse una medalla

El Pompidou acogió la entrega de las Medallas de Bellas Artes./FERNANDO GONZÁLEZ
El Pompidou acogió la entrega de las Medallas de Bellas Artes. / FERNANDO GONZÁLEZ

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

Los años te devuelven circunstancias que creías superadas y a las que debes enfrentarte de nuevo, se supone que con mayor serenidad y sabiduría. Por ejemplo, la Semana Blanca. Este año los cinco días laborales pero sin colegio al final de febrero vienen con un festivo regional en todo el medio para confirmar el esguince en la intendencia familiar. En casa vivimos este año por primera vez este disparate maravilloso desde eso que llaman la edad adulta y la ocasión ha servido para hacer memoria de los tiempos escolares en los que nos llegaban estas vacaciones pagadas por un motivo que nunca llegamos a entender. Y como los recuerdos no dejan de ser historias que nos contamos, más o menos inventadas, más o menos cercanas a lo que quizá sucedió, me he acordado de los 'campamentos' a base de partidos de cualquier deporte, de las excursiones a los Viveros ICONA, de las mañanas con mi abuelo en la plaza de la Merced.

Ahora te asomas a la pantalla del móvil y hay media docena de museos ofreciendo actividades didácticas, la mayoría con muy buena pinta y algunas de ellas gratuitas, para los días de Semana Blanca. Hace quince años todo eso era campo. Apenas el Gabinete Pedagógico del Museo de Bellas Artes, las charlas de la Casa Natal de Picasso y pare usted de contar. Una generación y media de escolares ha crecido -si así lo han tenido a bien los responsables de sus respectivos colegios e institutos- con el hábito continuado de visitar instituciones culturales. Museos, sobre todo. Y esa pauta les ha podido construir una visión del mundo muy diferente a la de sus padres, incluso a la de sus hipotéticos hermanos mayores, con el museo integrado en su paisaje vital y con el contacto directo con las obras de arte como un elemento más de su formación académica, psicológica y emocional. Queda por andar con la misma intensidad ese camino en la música, el teatro y la literatura, cierto, con instituciones a las que se les preste una atención y un presupuesto análogos a los que reciben los museos; pero lo conseguido en apenas una década y media debería mover a cierto orgullo gregario.

El modelo de crecimiento museístico elegido por la ciudad ofrece luces y sombras, desde el alquiler de proyectos franquiciados hasta la hipoteca que se adivina tras los muros de la Aduana. A menudo el camino elegido ha sido la calle de en medio y las fórmulas de gestión, financiación y difusión han dejado mucho que desear en no pocas ocasiones. Convendría una reflexión mesurada sobre el barco a la deriva del Museo del Patrimonio, sobre la pertinencia misma del Museo Revello de Toro, sobre la mayor atención institucional que merece el Museo del Vidrio o la dejadez administrativa que sabotea el deseado crecimiento del Museum Jorge Rando.

Queda mucho por hacer desde la administración pública para que los museos con cargo a su presupuesto -es decir, el nuestro- funcionen de manera transparente. Conviene vigilar que la oferta museística no devenga en mero acto promocional, en telón de fondo para el selfi de los turistas. La apuesta por esos equipamientos no deben arrinconar las iniciativas privadas y alternativas que ofrecen algunas de las propuestas más sugerentes de la vida cultural de la ciudad. Y sin olvidar, de nuevo, todo lo que queda por mejorar, resulta injusto y malsano quedarse bajo la nube negra del cenizo. Sin chovinismo, con espíritu crítico, también parece necesario disfrutar de lo conseguido.

Cada cierto tiempo, la actividad cultural de la ciudad ofrece una excusa para que nos visite gente de otros lugares y de un tiempo a esta parte abundan las felicitaciones, las miradas de cierto asombro y los asentimientos que nos recuerdan desde fuera cómo hemos cambiado. Sucedió de nuevo el martes, con la entrega de las Medallas de Oro al Mérito en las Bellas Artes en el Pompidou. Lo ponderaron todos los discursos oficiales pero también cundió entre los corrillos de invitados y homenajeados. Y ante el riesgo de que la cercanía nos nuble la perspectiva, ocasiones como esta sirven para colgarnos, si quiera por un instante, una medalla de autoestima, aunque a algunos casi nos pese.

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