Cine, cine, cine

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Sr. García .
Cruce de vías

Cierra el videoclub Casablanca, el último eslabón de una saga de tres generaciones dedicada al cine

José Antonio Garriga Vela
JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA

Casi todas las semanas visito Casablanca en el Rincón de la Victoria. Nada más traspasar el umbral tengo la sensación de haber cruzado la frontera que separa la realidad de la imaginación. El dueño se llama Eduardo y saluda en voz baja como el acomodador de una vieja sala de cine. Yo también lo saludo en silencio igual que si en ese preciso momento comenzara la película. Miro las paredes cubiertas de dramas, comedias, romances y aventuras. Me desplazo de un lado a otro buscando alguno de los tesoros que permanecen ocultos lo mismo que esos valiosos ejemplares que esporádicamente se encuentran en las librerías de viejo. El otro día, Eduardo dijo que se echaba en falta espacios similares a las bibliotecas en los que se pudieran ver y consultar películas. Una cinemateca disponible para todos los públicos. Después confesó que iba a cerrar Casablanca y que a partir de la próxima semana vendería todas las películas.

Me contó que su abuelo, José Fernández Crespo, fue el propietario del cine Plus Ultra en el Llano de la Trinidad. Lo inauguró en 1927 y algunos de sus diez hijos solían acompañar las películas de cine mudo tocando instrumentos musicales. A mediados de los cuarenta, el abuelo también inauguró el cine Capitol en calle Mármoles y el cine Duque en el Molinillo. Cines con sala de invierno y al aire libre en verano. El padre de Eduardo continuó con el negocio familiar y los hijos pasaban las tardes viendo las sesiones dobles. Hasta que el martes 13 de marzo de 1984, Eduardo inauguró el primer videoclub. Tres generaciones unidas en torno al cine. Una vida de película que ahora cierra las puertas. Vivimos otros tiempos. Atrás quedan las grandes salas, los cines de verano en los que también se celebraron combates de boxeo, las sesiones dobles, las películas fatigadas de tantos reestrenos. Y años más tarde las colas en los videoclubs, el milagro de llevar una película a casa.

Nos encontrábamos los dos conversando cuando entró una pareja de turistas y preguntó a Eduardo si, por favor, quería hacerse una foto con ellos en la fachada del videoclub. Les había llamado la atención porque en su ciudad ya no quedaba ninguno. Al pisar la avenida del Mediterráneo, el sol le molestó en los ojos igual que al salir de una función matinal. Les hice la foto bajo el letrero del videoclub como si fueran Humphrey Bogart, Ingrid Bergman y Paul Henreid, delante de la puerta del Café de Rick en Casablanca. Nos quedamos mirando el cielo. Una avioneta sobrevolaba la playa remolcando una pancarta con los nombres de los cines Plus Ultra, Capitol y Duque, hasta desvanecerse en el aire, como pasa con los sueños.

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