La cicatriz invisible

SORA SANS

El dos mil quedaba muy lejos cuando éramos unos renacuajos que conquistábamos la calle pedaleando fuerte sobre nuestras bicis tuneadas. Cuando nos desollábamos las rodillas y sentíamos las piedras de asfalto en nuestra piel, cuando mamá curaba los raídos vaqueros con coderas de poliéster termoadhesivo y las heridas con betadine del que picaba, entonces tomábamos conciencia de nuestra epidermis, nuestra sangre, aquellas costras que luego serían cicatrices de guerra. Esas mismas costras que te rascabas a escondidas mientras comías palomitas en un sofá de escay y veías una película futurista donde colocaban un microchip a toda la humanidad para tenernos localizados y controlados. Daba grima pensar en tener un pequeño ordenador bajo la piel y parecía increíble que no quedase cicatriz alguna como recordatorio tras implantarlo.

Lo que no nos dijeron es que no nos daríamos ni cuenta porque nadie nos obligaría a operarnos para tener ese chip bajo la piel. Seríamos nosotros quienes eligiésemos llevarlo a todas partes, veinticuatro horas al día, siete días a la semana. No nos separaríamos a más de unos metros de él y lo usaríamos para todo. Cambiaríamos nuestra forma de comunicarnos y nos resultaría más fácil reconocer un emoticono que un gesto en un rostro real. Ningún ente superior, ningún Gran Hermano tendría que financiarlo, seríamos nosotros mismos quienes pagaríamos a plazos nuestros dispositivos, los renovaríamos si fallaban, introduciríamos en ellos toda nuestra información personal y serían indispensables incluso para encontrar trabajo. Nos gustarían tanto estos micro-ordenadores que serían lo primero que mirásemos al despertar y lo último que consultásemos antes de dormir.

No, todo esto no nos lo dijeron, claro. Tampoco que nuestra memoria se volvería más vaga porque tendríamos en la mano la mayor base de datos de información del mundo y antes de hacer el más mínimo esfuerzo mental para recordar algo, lo buscaríamos en nuestro pequeño dispositivo, siempre en el bolsillo, siempre sobre la mesa, siempre a nuestra disposición. Únicamente al perderlo o al romperlo, sentiríamos la cicatriz invisible.

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