Chiquito de la Calzada: «Detesto las gachas, me recuerdan al hambre»

Gregorio Sánchez, Chiquito de la Calzada, en el comedor de El Chinitas, su «segunda casa»./Nuria Faz
Gregorio Sánchez, Chiquito de la Calzada, en el comedor de El Chinitas, su «segunda casa». / Nuria Faz

Entrevista al humorista malagueño publicada en SUR el 11 de marzo de 2016

HÉCTOR MÁRQUEZ

Debajo del enorme retrato de Durante que corona el comedor principal del Chinitas, donde clava su famosa sonrisa de medio lado, Chiquito parece simplemente el señor Gregorio. El hombre que más ha hecho reír a la gente de España parece triste. A veces ausente. Más menudo. Eso sí, siempre amable y atento. Siempre hecho un pincel. Siempre puntual. Hemos quedado en el restaurante que ha sido su segunda casa, sobre todo desde que enviudó. Su compadre José Sánchez-Rosso, el dueño y fundador de El Chinitas, está sentado con nosotros, y será quien proponga un menú de chuparse los dedos: entrante de jamón y embutidos de Cortes de la Frontera, tortillitas de camarones y cazuela de fideos con boquerones y mejillones.

Pero quien nos acompañará durante todo el almuerzo, como una ausencia constante, no es sino Pepita. Los recuerdos más vívidos tendrán su nombre y su rostro. Y así la cogerá de la mano, le cantará de nuevo en una sala de Córdoba para camelarla, cuando la vio por vez primera.

-Doce años menos que yo tenía... Una chiquilla. Eché mano a cantar y la vi allí en primera fila, al lado de su madre. «Viva Córdoba la llana, rincón de tanta alegría que si a pruebas me pusiera por ella diera la vida». Te voy a cantar lo que quieras. Y le canté lo más grande. No he visto mujer más guapa en la vida. «Dale un beso a tu madre que está mú seria. Hazle cosquillas o algo». Y yo le canté tope de bien. ¿Te ha gustao?. Le canté pa matarse. Bueno, le canté a la madre primero, que estaba sentada a su lado. Me fijé en ella desde el escenario y desde entonces... Toda la vida con ella.

Y suspira, pero no se queja. Admite haberlo pasado muy mal. «No he llorao más en mi vida. No pude trabajar en un tiempo. No me acordaba ni del número de teléfono. Estaba sentada en la mesa y se levantó, pegó un chillío, ayyy, ayy», cuenta mientras con mímica se convierte en ella y se agarra el corazón, «nunca se quejó de ná». Y luego dice que tiene un móvil suyo, del que no sabe si darse de baja, que no usa, por el que paga ocho o diez euros al mes, «pero es que tiene una foto suya que está guapísima».

En dos palabras

¿Le gusta la cocina?
Yo en la cocina soy un inútil. Sé que el gazpachuelo lleva mayonesa, ya está.
Una comida malagueña:
El puchero. La cuchara siempre.
Una comida que deteste:
Las gachas. Me recuerdan al hambre. Nunca pude con ellas.
¿En Japón qué comía?
Esa gente comía pescao crudo y hasta perro pecador. Pasé más hambre...
¿Y el gazpacho?
Me da acidez.
¿Espetos?
Mmmhh.. Más las gambitas. Hoy estoy desganao.
Su pescaíto favorito...
La pescadilla enroscada. Y más los boquerones que el pulpo.
¿El sitio más raro donde se ha trabajado?
En comisaría... Jejeje.
Cuénteme un chiste...
Debía tanto dinero que entraba en el banco y sonaban las alarmas.

-¿Te quieres creer que me tenía 60 camisas de seda y 20 trajes? Así me tenía ella. Y ahora me tengo que ir en un rato a mi casa porque mañana me recogen temprano que tengo que grabar con Bertín Osborne ese programa de la casa. No es que vaya a grabar Lo que el viento se llevó, vaya, pero me gusta ser formal y estar preparao. Ese es mi éxito: ser formal y no tener vergüenza. Bertín es un fenómeno. Pero si empieza a tocarme algunos temas, lo toreo y puedo con él. Yo he trabajo con él en televisión, en teatros y en Puerto Banús. Él iba de guapetón.

-¿Y ligaba mucho?

-Ligaba menos que la gata del Vaticano, Pepe.

A su lado, reparte juego, ajusta anécdotas y actúa casi como chambelán y promotor in pectore don José, Pepe, el patriarca del Chinitas. Amigo de Chiquito desde hace más de cuarenta años, cuando el restaurante aún era una tienda de telas y él vivía en el Pasaje Chinitas. «Yo he vivido toda mi vida en una manzana; desde cuando la gente se daba los buenos días por la calle», dice. La relación entre el cómico y la familia del Chinitas va más allá de una vieja amistad. Acá almuerza Chiquito cada día. No mucho, que tiene el estómago delicao últimamente y nos lo prueba con dos pastillas verdes que saca del bolsillo. A su lado, Pepe, le hace de galeno de guardia.

-¿Te has tomao las pastillas?

-Ahora, a las dos me tocan. Come jamón, niño, que estás mú dergao.

Engañar al hambre

Le hago caso mientras charlamos de sus primeros pasos y le intento sacar temas de cocina. Pero la gastronomía se torna hambre, y se empieza a acordar de que se subía en las mesas para cantar en las ventas. Que a veces trabajaba por un pan y que volviendo a su casa en la Calzada de la Trinidad se lo robaban. Que era un niño cuando trabajaba con el grupo de Los Capullitos Malagueños. Y que aunque tenían mucho éxito muchas veces no les daba ni para un bocadillo... «¿Que estamos en crisis? Entonces estábamos todos lampando. Yo ya hacía un popurrí. La gente decía ¿no ves cómo canta ese niño? Y allí ya empezaba estaba con los chistes y mis cosas para que los cantaores, los tocaores y los bailaores descansaran. Yo siempre fui muy formal y trabajador. Ese es el secreto. Pero crisis... no sabéis ustedes lo que es pasarlo malamente...».

Ahora le andan preparando un homenaje en el Teatro Cervantes. Están buscando fechas, ajustando calendarios. «Ya se lo merece. Málaga se lo debe. Porque aunque es un hombre muy cercano y popular aquí no nos hemos dado cuenta aún de lo que significa en el mundo entero», apunta don José. «Mira, en lo del humor con mímica ha habido tres personas fuera de categoría en el siglo XX, Charlot, Cantinflas y él», asegura convencido su compadre mientras ordena unas tortillitas de camarones. «Esta es su casa. Y sí Chiquito es un márketin único para el lugar. Pero aquí se le respeta, no se le atosiga», añade.

Le digo que ya sólo le queda Picasso como malagueño más longevo por delante de él, a punto de cumplir 84 años. «Pues ya hablaré yo con Picasso para arreglar ese asunto. ¿Sabes que grabé una película sobre él en El Pimpi con Fosforito?». De pronto, aparece la fotógrafa. Una chica joven. Y a Chiquito le cambia la cara. La hace sentarse a almorzar. Le insiste con la cazuela de fideos. Brinda. Sonríe. Ensaya roneos. «Come, guapa, que tú eres Miss Dinamarca. Mi mujer ha sío la más guapa pero luego estás tú: una pierna tuya levantá vale más que esos jamones de Cortes de la Frontera».

Y empezamos a ver al Chiquito de los chistes. Empieza a cagarse en las muelas. Me dice pecadorrr. Chilla como un pato de goma. Cuenta algún chiste, canturrea. Cuenta la anécdota tantas veces escuchada de la rata como un perro de grande en un tablao de Japón y él y Pepito Vargas reculando en el escenario huyendo de la rata. Cuenta cómo se clavó solo una navaja en el dedo gordo porque soñó que un japonés le quería robar el dinero. Cuenta de los cigarritos de la risa que se fumaban María Jiménez y Camarón cuando les acompañaba a él y a Paco de Lucía en sus giras alemanas.

Asegura que parte de su éxito ha sido saber estar al margen de esas cosas. «Cuando empezaban con los aliños yo cambiaba el tercio y decía señores tengo que ir a visitar a un familiar muy enfermo; que he visto a mucha gente echarse a perder». «¿De Almería eres tú, niña? No he comío yo uvas en Almería, Pepe. No he comío yo uvas buenas por allí», recuerda, ya por fin con la sonrisilla de saberse mil chistes, medio subido en el caballo de Bonanza, al cabo del café, alegre por una mujer que le ha hecho sonreír y volver a hacerse grande dentro del señor Gregorio.

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