Céline Alvarez, contra las escuelas que «ahogan» el talento

D. ROLDÁN MADRID.

El descubrimiento se produjo hace diez años y cambió la vida de Céline Alvarez. En sus manos cayeron los escritos planteados hace un siglo la doctora María Montessori, que apostaba por una educación, basada en la educación plena de los niños a los que se deja plena libertad (con ciertos límites) para que se desarrollen. El empeño de Alvarez, pedagoga francesa de padre gallego, se tradujo en crear entornos adecuados para el aprendizaje siguiendo las pautas de científicos de la educación como Jean Itard, Édouard Séquin y la propia Montessori.

Se convirtió en profesora de Infantil en una escuela pública al norte de París, donde llevó a cabo un experimento durante tres años con pequeños entre los tres y los seis años que explica en 'Las leyes naturales del niño' (Aguilar), un libro que ha superado los 200.000 ejemplares vendidos en Francia.

El experimento arrancó en 2009. Durante el primer año, la evolución fue asombrosa: los niños rezagados no solo se pusieron al día sino que aprendieron a leer a una velocidad asombrosa, además de ser más autónomos y tranquilos. El segundo año, al mezclar niños de diferentes edades, se consiguió un efecto arrastre: los más pequeños aumentaron significativamente la comprensión lectora. En el tercer año hizo una resonancia magnética a los niños y comprobó que sus conexiones neuronales estaban más evolucionadas que los de otros de chicos de su misma edad. «Los padres y los educadores lo dan todo y quieren mucho a los niños. Lo que pasa es que no conocemos las leyes del desarrollo humano», comenta la autora, que recalca que el talento «se ahoga» en las escuelas y que los cambios «son de mentalidad». «No hay que cambiar todo un colegio».

Alvarez se basó en cuatro puntos. El primero, la necesidad de nutrir de forma adecuada la inteligencia del niño con un entorno de calidad, apropiado, incluso puede ser en la propia naturaleza. El segundo punto es la ayuda didáctica basada en una sola cualidad para explorar. En tercer lugar, apoyar el desarrollo de las competencias de inteligencia. Por último, el amor. La empatía genera empatía, apunta la pedagoga en su libro y en su blog.

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