CAYETANO TRIUNFA Y ROCA REY RESULTA HERIDO

BARQUERITO

Con cinco minutos de retraso el paseíllo. Invasión de espontáneos en el túnel de cuadrillas. Un tapón. Ocho minutos después de la hora de comienzo, saltó un toro de Vegahermosa que completaba la corrida de Jandilla. Con sus carnes y sus puntas. Nada que ver, sin embargo, con las armaduras vistas por norma hasta la fecha. El primer trago suave de San Fermín. Largo y bien hecho, ese primero, apagadito y distraído, suelto por sistema, embistió a golpes. La corrida más sencilla de la octava, pero el festejo más largo de la feria. Casi dos horas y media. La plaza, hasta la bandera. Todo el mundo en su puesto hasta el final. Y un desfile de cinco toros de Jandilla de distintas calidades.

Extraordinario el quinto y de franciscano estilo el segundo, uno de los famosos bombones de Jandilla. Los dos del lote de Cayetano, que se estrenaba en Pamplona una década después de la alternativa. Era el torero del cartel. Más que Roca Rey, más que Perera, que ha dado en Pamplona tardes notables. Ni una palma al asomar Cayetano por la puerta de cuadrillas. Ese fue el precio de la demora. Luego, todo el cariño imaginable y más.

El solo brindis al público del segundo de corrida provocó un estallido de aplausos sin precedentes. Se habían jaleado dos largas cambiadas de rodillas en tablas, cinco lances en línea de buen dibujo y media de remate notable, pero la ovación del brindis fue la más sonora de cuantas le regalaron en esta tarde de tardío debut. Para premiar por igual su lindo manejo del toro de dulce como la faena del quinto, valerosa pero irregular, porque el toro tuvo bastante que torear. Faltó temple pero hubo resolución. Y con ella, soluciones atrevidas: dos desplantes temerarios, uno de ellos rescatado del repertorio de su señor padre, Paquirri, que fue «torero de Pamplona» también. Una estocada de fe. Un aviso. Oreja plebiscitada. Y esas dos vueltas al ruedo del todo clamorosas. De las que se guardan los toreros en el baúl de la memoria. En papel de coprotagonista Roca Rey, que se hizo en plaza en cuanto hubo el menor hueco y salió ya a saludar al tercer jandilla capote a la espalda hasta plantarse en los medios y rematar con alardes que levantaron a la gente y la asustaron. Por capricho de Roca, se quedó crudo el toro en varas y, tras la segunda de poco sangrar, el torero limeño quitó por tafalleras y caleserinas, una revolera y un desplante. Un jaleo que precedió al que luego subrayó una faena precipitada por exceso. Una tanda con la izquierda fue soberbia, pero primaron las tandas en tirabuzón y los grandes descaros sobre el toreo de gobierno. Al toro le faltó un picotazo, o haber sangrado más. Una arrucina espeluznante intercalada con manoletinas puso a la gente de pie. Una estocada trasera. Iba a doblar el toro, pero la cuadrilla no lo dejó doblar. Un aviso, una oreja.

En el toro de la merienda Perera cuajó la faena más distinguida de la feria. Y si hubiera durado un poquito menos, todavía mejor. Hasta una vuelta a los orígenes: la apertura de largo con el cambiado por la espalda y el final por trenzas, ochos y péndulos de sus primeros pasos en la estela de Ojeda. Un pinchazo a toro humillado, ya rajado, un aviso y se quedó sin recompensa.

El último jandilla fue toro pronto. Roca Rey pretendió cambiarlo con un solo puyazo. Le corrigió bien el palco. Un quite más atrevido que ajustado por saltilleras, una lidia en banderillas mejorable y una faena que pecó por precipitada y por el poco gobierno del toro, que Roca no llegó a tener en la mano. Indiscutibles la firmeza y el desparpajo. Pero eso no bastó. El toro se empezó a violentar y casi descomponerse cuando Roca se encajó desafiante entre pitones. Un cuerpo a cuerpo. La igualada en la suerte contraria y, en la reunión con la espada, un suceso rarísimo. El estoque se partió en dos. Una mitad dentro, y la otra, la de la empuñadura, por el aire. Cayó al suelo el torero y el toro lo buscó, lo encontró y lo hirió. Una cornada menos grave de lo que pudo haber sido. Era la tarde de la reaparición tras el percance de Badajoz hace casi tres semanas. Le llevaron a la enfermería la oreja jabonera. No pudo salir a hombros, que sería su sueño a la hora de la siesta.

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