La casa vacía

La casa vacía
Sr. García .
Cruce de vías

Me consolé pensando que estamos en una época de desapariciones y que sólo nos encontramos en el mundo virtual

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA y SR. GARCÍA .(Ilustración)

Supongo que se juntaron varias historias. Por un lado había perdido la curiosidad y por otro le aburría el panorama que tenía delante. Los conocidos estaban pendientes de los culebrones cotidianos y él vivía con la sensación de que la esfera terrestre disminuía constantemente de tamaño hasta convertirse en un corral de vecinos en el que casi todos andaban enfrentados como gallos de pelea. Le gustaba viajar, pero comenzó a tener miedo a salir de casa y encontrarse con lo mismo allá en las antípodas. Adónde iba a ir si en todos lados había conflictos, aparte de los atentados, tiroteos y matanzas. Daba igual ir a un país u otro, en cualquier sitio corría peligro. Le atraía la locura, pero odiaba la violencia. Hacía meses que no veía el telediario porque las noticias eran justo a la hora del almuerzo y la cena. Entonces se le revolvía el estómago y dejaba de comer.

Lo llamaba por teléfono, hablaba con él, le decía de vernos, tomar unas cañas. Él se excusaba alegando cualquier motivo. Algún día fui a visitarlo, llamaba al portero automático y no contestaba nadie. Iba al bar de la acera de enfrente. Desde allí me quedaba observando las ventanas cerradas de su casa. No daba señales de vida, como si lo hubieran quitado de en medio. Oía las conversaciones de los clientes del bar y miraba la televisión. Ellos dialogaban sobre el mismo tema que hablaba el locutor, como si se hubieran reunido para discutir a través de videoconferencia. Hasta que me cansaba de escucharlos y regresaba a casa. Lo dejé de llamar. Suena raro decir que era un buen amigo. Me consolé pensando que estamos en una época de desapariciones y que sólo nos encontramos en el mundo virtual. Un mundo que yo desconozco porque también me da miedo.

Aunque no lo parezca, soy un hombre optimista dentro de lo que cabe. No pierdo nunca la esperanza. Lástima que para ser optimista y no perder la esperanza haya que cerrar los ojos y cubrirse la cabeza mientras pasan las avalanchas por encima de nosotros. A veces, la única forma de despertar de esta pesadilla es durmiendo. Ayer, precisamente, me despertó una llamada suya para decirme si quería algo de lo que tenía en su casa, que lo regalaba todo, que se iba. Le pregunté adónde, pero permaneció callado, como si no tuviera claro qué contestar. Nunca le gustaron los viajes programados. Dije que pasaría para despedirnos y quedarme algo de recuerdo. Lo he ido dejando. Un día de estos lo visitaré, ahora tampoco tengo ganas. Tengo la sensación de que el absurdo lo envuelve todo. Mañana, ya veremos.

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