UNA CASA EN BLETURGE

SORA SANS

«Esa mujer de mi edad que siempre me sostiene la puerta porque siempre llega antes que yo dice que anda deprisa pero nunca tiene prisa». Cada palabra de 'Una casa en Bleturge' está elegida como se eligen los nombres de los hijos, sopesando todas las opciones posibles, todos los significados, la sonoridad, el contexto. Cada fragmento es una sencilla obra maestra nada simple. Isabel Bono no cuenta historias, las recorta. Las ordena y reescribe hasta que suenan como la vida misma, donde el drama y la locura están presentes en su justa medida, los personajes son personas completas, no más extrañas que tú o yo. Sus singulares mundos interiores se muestran con la normalidad de una horquilla sobre el lavabo, como si la casualidad o un descuido los hubieran colocado allí, con la lógica aplastante del universo. El matrimonio, uno de tantos, uno imperfecto y lleno de dudas o rencores sordos. La insoportable prepotencia de los adolescentes. La tremenda consecuencia de un error inocente. Las ganas de respirar en una casa que a veces puede ser asfixiante, las inútiles medicinas para músculos rotos, la fe, la herencia, el pecado, la mujer de mi edad que siempre sostiene la puerta, esa mujer también. Incluso el milagro. Cada escena es un recuerdo de una vida que no hemos vivido pero aparece ante nosotros nítida y transparente, como solo saben hacerlo los espejos y la soledad. «No estamos tan mal, piensa mirando la mesa ovalada que hay junto al sofá». Esa forma de engañarnos, de autoevaluarnos y convencernos de que hay un motivo para seguir así. O esa otra forma de dejarnos llevar y soñar con hacer locuras, con escapar de nuestra propia identidad y convertirnos en otra persona porque hay un motivo para hacerlo. Ese ir y venir del pensamiento mientras pasan los días y el tiempo nos dibuja con más precisión, como hace la poeta y escritora malagueña en 'Una casa en Bleturge'.

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