SUS CAMISAS DE SEDA

Juan Francisco Gutiérrez
JUAN FRANCISCO GUTIÉRREZMálaga

El ángel de Chiquito, qué raro de explicar aunque llevemos dos días liados. Manejó siempre pinta como de padrino de bautizo, como maqueado para ir de convite a Los Montes, un poner. La televisión, tan de vuelta de todo, hizo de sus vueltecillas una cosa espectacular. Con ese pintón de peculiar pimpollo maduro, aficionado a Antonio Parriego o a las camisas de seda que atestaron un día calle Nueva. Quizás Pepita, ay, como otras consortes de su época, le surtiera allí o en Álvarez Fonseca del uniforme para los domingos. O para salir en la tele.

Aunque el hábito no hace al monje, antes de que abriera la boca la audiencia española se enfrentó a su fina e inhabitual estampa. Luego vino su verbo, su gesto. Y tras ello venció a todo menos a la viudedad. Abundar en su éxito es repetir lo ya sabido: solo el porte de don Gregorio podía convertir chistes manidos en oro molido. ¿Cambió la fama su condición? Nanay: Chiquito además fue la excepción hecha a los nuevos ricos. Puede que tirara más de traje y corbata, pero quieto parado, hasta en eso fue atípico.

Pese a su vena flamenca nunca fue el humorista tópico del sur. Pasaba totalmente de la política, hablaba de guardias civiles y contaba chistes verdes: los mimbres propios para caer en un cliché al que siempre fue ajeno. Su gracia no era gracejo, era de pellizco hondo. Entre el surrealismo o el expresionismo, nunca abusó de la brocha gorda. Si Tip y Coll parecían de la estirpe de El Greco, Eugenio hijo del tenebrismo y Gila destilaba el dolor del Guernica, las pintureras maneras de Chiquito eran casi picassianas: por lo creativas, por lo geniales.

No fue carnavalesco como Los Morancos; ni guasón como los Sacapuntas; ni teatral como Garó. Tampoco requería de un muñeco a su lado que le hiciera de boca prestada: la suya le sobraba para dar volteretas al sentido, y acababan siempre tirándonos por el suelo de la risa. Inolvidables son ya, ah, su figura encorvada, sus saltitos, sus chasquidos de dedos, su efigie incontrolable. Un filósofo vestido con camisas de seda. El verdadero padrino del buen humor.

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