El bosque animado de Paco Aguilar

Paco Aguilar presenta su obra en la Escuela de San Telmo hasta el día 29. :: francis silva/
Paco Aguilar presenta su obra en la Escuela de San Telmo hasta el día 29. :: francis silva

El artista malagueño reúne su particular bestiario en la Escuela de San TelmoGrabado, escultura, fotografía, dibujo e instalación conviven en un cuidado montaje en torno a la Naturaleza y la fantasía

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

Paco Aguilar deja volar la mirada y la memoria. «Salía del colegio y venía aquí a pintar porque el profesor de Dibujo le había dicho a mi madre que podía tener cualidades para eso. Tenía diez u once años y me quedaba aquí hasta las nueve de la noche. Además, aquí encontré a otros artistas que se convirtieron en amigos desde entonces, como Rafael Alvarado, Pepe Seguiri, Diego Santos...». Habla Paco Aguilar en el centro de la sala de exposiciones de la Escuela de Bellas Artes San Telmo, donde ahora presenta una exquisita exposición de su obra reciente.

Aguilar brinda una de las claves de la muestra, es decir, de toda su obra: «Lo que vives en la infancia te marca para siempre. Yo viví en el campo hasta los siete años, entonces nos mudamos a la ciudad y, desde hace unos años, he regresado al lugar de mi niñez». Porque este el territorio de la imaginación y de la Naturaleza, del niño que convierte una rama en una varita mágica, un recipiente en un animal mitológico, un recodo del camino en el pasadizo secreto a otros mundos, que están en este. Y así, Aguilar reúne en 'Mímesis & Diégesis' su bestiario particular de insectos, personajes y escenas recién salidos de un buen sueño.

Título
'Nímesis & Diégesis'.
Artista
Paco Aguilar.
Lugar
Escuela de Arte San Telmo.
Fecha
Hasta el 29 de junio.
Horario
De lunes a viernes, de 9.30 a 14.00 y de 16.00 a 21.00 horas.
Entrada
Gratuita.

De este modo, la muestra brinda la singular iconografía de Aguilar y pone de nuevo ante los ojos la versatilidad técnica del artista malagueño. Porque los personajes de un aguafuerte saltan a una escultura de resina, luego a una pieza en bronce, a un dibujo o una pintura. A ellos se unen los paisajes de El Torcal fotografiados en blanco y negro y una instalación que corona el techo de la sala.

«Para mí todo está relacionado, con independencia del proceso técnico. Mi obra es muy escultórica y arquitectónica, por eso, desde que empecé con el grabado y el dibujo también he trabajado la escultura en distintos materiales», ofrece el artista con más de tres décadas de trayectoria a sus espaldas.

Así, los paisajes de corte surrealista de 'Blue Velvet' (2016), 'Última hoja' (2016) y 'La gruta' (2018) insinúan algunos personajes que luego cobran cuerpo tridimensional en las esculturas 'Perro cañón' (2005) y 'Pájaro concha' (2018). Pájaros humanizados y convertidos en esas pequeñas esculturas de esquiadores atribulados bajando las paredes blancas como una pendiente de nieve imaginaria para regresar de nuevo al papel en el delicado trío reunido en la serie 'Diario de viaje' (2018), que ofrece una de las paradas más deliciosas de la exposición que podrá visitarse en la escuela de El Ejido hasta el próximo día 29.

Esculturas en madera

Viajes también de la lechuza, personaje central en el imaginario plástico de Aguilar. Ahí está anidada en una de las flores del sombrero de verdiales convertido en copa de árbol de 'La fiesta' (2018), cuya cartela da cuenta del magisterio de Aguilar como grabador. Aguatinta, aguafuerte y punta seca en la misma lámina de papel que mira desde un rincón de la sala a otras lechuzas, las que asoman desde las esculturas de madera que ocupan el centro de la estancia. Troncos de olivo y roble, vaciados por Aguilar para dar cobijo a estas aves, limadas hasta lograr un tacto de marfil.

Y sobre todo eso, un puñado de piedras pintadas con acuarela y sostenidas al techo con hilo invisible. Y donde alguien ve meteoritos, Aguilar recuerda semillas, esas a las que echaba agua de pequeño y que, al contacto con el líquido, parecían cobrar vida, enroscándose en busca de echar raíces en la tierra. «Es que tienen que estar en movimiento, así es más divertido...», sostiene Aguilar. Y se pone a darle golpecitos a las piedras. Una a una, con delicada concentración. Como en aquellos juegos de la infancia en el campo.

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