Las tres maneras de David Le Breton para borrarse del mapa

David Le Breton, ayer durante su charla en La Térmica. /Ñito Salas
David Le Breton, ayer durante su charla en La Térmica. / Ñito Salas

El antropólogo francés inaugura en La Térmica el ciclo ‘Hablar del silencio’

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

El escritor francés Michel Leiris recordaba un artículo publicado en ‘Le Monde’ sobre la retirada de un famoso torero en una plaza de Madrid. Después de cortarse la coleta, le preguntaron al matador a qué pensaba dedicarse a partir de ese momento. Y el diestro respondió: «Aprenderé a no ser nadie».

David Le Breton recoge el pasaje en ‘Desaparecer de sí. Una tentación contemporánea’ (Siruela) y volvió a evocarlo en la tarde de ayer, ante el auditorio que llenó el primer encuentro del ciclo ‘Hablar del silencio’ en La Térmica. El influyente antropólogo francés reflexionó sobre las diferentes maneras de borrarse de mapa, unas felices, otras tristes, incluso dramáticas, y una tercera vía, vaporosa, difusa, como la vida de aquellos que buscan tomarse unas vacaciones de sí mismos, aunque sea por un tiempo limitado.

1. Desapariciones felices. Caminar, cultivar un huerto, leer…

En medio de una sociedad donde la personalidad individual parece sublimarse hasta el delirio, donde el afán de singularidad toca cada resquicio de la existencia, Le Breton (Le Mans, Francia, 1953) pone el foco en «todos aquellos que sólo quieren vivir con una discreción infinita, sin verse atacados por los demás». Comenzó Le Breton su charla refiriéndose a las deserciones felices, como por ejemplo el propio deambular al que dedicó su anterior libro ‘Elogio del caminar’ (también en Siruela). «Caminar está viviendo un éxito social extraordinario en la sociedad actual. Se trata de una actividad que ofrece una especie de plenitud, convertirse en alguien anónimo y tener la ilusión de dejar atrás los problemas.. Es una manera de reinventarse», ofreció el pensador galo durante su fugaz visita a la ciudad para ofrecer su charla en el centro de la Diputación Provincial.

Le Breton también se detuvo en un sueño postergado por muchos hasta la jubilación: cultivar un huerto. «Cuando tenemos un huerto estamos en un modo de meditación, en un momento en que nos dejamos ir y es algo que puede durar varias horas», apostilló el también autor de libros como ‘El silencio’ (Sequitur, 2009) y ‘La sociología del cuerpo’ (Nueva Visión, 2002).

2. La voluntad de impersonalizarse. La reacción a un trauma personal.

«Estamos en una sociedad obsesionada con la idea de singularizarse, sin embargo, existen muchas personas, en especial muchos jóvenes y adolescentes que quieren convertirse en alguien anónimo. A partir de una ruptura personal como puede ser un despido, un duelo o una separación sentimental, hay personas que ya no se sienten en el lugar que les corresponde. Abandonan su universo profesional o doméstico y se desprenden de ese mundo que le rodea y los otros también los ven cada vez menos interesante y les van dando de lado», ilustró ayer Le Breton sobre este tipo de fuga.

«El individuo adopta el grado mínimo de conciencia, ya no quiere participar en el presente, no tiene deseo, prefiere ver el mundo desde la otra orilla», siguió Le Breton sobre esa «voluntad de desprenderse cuando el entorno está dominado por la tecnología y la acumulación de bienes». Además, Le Breton defendió que esa imagen, trasladada por escritores como Robert Walser, Paul Auster o el Enrique Vila-Matas (por citar algunos de los ejemplos mencionados ayer por el propio Le Breton) «no es para nada exótica», sino que, muy al contrario, obedece a la decisión personal de miles de personas en todo el mundo.

3. Las conductas de riesgo. Desaparecer, a veces, hasta la muerte

Le Breton ha dedicado diversos estudios a las llamadas «conductas de riesgo», sobre todo, entre los jóvenes y adolescentes. Desde beber alcohol hasta provocarse el coma a juegos donde las autolesiones coquetean con la propia muerte. El sociólogo y antropólogo francés rechazó ayer el tratamiento de estas formas de actuar desde una perspectiva patológica y las presentó como «reacciones a un sufrimiento».

Habló Le Breton sobre quienes optan por desaparecer en la figura del gurú de una secta, hilo que le llevó a los jóvenes europeos que han caído en las redes del yihadismo. Pasó luego el antropólogo por las adicciones a Internet y los videojuegos («Un joven me dijo que tenía una decena de pseudónimos en Internet y que era muy feliz. ‘La única identidad que no soporto es aquella que tiene un cuerpo’, sostuvo») y trastornos alimentarios hasta llegar a los juegos de ahogamiento para llegar al síncope.

Y a nadie juzgó Le Breton. A ningún trastorno le buscó una solución de manual de autoayuda. «Cada uno somos un continente», dijo. Y hay quien no quiere puentes. Sólo eso.

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