EL BARRIO ROJO

SORA SANS

Al principio no me di cuenta de lo que eran aquellos escaparates rojos. Desde uno de los puentes que cruzan los canales, parecían ventanas con una exagerada decoración navideña, pero estábamos en mayo y el frío le había jugado una mala pasada a las asociaciones que hace el cerebro. Después pensé que podrían ser comercios adheridos a alguna campaña de publicidad con esas bombillas rojas como bandera, pero solo cuando escuché «hemos llegado al Barrio Rojo» entendí lo que estaba viendo: eran escaparates de cuerpos. Prostitución legal. Las calles estrechas no dejaban que nadie guardara las distancias. Solo había un cristal entre mi asombro y toda aquella lencería. Lo había escuchado tantas veces que me sentía avergonzada de no haberlo imaginado así, y de que me resultara tan chocante. De repente, sentí que caminaba por una escena de Blade Runner, mucho más futurista que las imágenes de prostitución a las que me había habituado al pasar por el polígono cada día de camino al trabajo. Sí, el polígono era muy Almodovar. Esto era otra cosa. No sé cuántas de esas mujeres habían elegido trabajar en los escaparates, ni tras las cortinas. No sé cómo se sentían. No sé qué pensarían al cruzarse con mi mirada, si se preguntaban quién era yo o por qué me atrevía a mirar si no pensaba comprar. No sé si es una solución legalizar la prostitución, o si son una solución las muñecas hinchables que ahora se alquilan para satisfacer ciertas necesidades. Pero cuando lo pienso, la palabra «solución» me lleva a la palabra «problema». Es un problema complejo y, desde luego, es un problema grave en España, algo que no se puede tratar a la ligera ni parodiar sin escrúpulos. Va mucho más allá del feminismo y el machismo, más allá de cualquier ismo, se trata de integridad: de mujeres y hombres, de niñas y niños en situaciones doloras, repugnantes, injustas, bochornosas y peligrosas. No es ninguna broma, no es un trending topic que pase de moda, ni una cuña en el noticiero del lunes, ni una simple cuestión lingüística. Es un problema. Vamos a tomarlo en serio.

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