El barco

El barco
Sr. García .

Nos metíamos en la piscina vacía sin una gota de agua, y nadábamos por el suelo perpendicular hasta llegar a lo hondo

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA y SR. GARCÍA .ILUSTRACIÓN

Mi amiga Cristina vivía con sus padres y sus dos hermanos en un chalet enfrente del mar que se llamaba ‘El barco’. Al llegar el verano, a menudo me invitaban a pasar el día. Nos metíamos en la piscina vacía, sin una gota de agua, y nadábamos por el suelo perpendicular hasta llegar a lo más hondo. Hacíamos carreras y siempre ganaba Miguel, el hermano mayor. Al caer la tarde, regresaba a casa con los ojos irritados por el cansancio. Cuando mis padres preguntaban cómo lo había pasado, les contestaba que muy bien, que habíamos estado casi todo el tiempo en la piscina. «No hace falta que lo jures, tienes los ojos como tomates», ellos pensaban que tenía los ojos enrojecidos por culpa del cloro.

Un día le confesé a mi madre que la piscina estaba siempre vacía. Por la expresión de su cara, me dio la impresión de que ya lo sospechaba. Entonces, en vez de revelar que el negocio familiar no funcionaba bien y que habían puesto la casa a la venta, mi madre dijo algo que no he olvidado después de tantos años: «¿Sabes una cosa?, la imaginación es capaz de llenar de agua las piscinas y de oxigeno el cerebro. Nos salva la vida». A la mañana siguiente volví a la casa que estaba frente al mar y estuvimos navegando en ‘El barco’ hasta llegar la noche. Hasta que un día eché en falta el piano, las lámparas con lágrimas de cristal, las figuras que permanecían inmóviles como estatuas en el cuarto de máquinas, así llamábamos al salón. Le pregunté a Cristina dónde estaba todo y respondió que un gran vendaval había barrido la cubierta y arrasado los camarotes hasta no dejar títere con cabeza.

No sé por qué les oculté a mis padres durante un tiempo que la piscina estaba vacía. Sin embargo, al llegar el otoño comenzó a llenarse con agua de lluvia y hojas muertas de los árboles. Alguna vez fui con ellos en invierno y a ninguno se le ocurría mojarse ni siquiera los pies, aunque hiciera sol. Nos daba miedo. El verano siguiente embarcamos en la jábega que tenía un amigo del padre de Cristina. Fue como si ‘El barco’ hubiera naufragado y subiéramos todos al bote salvavidas. Navegamos paralelos a la costa, dejando atrás el Palo, el Monte San Antón, Pedregalejo, los Baños del Carmen y el Paseo Marítimo, hasta llegar al Club de Bote donde nos esperaban nuestros padres para acompañarnos a casa. Una noche de aquel verano soñé que pasaban los años y compraba ‘El barco’, lo restauraba y volvíamos a vivir de la imaginación. Cristina tocaba el piano, Miguel buceaba en la piscina vacía, el hermano pequeño y yo permanecíamos quietos en la sala de máquinas siguiendo el rumbo que marcaban las estrellas.

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