Del autor desangrado al rey reexiliado: Nikolái Gógol y Jorge II de Grecia

Jorge II de Grecia. /
Jorge II de Grecia.
Albas y ocasos

Tal día como hoy nacía Nikolái Gógol, quien escribió la primera novela moderna rusa, y moría Jorge II de Grecia, rey intermitente del país que antaño fue la cuna de la civilización occidental

MARÍA TERESA LEZCANO

Tal día como hoy nacía Nikolái Gógol, quien escribió la primera novela moderna rusa, y moría Jorge II de Grecia, rey intermitente del país que antaño fue la cuna de la civilización occidental.

Nikolái Gógol. Del 1-4-1809 al 4-3-1852

El uno de abril de 1809 nacía, en la actual Ucrania, Nikolái Vasilievich Gógol. Antes de poner sobre el tapete literario Almas Muertas, actualmente considerada como la primera novela moderna rusa, Gógol se aburrió de lo lindo como burócrata de la administración zarista, de donde lo rescató la amistad de Aleksándr Pushkin, quien además de recomendarlo para impartir clases de historia medieval en la Universidad de San Petersburgo, impulsó lo suficiente la autoestima gogoliana para que ésta se retroalimentara en diversos textos, incluyendo la comedia El Inspector, cuyo tono satírico lo convirtió en persona eslava non grata y lo mudó residencialmente a Italia y posteriormente a Alemania y a Francia, país este último donde tuvo conocimiento de que Pushkin se había batido en duelo en los arrabales peterburgueses por un quíteme allá esa cornamenta y había sido balísticamente descornamentado y desestomagado en el nevado amanecer ruso. Tras deambular durante doce años por Europa, Gógol regresa a su patria, llevándose consigo una depresión mística que había ido cebando adecuadamente en sus viajes y que le infiltra en las meninges la luminosa certeza de que su misión terrenal es la de salvar moralmente Rusia, además de una hipocondría que primero le conmina a prohijar y a experimentar todas las enfermedades de las que va teniendo conocimiento diferido, y posteriormente a rechazar cualquier ingesta alimenticia. Y los médicos que si o comes algo o te doy un baño helado, y Gógol que si no hay narices galenas, y los médicos que después del agua fresquita te hemos traído unas sanguijuelas la mar de cariñosas, y Gógol que no como y que no como, y los médicos que si te vamos a sangrar un poco más a navaja porque los anélidos parecen tan inapetentes como tú so pesado, y Gógol que si el diablo me ha engañado y más me han engañado los matasanos, y así hasta el finamiento gogoliano por desangramiento sujeto a prescripción facultativa. Kalinka maya...

Jorge II de Grecia. Del 19-7-1890 al 1-4-1947

Ciento treinta y ocho años después del nacimiento ucranianoplebeyo de Gógol, moría en su palacio ateniense Jorge II, soberano intermitente de una Grecia cuyo primer reinado inició el hombre en 1922 cuando los helenos, más furiosos que perros hidropésicos por la derrota bélica frente a los turcos, enviaron al real gobernante en funciones, es decir al padre de Jorge, Constantino I, a contar las piedras del Partenón a ver si faltaba alguna. Sin embargo la furia helena no se había aplacado con la constantinectomía y dos años más tarde catapultaron también a Jorgito al exilio rumano, confiscando de paso sus bienes y hasta su nacionalidad, para instaurar una república. Tres años más tarde, después de veintitrés cambios de gobierno, una dictadura y trece golpes de estado, los griegos estaban tan exhaustos que le pidieron a Jorge que gobernara un rato para que los demás pudieran descansar, y allá que restauraron la monarquía hasta que llegó la Segunda Guerra Mundial y los alemanes decidieron invadir Grecia para asolearse un poco a orillas del Egeo y del Jónico y ponerse hasta la esvástica de musaka bien horneada y de ouzo en cantidades ostrogodas, y el séquito real incluyendo al más real de todos tuvo que reexiliarse, esta vez a Londres vía Creta y Egipto. Finalizada la contienda mundial y correspondientemente desnazizada la cuna de la civilización occidental, Jorge recuperó su corona y su cetro y, habida cuenta los antecedentes exiliadores de sus circunstancias, constataba reiterada y públicamente que “la mejor herramienta para un rey de Grecia es una maleta”. Casi no le había dado tiempo a deshacerla cuando fue de nuevo impulsado al exilio, esta vez definitivo y sin necesidad de equipaje alguno, por una arteriosclerosis que le dejó las arterias más rígidas que una columna dórica y más ocluidas que el oráculo de Delfos. Como bien dijo Sócrates antes de ser estatalmente invitado a una copichela de cicuta por sus escasas conversaciones con los dioses del Olimpo: “el conocimiento empieza en el asombro”.

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