La nube doble

ATRACÓN REAL

Juan Francisco Gutiérrez
JUAN FRANCISCO GUTIÉRREZMálaga

Abierta la veda de atracones variados, de comidas de postín, hete aquí que llega Netflix y nos despacha otros diez capítulos sobre la vida de Isabel II de Inglaterra. Regresa 'The Crown' como el turrón: con su envoltorio brillantón y su dulce apariencia, pese a la intensa receta. Y con una fórmula que a la postre se paladea, ah, aunque no haya azúcar bastante, ni se busca, para edulcorar la historia de esta mujer que lleva en el trono desde 1952, ahí queda eso.

No sé si esta segunda temporada aliviará a quienes, pese al acuerdo blando del Brexit, aún suspiran por el duro divorcio británico. O de refugio para los espectadores que pretendan huir de los atracones de vídeos de otra reina: Amaia de España. Ya saben, la emperatriz heredera de esa revivida 'Operación Triunfo', cuyos dominios en Twitter y Youtube no ven ponerse nunca el sol, no al menos hasta saber quién nos representará en Eurovisión, esa batalla tan dura como la de Trafalgar, solo apta para seres de corazón entregado como el de Salvador Sobral.

Lo que sí les aseguro es que lo nuevo de 'The Crown' no defraudará a quienes gustan de aquellos seriones como los de antes, que son los de ahora en muchas plataformas. Esos con pinta de anuncio de Ferrero Rocher mezclados con la Enciclopedia Británica. Pero hay que reconocer a nuestros amigos británicos el lustre que le sacan a su patrimonio histórico en obras televisivas. Ocurre eso en esta coproducción con EE. UU., que ganó en su primera temporada el Globo de Oro, y que ahora vuelve sin Winston Churchill pero con una temporada más pensada. La última con la gran Claire Foy y su bolso, ay, pero todavía con una Margarita de Inglaterra (Vanessa Kirby) excelsa como animal herido. Y con guiones que sopesan, como diría Nina de OT, la relajación y la contracción muscular: acaso no haya otra manera de representar a su monarquía. Lejos del cartón piedra, o de intentos de santificar desde Juanillo hasta Torcuato, hay una manera de contar las cosas que, sin almíbar, retrate una época y hasta pellizque la patata. De dulce, ya les digo.

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