DEL ARTISTA SALPICADOR AL REY DESCABEZADOR

MARÍA TERESA LEZCANO

Tal día como hoy nacía Jackson Pollock, que pronto se puso a salpicar pintura con tal vehemencia que no tardó en ser apodado como Jack el Salpicador, y moría Enrique VIII por la succión de la espiroqueta Treponema Pallidum que se lo fue tragando a empecinados bocados sifilíticos.

El veintiocho de enero de 1912 nacía, en la wyominguita ciudad de Cody y en calidad de hijo del American Dream y de unos padres presbiterianos, Paul Jackson Pollock, que con el primer nombre ya obviado devendría en un influyente pintor estadounidense, creador del pluralismo infinito y de la infinita extenuación del acto creativo anticipador del 'happening' tardovanguardista, así como revolucionario de los paradigmas cromáticos y de las pinceladas clásicas. Después de ser expulsado de dos escuelas preparatorias de arte, Pollock se lanzó a experimentar pictóricamente como si el tiempo se le fuese a acabar pronto y, efectivamente, se le acabó a los cuarenta y cuatro años mientras conducía, con el alma y el hígado desleídos en Bourbon del bueno, su oldsmobile convertible que se convirtió en parte del árbol centenario contra el que se estrelló, a apenas una milla del hogar familiar de la neoyorquina Springs. Previamente, a la vez que renovaba el expresionismo abstracto priorizando el método más allá del resultado final y salpicando pintura con tal vehemencia que no tardó en ser apodado como Jack el Salpicador -Jack the Dripper en referencia a Jack the Ripper-, se había sometido, en un intento de sustituir el alcohol que recorría libérrimamente sus venas por glóbulos y plasma abstemios, a una terapia junguiana que no logró desintoxicarlo de su desmedida afición a alcoholes varios pero en cambio lo metamorfoseó en un borracho consciente del inconsciente colectivo y de los tropecientos arquetipos que pueblan la psique humana, incluyendo el de la Sombra en tanto que encarnación de la parte más negativa y diabólica del Yo. Como dijo el propio Jung: «Muéstreme un Ser Humano sano, y yo lo curaré para usted».

Trescienta sesenta y cinco años antes del nacimiento wyominguita de Jackson Pollack, moría en el londinense palacio de Whitehall el segundo monarca de la Casa Tudor, Enrique VIII, oficialmente por una úlcera que lo fue desangrando a discreción y oficiosamente por la insistente succión de la espiroqueta Treponema Pallidum, que se lo fue tragando intramuros orgánicos a empecinados bocados sifilíticos. Enrique se convirtió en heredero al trono tras la muerte de su hermano mayor como consecuencia de una infección indefinida que pasaba por Gales, y posteriormente en soberano cuando el afiambrado fue su propio padre por unas no menos indefinidas fiebres consecutivas al deceso parturiento de su esposa Isabel de York y de la neonata que apenas respiró unas horas. Ya coronado en la abadía de Westminster junto con su cónyuge Catalina de Aragón, se apresuró en ordenar la decapitación de los miembros del anterior gabinete real, tras lo cual se fue a invadir Francia y cornamentó reiteradamente a Catalina con Ana Bolena y, habida cuenta que la Iglesia Católica le negaba la disolución del catalinesco enlace, fue y se hizo protestante mientras era excomulgado por Julio II y se pasaba la bula papal por la tudoriana entrepierna repudiando a Catalina y desposando a la Bolena a la que tres años más tarde acusaría de incesto fraterno para mandarla descabezar y recasar su real persona con Jane Seymour, quien le duró menos que un caramelo en la puerta de un colegio y a quien sustituyó, siguiendo los consejos de Thomas Cromwell, por Ana de Cleves. Comoquiera sin embargo que Enrique aceptó desposar a la dama de Cleves después de haber visto un retrato suyo que el pintor había retocado para disimular la fealdad de la modelo, se negó con real tenacidad a visitar la alcoba clevelesca y se vengó del celestino Cromwell por inmediata decapitación y de la estéticamente incorrecta Ana anulando ipso facto el enlace y reenlazándose con una prima de Ana Bolena, Catalina Howard, a quien un año más tarde mandó también descabezar por adulterio mientras él reincidía maritalmente con Catalina Parr a la que no le dio tiempo de destestar y ni siquiera de detestar ya que la sífilis lo venereó sin venerarlo en absoluto, heredando el trono su único hijo varón Eduardo, que a los nueve años era rey por sucesión y a los diecisés cadáver por obra y gracia de un encharcamiento que le dejó los tudorianos pulmones como sendos afluentes del Támesis. Al sucesor le sucedería Juana de Inglaterra, que duró nueve días como reina ya que fue escabechada en la Torre de Londres para poner en su lugar a María I, a su vez descoronada por un cáncer de útero que se aparasitó cómodamente en las reales entrañas, pero éstas ya son otras historia. Cheers.

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