Arte sin amor

El beso: Obra de Klimt de 1908, tratada para convertir láminas de oro en tonos grises. /
El beso: Obra de Klimt de 1908, tratada para convertir láminas de oro en tonos grises.

Días antes del día de San Valentín reflexionamos sobre cómo serían disciplinas artísticas como la novela y el cine si no hubiese existido nunca la pasión amorosa

IÑAKI EZKERRA

El amor no lo es todo en la novela, pero es rara la novela en la que no asoma el amor. ¿Por qué? Porque es muy rara una vida sin que a ese sentimiento se le vea el plumero y porque la novela es un género que imita a la vida. El amor podrá ocupar más o menos espacio en una trama novelesca, como sucede en las existencias de los individuos, pero está ahí y además no se queda quieto. Cuando el novelista abraza al amor como tema argumental es para romper fronteras. De hecho, la evolución que el sentimiento amoroso ha sufrido en la novela ha sido también una evolución de la transgresión. En la novela decimonónica de corte romántico, y en su degeneración posterior -el género rosa-, las barreras que el amor derribaba eran las de la clase social y las de las diferencias económicas (la 'Jane Eyre' de Charlotte Brontë). En la literatura libertina del XVIII eran los prejuicios morales y los convencionalismos, el matrimonio el primero de ellos ('Las amistades peligrosas' de Pierre Choderlos de Laclos). El adulterio ha sido una de sus materias primas hasta el presente, pero a lo que podemos llamar la 'barrera legal' se han ido añadiendo otras literariamente tanto o más fecundas -las políticas, las religiosas, las étnicas, las parentales, las generacionales, las sexuales...- que debían ser violentadas para hacer florecer la acción narrativa. El 'amor prohibido' se convierte, así, en la gran fuente de inspiración del género. Pero la prohibición que ha de ser transgredida dibuja un mapa de posibilidades lo bastante amplio como para que no nos parezca repetitivo. La rebeldía que vio en la pulsión amorosa el sociólogo Francesco Alberoni cuando escribió su ensayo 'Enamoramiento y amor' en 1979, va mucho más lejos de la infidelidad conyugal. También el C. S. Lewis de 'Una pena en observación' burla la frontera que impone la pérdida de la amada a través del duelo y el sentido de trascendencia. Puestos a medir la magnitud de la transgresión, infinitamente más grande y grandiosa es la que desafía a la muerte, al tiempo y al olvido que la que se enfrenta a un marido cornudo o a unos tabúes decadentes.

Obras que desaparecirían

1. ’Las penas del joven Werther’
de J. W. Goethe
2. ’Ana Karenina’
de L. Tolstói
3. ’Manon Lescaut’
del abate Prévost
4. ’El amante’
de M. Duras
5. ’Rojo y negro’
de Stendhal
6. ’Bella del Señor’
de A. Cohen
7. ’El gran Gatsby’
de F. Scott Fitgerald
8. ’Lolita’
de V. Nabokov
9. ’Crónica del alba’
de R. J. Sender
10. ’El amante de Lady Chatterley’
de D.H. Lawrence

El amor adúltero

En la tradición novelesca la traición al amor del cónyuge se justifica por la fidelidad al amante. Y como ejemplos de ese desamor al que se llega por amor están la 'Ana Karenina' de Tolstói, que reta a la Rusia prerrevolucionaria exhibiendo al hombre al que quiere, o la Connie de D. H. Lawrence, que, en 'El amante de Lady Chatterley', traiciona a un esposo paralítico de la clase alta inglesa con un guardabosque habilidoso en la cama. Están los amoríos tan adúlteros como volubles del 'Doctor Zhivago' de Pasternak, las aventuras extramatrimoniales de la 'Madame Bovary' de Flaubert, cuyo marido es el verdadero héroe enamorado de la historia, o de 'La Regenta' de Leopoldo Alas, o la pasión torcida de la señora Rênal que llevará al joven Sorel a la guillotina en 'Rojo y negro', la obra más famosa de Stendhal. Están los amantes que dignifican su aventura manteniendo intacta su devoción por el ser traicionado, como es el caso de la Francesca de 'Los puentes de Madison' de Robert James Waller o del comerciante francés que desconoce el idioma de la bella japonesa por la que recorre miles de kilómetros en 'Seda', la sutil novela de Alessandro Baricco.

El incesto es otra fuente de transgresión e inspiración en la narrativa amorosa que se sitúa en el polo opuesto del amor puro, o llamado 'platónico' aunque con Platón tenga que ver poco. El uno está demasiado cerca, en la casa paterna; el otro demasiado lejos. En el primer caso entran los hermanos que pintan Yourcenar en 'Anna, soror...' o Nabokov en 'Ada o el ardor'; el que insinúa este último en su 'Lolita', que a fin de cuentas es la hijastra de Humbert Humbert; el que inspiró a Anaïs Nin 'La casa del incesto' y que quedó explicitado en sus 'Diarios'. Y entran las metáforas que coquetean con el incesto. En 'Los hermanos Karamazov' Dostoyevski nos dibuja a un hijo que se enamora de la nueva mujer del padre. En 'El daño', Josephine Hart nos presenta a un padre que se enamora de la esposa del hijo. Vargas Llosa, en 'La tía Julia y el escribidor', lleva la metáfora al terreno de la prohibición cómica y jocosa.

Y frente a ellos, los amores idealizados como causa de un sufrimiento antitético: el Don Quijote que no se jama un rosco ni con la Dulcinea que imagina ni con la Aldonza Lorenzo del mundo real; el mayordomo y la ama de llaves secretamente enamorados uno del otro en 'Los restos del día', la novela de Kazuo Ishiguro; el excombatiente republicano de la 'Crónica del alba' de Ramón J. Sender, que evoca en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer a Valentina, la musa de su niñez en un pueblo de Aragón; el escritor maduro de 'La muerte en Venecia' que espía a un adolescente; la Tatiana de Pushkin que, una vez casada con otro hombre, sigue enamorada del 'Eugenio Oneguin' que la desairó, pero lo castiga por borde y por coherencia con la convención del matrimonio.

Tormento y fatalidad

La Tatiana de Pushkin es una heroína de transición entre la clásica mujer enamorada y la que lucha contra su amor. Un grado más alto en la temperatura de las pasiones lo representan los amantes que luchan entre ellos y con una relación que los atormenta. Es el caso de la Scarlett y el Rhett de 'Lo que el viento se llevó' de Margaret Mitchell; de la relación apasionada de la pareja de 'Bella del señor' de Albert Cohen; de la Catherine que se niega los sentimientos hacia Heatchcliff en 'Cumbres borrascosas' de Emily Brontë o de la Daisy que hace otro tanto con 'El gran Gatsby' de F. Scott Fitzgerald. Pero el arquetipo de esa pugna ya estaba dibujado en 'Las penas del joven Werther' que Goethe describe en el siglo XVIII y en el rechazo que lleva al héroe al suicidio. Estaríamos ya a un paso de los 'amores fatales'; de la 'Manon Lescaut' del abate Prévost; del Cal que se siente atraído por una mujer que regenta un burdel en 'Al este del Edén' de Steinbeck; por 'La Venús de las pieles' de Sacher-Masoch o la Isabel Archer que se casa con el hombre equivocado en el 'Retrato de una Dama' de Henry James; por la Justine del 'El cuarteto de Alejandría' de Lawrence Durrell...

Obedeciendo al 'Canon occidental' de Bloom, terminemos por donde este empieza: por la 'Ilíada' y la 'Biblia'. En la primera, Helena encarna el amor como desencadenante de la guerra. En la segunda, están las palabras más hermosas que ha inspirado el amor a secas, desprovisto del propio componente sexual. Son las que Rut le dirige a su suegra Noemí y no han superado las de ningún amante: «No insistas en que te deje y me separe de ti, porque donde tú vayas, yo iré, donde tú mores yo moraré. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios. Donde tú mueras moriré y allí seré enterrada. Que Yahveh me dé este mal y añada este otro todavía si no es tan sólo la muerte lo que a ti y a mí nos separe.»

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