Antonio López: «La realidad no es cómoda de ver. La gente quiere soñar»

Antonio López, ayer junto a su obra ‘Nevera nueva’ (1991-1994), incluida en la muestra ‘La apariencia de lo real’ del Thyssen de Málaga.
Antonio López, ayer junto a su obra ‘Nevera nueva’ (1991-1994), incluida en la muestra ‘La apariencia de lo real’ del Thyssen de Málaga. / Ñito Salas

«La corrupción está en el arte desde el Renacimiento», sostiene el máximo exponente de la figuración española en su visita al Thyssen de Málaga

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

Uno tiene paciencia con aquello que ama. Lo dice Antonio López (Tomelloso, Ciudad Real, 1936), que dedica cinco, diez, veinte años de su vida a un cuadro, a sabiendas de que no terminará nunca. El máximo exponente de la figuración española, el asceta que viaja de la pintura a la escultura desde hace siete décadas, visitó ayer el Museo Carmen Thyssen para ver la exposición en la que participa y hablar de arte y de vida; es decir, de amor.

La conferencia que ofrece en el Museo Carmen Thyssen lleva por título ‘Pintar el tiempo’. Y justo el tiempo surge como un asunto crucial en su obra.

–Bueno, es una forma de hablar. No creo que haya que tomarlo de un modo literal. ¿Qué es pintar el tiempo? En todo caso, pintar tu tiempo. El tiempo es importante para todos, es un espacio que te concede la vida. Ese es el espacio en donde transcurre también tu pintura y es el espacio que tienes que pintar. Cada uno lo hace como puede.

«Pintar un cuadro es una relación de amor. ¿Qué otra cosa va a ser?» sobre el oficio de crear

«Vas a cualquier museo y la mitad de las obras han caducado» La posteridad del arte

–«Te tiene que cambiar la vida para que cambie su pintura», ha dicho en alguna ocasión. ¿Qué cambia más, el cuadro o usted, después de dedicar tantos años a una obra?

–Cada uno es como es. Hay hombres y mujeres con unas características desde la infancia y hasta sus últimos años son de una determinada manera. Los cambios en relación a ese hecho básico del temperamento de cada persona por nacimiento son leves, pero hay cambios, claro.

–¿Cómo cree que ha cambiado?

–Es difícil ver eso en uno mismo, pero tengo la impresión de que estoy ahora más en paz con las cosas que de joven, tengo esa sensación. Y también algo más temeroso.

–¿De qué?

–Pues de las cosas que te puedan pasar (ríe), que te puedan herir, que te puedan hacer daño.

–¿No reduce ese temor la sabiduría de los años?

–Habrá de todo, habrá personas que a los 8 años tienen un conflicto terrible… No sé. Yo he vivido una vida estupenda y he tenido muchísima suerte y me han ido sucediendo las cosas de una forma muy buena para mí, desde mi infancia en Tomelloso en la posguerra española hasta ahora mismo. Pero ahora me encuentro rodeado por cosas que son sombras amenazantes. Por ejemplo, me tengo que operar de cataratas. ¿Sabe lo que es eso? ¿Sabe lo que es para un pintor que la vista se deteriore? Quiero decir que la vida te enseña a estar en la vida y a la vez tu cuerpo sabe más, pero va siendo más frágil. Es una combinación que está muy bien.

La belleza

Habla del cuerpo y justo en los últimos tiempos ha regresado al tema del desnudo humano.

–Nunca me he ido del desnudo. Lo comencé dibujando en escayola en unos yesos de escultura griega y eso fue mi primer contacto con el desnudo y no lo he dejado porque me parece algo hermoso.

–¿Quizá lo más hermoso?

–No… El mundo es muy hermoso, por eso el hombre está tan apegado a la vida, a pesar de todo.

Y en ese apego a la vida, ¿cómo se las ingenia con 81 años para tener 70 obras en producción?

–Ah, sí… Más o menos esas (ríe).

«Velázquez es el pintor que más ha evolucionado. En Picasso no hay evolución, hay cambios» las referencias

«Siento admiración por los lenguajes que han aparecido en el siglo XX. Ahora, hacerlo yo, no. Para nada. En absoluto» fiel a la figuración

–¿Y cómo se organiza la jornada?

–No pensando más que en la que estás haciendo. La obra que estás haciendo es la única. Ayer estaba pintado una calle de Madrid desde una terraza, pues esa es la única. El presente tiene tanta fuerza que todo lo demás se borra. Y ahí voy saltando de una cosa a otra, según van viniendo las cosas.

–¿No le pesa esa carga de trabajo?

–No, no… No me pesa todo eso. Me organizo bien. Es mi forma de trabajar desde siempre. Igual no 70, pero antes podía trabajar en tres obras a la vez a lo largo del día. Lo hacía sin dificultad, pasaba de una a otra sin problemas.

También de la pintura a la escultura.

–También. Y al dibujo.

En la escultura se adivina un acercamiento mayor a su ámbito cercano, con obras sobre su mujer o sus nietas, menos frecuentes en su faceta pictórica. ¿Le da menos pudor que aparezcan ahí sus seres queridos?

–(Piensa) Pues por algún motivo lo he hecho. No sabría decir por qué. Podría inventarme ahora alguna razón, pero pienso que la pintura es muy difícil, la escultura te permite, si tienes dudas, actuar con más recursos. Creo yo, al menos. Yo lo he sentido así. Por eso he hecho más esculturas en relación a las personas que pinturas.

Esa idea de dificultad de la pintura enlaza con la cuestión de la paciencia y, de nuevo, el tiempo. Defiende que sólo se tiene paciencia con lo que se ama. ¿Es para usted pintar una forma de amar?

–Es una relación de amor, claro. ¿Qué otra cosa va a ser?

El amor por la pintura figurativa que cultiva, ¿lo echa de menos en las programaciones de los museos y centros de arte?

–Es evidente que es así, pero bueno, tampoco hay que andar lloriqueando todo el tiempo. Las cosas son así. Cada época tiene su camino dominante y el camino dominante en el siglo XX no ha sido la figuración. Nada más que eso.

–¿Nunca le tentó otro camino?

–Es que la figuración tiene tantos espectros, tantas variaciones, que basta. Seguramente con la abstracción pasará igual. Hay muchas maneras de ser figurativo y muchas maneras de no serlo. Entonces, no he sentido tentación. Siento admiración por estos lenguajes que han aparecido en el siglo XX, nos han enseñado muchísimo, a mirar la figuración, incluso. Ahora, hacerlo yo, no. Para nada. En absoluto.

–¿Y a qué achaca el prejuicio de la figuración como un lenguaje ajeno a la modernidad?

–Pues hijo… Cuando veas a esa gente, pregúntaselo (Ríe). Algo sospechoso sí que es. También lo era en la época de Velázquez, cuando cierta figuración muy cercana a lo que el ojo veía, al mundo de lo cotidiano, resultaba corta como vuelo imaginativo. La realidad pelada o bastante pelada no es cómoda de ver. La gente no quiere ver mucho eso, creo yo. A la gente le gusta soñar, le gusta rozarse con el mundo real si tiene morbo y espectáculo. Si no, el mundo cotidiano, como dice Baroja, es demasiado cotidiano y le faltan atractivos y hacerlo atractivo es muy difícil.

Evolución y cambio

Ya que menciona a Velázquez, ¿sigue pensando que en él hay más evolución que en Picasso?

–A mí me parece que sí. ¡Cómo no! No creo que haya un artista que haya evolucionado más profundamente que Velázquez, siendo el mismo, sin cambiar. Ha evolucionado como evoluciona un rostro desde los 16 o 17 años hasta los 70. En Picasso no hay evolución, hay cambios, que es distinto. Son cosas diferentes.

–¿Y qué debe tener un cuadro para alcanzar esa diferencia?

–Es muy difícil, muy difícil. Vas a cualquier museo y la mitad de las obras han caducado. Y son obras que están albergadas en centros de prestigio. Es muy difícil hacer algo que quede vivo por mucho tiempo. Es muy difícil. ¿Por qué? No lo sé. Habría que ver qué responsabilidad tiene el que lo hace y la sociedad que le incita a una actitud, digamos, corrupta. Esa forma de corrupción está en el arte desde hace siglos, en Occidente, desde el Renacimiento. Un arte para gentes prepotentes, ignorantes, unos ricachos comodones.

–¿Qué factura hay que pagar para alejarse de todo eso?

–De momento el que lo hace le saca mucho partido. Por eso es muy difícil. Hace falta mucha energía, mucha paciencia y mucha generosidad y mucha suerte para poder mantenerte más o menos limpio y poder hacer un trabajo con cierta pureza. Es difícil, pero se puede hacer.

Fotos

Vídeos