Animalmente humano

Algunas de las obras que pueden verse en la muestra del CAC.
Algunas de las obras que pueden verse en la muestra del CAC. / Fernando González
Crítica de arte

La animalidad y lo humano, tanto como la vida y la muerte, se configuran, a la luz de esta exposición, en temas fundamentales del universo de Santiago Ydáñez

JUAN FRANCISCO RUEDAMÁLAGA

Buena parte de la cincuentena de obras que componen esta exposición de Santiago Ydáñez (Puente de Génave, Jaén, 1967), que revisa su última década de creación, se concentran en la inseparable dialéctica vida-muerte. Junto a ella, el artista se entrega al existir. Pero no al existir como rutina, sino a las pulsiones, las experiencias de rebasamiento de los límites y los estados paroxísticos del ser humano (la transgresión, el nacimiento, la violencia, el erotismo). Todas esas situaciones, excesivas ‘per se’, se refuerzan por la factura con las que las ejecuta Ydáñez, otorgándole un poder –un aura– más excesivo aún, desbordante, pasional y visceral –no olviden que la muestra responde al título de ‘El corazón manda’. El encuentro en la obra de Ydáñez con muchos de los elementos esenciales de lo humano, representados en toda su crudeza, sin estilizados artificios, puede reportar una sensación de incomodidad, tal vez por lo que de interpelación tienen sus imágenes, de retrato y puesta en cuestión de lo humano.

Curiosamente, uno de los aspectos más destacados del trabajo de Ydáñez es cómo recurre a la conflictiva y conformadora relación con la animalidad. Por momentos, ante sus obras percibimos una suerte de equiparación entre lo humano y lo animal. Equiparación que pudiera descansar en cierta dignificación de algunos animales, como ocurre con sus colosales retratos de perros –el tamaño refuerza esa suerte de homenaje– que llegan a poseer una inusual profundidad psicológica, y algunas representaciones humanas que parecen abrazar nuestra dimensión animal, como la imagen de un nacimiento, literal imagen del alumbramiento de una criatura envuelta en los fluidos propios de la llegada al mundo (el primer plano aísla del paritorio). Esta pintura, de las más pequeñas, como las que la rodean, se encuentra arropada por otras de escatología rebosante. A saber, el cuerpo de una embarazada representado con la crudeza propia de un trozo de carne, dejando ver el feto y con los miembros inferiores cercenados. Esta imagen está tan cerca de una sección científica como de un pormenor de carnicería. A ello ayuda la cercanía de la cabeza de un cochinillo, servida como un plato que degustar, y una cabeza, aparentemente de cordero, que está siendo manipulada para ser cocinada. Lo humano y lo animal pasan a ser representados con ciertas analogías, reducidos a su materia, a la carne.

Santiago Ydáñez

'El corazón manda'
50 obras, en su gran mayoría óleo sobre lienzo, siendo muchas de ellas de tamaños monumentales. Se expone una selección de 18 objetos domésticos que interviene pictóricamente, los cuales funcionan como pie forzado (llaves con manos cortadas o medallas custodiadas por perros rabiosos).
Comisario
Fernando Francés.
Lugar
AC Málaga. Alemania s/n., Málaga.
Fecha
Hasta el 24 de septiembre
Horario
De martes a domingo, de 10 a 14h y de 17 a 21 h.

En este punto entran en juego sus contados paisajes, que han de ser entendidos como enunciaciones del Paraíso perdido, de un constructo marcado por la nostalgia de una época en la que el Hombre convivía en armonía con la Naturaleza y con el resto de animales. Es ésta, la escisión (separación o negación) de ese primigenio marco (la Naturaleza y la animalidad) que nos define como humanos, la ‘herida’ que ha portado durante siglos el Hombre. Ydáñez gira sobre un asunto que se pierde en ‘la noche de los tiempos’, prácticamente desde que el Hombre adquiere consciencia de esa necesaria distinción, ocupando la imaginación de artistas y literatos durante siglos. Dos paisajes hallamos en esta exposición, separados casi por una década. Ambos son monumentales, pero, como en buena parte de su obra, pueden manifestar una imposibilidad del desarrollo de la vida, de una suspensión o quiebra de ésta por más que simulen la apariencia de la vida. El paisaje que abre la exposición es metafórico: todo aparece en suspenso, gélido, ‘mudo’. Tal vez como los animales disecados que emplea: la apariencia del mantenimiento de la vida se funda en la muerte. Dicho de otro modo, lo inerte simula contener vida. Tal vez, esos animales muertos y disecados (trofeos y recuerdos) se conviertan en una metafórica representación de la expulsión del Paraíso, puesto que son seres que se ven, muerte mediante, arrojados abruptamente de él. La taxidermia atesora muchas de las motivaciones del universo de Ydáñez, de ahí que fuera un recurso predilecto para él en la década pasada. En esta ocasión sólo una escultura taxidérmica es empleada, un toro de lidia que se yergue sobre sus cuartos traseros, aunque antaño componía instalaciones de ciervos que llegaban a pender del techo, cerniéndose sobre las cabezas de los espectadores. Lo macabro y lo siniestro, ciertamente usuales en toda su producción, se palpan en ese animal disecado. Animal que se enfrenta a la imagen de lo que puede ser una virgen de vestir, sin el ajuar y con los ojos vacíos –imposible no recordar algunas escenas de iconoclasia que se dieron en Málaga durante la proclamación de la República, en 1931, y otras muchas a las que el Archivo FX de Pedro G. Romero ha atendido. Tal vez la imaginería sea para Ydáñez otra estribación de esa dialéctica vida-muerte y de la simulación de la vida. Justamente, un retrato de una escultura de Santa Teresa que se expone puede recordarnos, en relación a este particular de la vida y muerte, el «vivo sin vivir en mí» de la santa española.

El otro paisaje es una primorosa recreación de los frescos de la Villa de Livia, del siglo I. a.C., los cuales eran una alusión a un Paraíso exótico y cercado, ordenado por la mano humana. Resulta interesante observar cómo su impulsiva y expresiva manera de aplicar el color y definir la imagen, sin gran carga matérica pero sí con violencia, se matiza en esos escenarios y en algunos retratos de cuerpos femeninos, en los que parece ‘modelar’ la imagen. Frente a esa imagen idílica e ideal que auspician esos frescos romanos, cargados de hedonismo y sensualidad, la violencia y el horror irrumpen en sus apropiaciones de iconos de la Historia del Arte como ‘Judith y Holofernes’ de Caravaggio o una monumentalización de los goyescos ‘Desastres de la guerra’.

No parece fruto del azar que el retrato del torero Juan Belmonte, con su imponente rostro anguloso y su mandíbula prominente, se sitúe al lado de una pintura que recrea una fotografía de 1915 de Ramón y Cajal ante un cuerpo diseccionado. Ambas obras, en su confrontación, detonan asociaciones. La muerte, en este caso, parece convocarlos. Sendas figuras, por distintos motivos, de una misma España que gozaron de la condición de «revolucionarias» –entiéndase que no reside aquí equiparación en la trascendencia de sus oficios-; esta suerte de ‘panteón nacional’ se une a temas considerados como identitarios (la tauromaquia o la religiosidad popular a través de la imaginería, lo que empuja a recordar el extracto del poema ‘machadiano’ sobre España, «devota de Frascuelo y de María») y a rasgos que secularmente, como clichés de lo español, han sido formulados repetidamente: la violencia, la pasión, lo visceral, la transgresión, la convivencia con la muerte y la extremosidad. Ciertamente, esos rasgos, como hemos señalado, están implícitos en el trabajo de Ydáñez, aunque, en honor a la verdad, algunos de ellos también adornan la imaginación sobre lo germano, país familiar para el artista jienense.

Fotos

Vídeos