El Alameda baja el telón para izarlo como Teatro del Soho

El telón cae durante la última representación, ayer, en el Teatro Alameda. /Fernando González
El telón cae durante la última representación, ayer, en el Teatro Alameda. / Fernando González

El proyecto de Antonio Banderas cierra una etapa que ha durado 57 años y dice adiós con la producción propia 'En ocasiones veo a Umberto', dirigida or Álvaro Carrero

Fernando Torres
FERNANDO TORRES

Parece una velada de teatro normal, pero hay algo en el ambiente que la hace diferente. Todo está listo; los más rezagados compran sus entradas en la taquilla, los empleados del Alameda indican a los asistentes que las puertas de la sala ya están abiertas. El telón está bajado, se eleva, ocurre la magia que el escenario lleva albergando durante 57 años, y se vuelve a bajar. La única diferencia con una función cualquiera es que la próxima vez que se descubran las tablas será como Teatro del Soho de Málaga, sede del proyecto artístico de Antonio Banderas.

El capítulo que se cerró anoche comenzó en 1961, cuando se abrieron las puertas del entonces conocido como Cine-Teatro Alameda. Desde su nacimiento fue una referencia del entretenimiento y el arte en el centro de Málaga, y pese a la crisis, los despidos y las dificultades que han sacudido al sector, este templo de la comedia ha conseguido superar el medio siglo de historia con las tablas en plena forma, siendo además el último teatro de gestión privada de toda Andalucía. Sin embargo, los tiempos cambian y la resistencia de la familia que siempre ha estado detrás de la empresa (Sánchez Ramade) ha hecho que Banderas, rebotado del sector público, decidiera transformar el espacio artístico.

Carlos y Jesús Sánchez Ramade, hermanos y gerentes durante esta última etapa del Alameda, vivieron la noche de ayer rodeados de amigos, sin tiempo apenas entre apretones de manos y abrazos. Carlos, no obstante, admitió que están centrados «en cerrar una etapa y abrir otra», dando paso a «un nuevo horizonte»:«Verdaderamente va a ser prometedor para el teatro y la ciudad de Málaga». Su hermano Jesús coincidió en su análisis: «No queremos robar protagonismo al futuro del teatro con nostalgia; hoy es una noche normal, ahora desmontamos como siempre y ya estaremos pesando en lo siguiente».

El público llenó ayer el patio de butacas del Alameda.
El público llenó ayer el patio de butacas del Alameda.

La noche, sin embargo, se vivió con emoción dentro y fuera del escenario. Antes de que se abrieran las puertas, algunos espectadores esperaban para recoger su entrada o acceder al patio de butacas, como cada función, entre comentarios desenfadados y las sonrisas que preceden al humor de la comedia. Muchos sabían que iban a formar parte del cierre de un capítulo en la historia del arte escénico malagueño, otros no: «Llevo toda la vida viniendo a este teatro y no me había enterado de nada», confesó Alberto, un jubilado despistado a quien se le cambió la cara al enterarse del cambio. «Pero vuelve a abrir, ¿no?», preguntó a sus acompañantes. Una pareja joven, sin embargo, acudió a la cita precisamente por ser la última de esta etapa:«Él no había venido nunca, yo una vez, hace mucho tiempo», explica Silvia. Roberto admite que no quería que la reforma le pillara «sin ni siquiera saber cómo era por dentro».

La obra protagonista fue 'En ocasiones veo a Umberto', una comedia coral escrita y dirigida por Álvaro Carrero, protagonizada por el propio director junto a Virginia Muñoz, Mara Guil y Marcelo Casas. Se trata de una de las últimas producciones propias del Alameda, que actualmente está fija en los teatros de Madrid. El autor confiesa:«Mentiría si dijera que es casualidad el hecho de que seamos nosotros quienes cerremos la programación». Cuando le llegó la noticia, se encontró frente a la oportunidad de darle un toque ilusionante a la despedida, pese a que la propia gerencia del teatro ha evitado en todo momento el dramatismo del adiós.

«Nos hacía mucha ilusión volver a nuestra casa con esta obra que tuvo tanto éxito», añade Carrero, quien asegura que «más que ego» han perseguido tener «un gesto» con la propia institución y con su público. Antes de subirse al escenario, admitió sentir algo de vértigo por ser el último actor y director en pisar las tablas: «Eso está ahí, hoy hay algo muy especial».

Pero el teatro no solo lo componen los actores. El Alameda lleva años albergando a múltiples profesionales que han hecho que la magia tenga su espacio cada noche. Camareros, acomodadores, taquilleros... Ricardo lleva treinta años vendiendo entradas. «Llevo aquí desde que tengo 24, y ahora tengo 54; ¿cómo quieres que me sienta esta noche?», comenta algo emocionado. Asegura que ha estado «más que cómodo», pese a que los horario y las jornadas no son las mejores «para descansar». Interrumpe la conversación para atender a una señora. «¡No me digas que ya mañana cerráis!».

Mientras que los actores han ido coronando el escenario, Francis se ha encargado de que la luz y el sonido encajen en cada obra. Noche tras noche ha pulsado los botones y movido las palancas que le dan vida a la sala, y anoche fue «una obra más». Antes de que comenzara la función, admitía llevar el cambio de etapa «con mucha normalidad», centrado en su trabajo. «Cuando acabe la pieza, o mañana, ahí ya veré como me siento».

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