ADIÓS A UNA VOZ MALAGUEÑA

GONZALO ROJO

Ayer martes, a primeras horas de la mañana, nos dejaba el decano de los cantaores malagueños Antonio Jiménez González 'Antonio de Canillas'. Veterano artista nacido a la sombra del picacho de La Maroma, en Canillas de Aceituno, ha sido un personaje que ha pensado y vivido siempre en flamenco, que dicho sea de paso, es una de las formas más envidiables de vivir.

Epígono de una de las escuelas de cante malagueño, concretamente la creada por El Canario y seguida por Sebastián el Pena, Diego el Perote, Juan de la Loma, Ángel de Álora y Pepe de la Isla, entre otros, ha sido un fuerte puntal del entramado flamenco de nuestra tierra.

Desde aquellos ya lejanos años cincuenta del siglo pasado en los que se enroló en una compañía de Manuel Vallejo para pasar posteriormente a cantar junto a Porrina de Badajoz, Canalejas de Puerto Real, Gordito de Triana, Perlita de Huelva y otros muchos, hasta sus desplazamientos a Salzburgo o Manila, formando parte del elenco de la Misa Flamenca del Padre Rojo, Antonio se fue transformando en un artista de calidad y amplia experiencia, unido a unos conocimientos profundos de los cantes que hacía con voz cálida y seria.

Escucharle cantar siguiendo los cánones, es decir, las leyes marcadas por la tradición, era todo una gozada, ya que para Antonio cantar era oficiar un rito, era ir hilvanando la copla puntada a puntada, dulcificándola, sin que el cante perdiera tronco, profundidad y azogue.

Puede que el camino de Antonio no haya sido muy brillante de cara a la galería, pero sí ha sido un camino recto y serio, que cuadraba a las mil maravillas al aire propio del cantaor. Nunca fue un cantaor efectista pagado con el aplauso fácil, al contrario, siempre se le encontraba allí donde el compromiso convocaba a los mejores.

El de Canillas siempre tuvo un aliado fiel: su voz. Por ello eligió siempre los cantes largos que dieran ocasión de lucirla. Maestro en los cantes de la escuela malagueña, fue también el mejor representante de los cantes del Piyayo y un consumado artífice de la saeta, a la que agregó una coda musical, eminentemente barroca, hoy divulgada por todo el ámbito flamenco.

A lo largo de más de setenta años de vida profesional, siempre dando pruebas de verdadera entrega a su arte y de cabalidad humana, ha sido todo un ejemplo a seguir por aquellos que ahora empiezan y deseen llegar a la cima que Antonio consiguió. Descansa en paz, amigo Antonio.

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