2018

2018
Sr. García .
Cruce de vías

Mañana celebraré el cambio de año en un rincón sagrado de la infancia que se encuentra a seis mil kilómetros de casa. Sólo la memoria mantiene vírgenes los territorios

José Antonio Garriga Vela
JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA

Mañana estaré a casi seis mil kilómetros de casa dispuesto a traspasar la frontera del 2018. La curiosidad me impulsa a visitar uno de los lugares que marcan la historia sagrada de la infancia. Ciudades, ríos, mares, desiertos y montañas, cuyos nombres me trasladan a esos espacios mágicos de la niñez que he ido reconstruyendo en la imaginación a lo largo de los años. Sólo la memoria mantiene vírgenes los territorios. La fantasía levanta ciudades y traza itinerarios que algún día se vuelven reales. Últimamente los amigos parecen haberse puesto de acuerdo en regalarme mapamundis a los que es preciso rayar la superficie para descubrir el nombre de los países con sus ciudades y accidentes geográficos. Lugares que permanecen ocultos hasta que regresamos del viaje. Pero he de confesar que también tengo recuerdos de sitios a los que nunca he ido. Uno de estos lugares es el que mañana, por fin, visitaré. ¿Quién no ha paseado alguna vez por las calles de una ciudad desconocida como si anduviera por el pasillo de casa?

Vivo tan ajeno al mundo real que apenas mantengo relación con las personas que me rodean. No suelo pasear por el Centro de la ciudad, apenas veo a nadie. Cuando salgo de casa es para subir a un avión y volar lejos. Vivo más fuera que dentro según se mire. Cuando estoy encerrado en mi mundo viajo por el amplio territorio de la imaginación. Dicen que los que viven aislados envejecen antes. Yo no comparto esa idea, al contrario. La imaginación es la cometa más alta que uno puede llegar. El destino se encuentra cada día más cerca y hay que aprovechar el viaje. Lo que hace años era un misterio lejano hoy lo contemplamos a la vuelta de la esquina.

Cada día que pasa, la infancia está más presente. De niño me enseñaron que el hecho de despertarse cada mañana es un milagro y constituye toda una aventura. Entonces, yo quería ser misionero. No con el propósito de convertir a los paganos sino para viajar a países remotos. Viajar, rascar la superficie del mapa y descubrir lo oculto. La curiosidad nos mantiene vivos. Después el mundo fue empequeñeciendo, la técnica y los medios de comunicación transformaron la Tierra en una superficie tan plana, limitada y rectangular, como una pantalla. «Si no andas con cuidado caes al abismo», me decían. He aprendido que hay que mirar hacia adelante sin hacer caso de los cantos de sirena que constantemente se interponen en nuestro camino con la intención de romper los sueños y amargarnos el viaje. Mañana celebraré el cambio de año en un rincón sagrado de la infancia que se encuentra a casi seis mil kilómetros de casa.

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