Vivir volando

Vivir volando
/ Sr. García .
  • Mi mayor deseo es la grata y apacible locura de pasar el tiempo en las nubes

Desde el aire, miro las luces de la ciudad a lo lejos. Hay seiscientos mil habitantes encerrados en sus casas y cada cual absorbido por su propia historia, ¿a quién le puede importar lo que otros cuentan? Ahora la mayoría duerme y la ciudad se transforma en un cementerio viviente. Nunca se ven las almas, sólo los cuerpos. Y las luces de los vehículos que transitan en la noche. Quizás los ocupantes estén oyendo en la radio el parte de sucesos que ofrecen los noticiarios, tal vez van pensando en sus cosas o simplemente en lo que tienen delante sin más, sin plantearse qué hay más allá de cada curva del destino. La primera vez que sobrevolé la ciudad descubrí lo insignificante que éramos cada uno de nosotros y todo lo que nos rodeaba. Una diminuta esfera en el universo. Un mundo invisible. Luego te acercas, aterrizas, y la vida íntima recobra su tamaño. Hasta los problemas se vuelven grandes.

Me gusta verme desde la distancia. Los aviones que despegan del aeropuerto con destino al norte dibujan una elipse en el cielo y pasan por encima de mi casa. Entonces distingo con claridad la terraza, el tejado, el espacio inverosímil en el que cabe la vida. Muchas veces estoy abajo y los aviones atraviesan lentamente el cielo. Doscientas vidas encerradas en un pequeño juguete. Lo señalo con el dedo, lo conduzco hasta perderlo de vista. Inmediatamente después pasa otro avión, oigo el sonido del motor. La máquina capaz de mantener suspendidos los cuerpos en el aire. Cuando ya se han ido, miro el cielo cubierto de estelas blancas que dejan las huellas de los aviones. Se hace camino al volar.

La ciudad queda atrás. Amanece, el milagro de todos los días. Oigo el latido del motor desde el interior del avión. El alma de la máquina. Me da por pensar que los pasajeros somos los diferentes miembros que forman parte de un mismo cuerpo. La vida privada con sus particulares sentimientos y la coraza fría y metálica que los envuelve. Al llegar al destino, el cuerpo se desintegrará. Cada cual tomará su propio camino y otros pasajeros serán los encargados de suplantarnos. Los vislumbro haciendo cola para ascender al cielo mientras nosotros descendemos a tierra, el lugar donde los asuntos banales cobran una importancia desmesurada. Me aguardan unos días fuera de casa y luego volveré volando. Así nos pasamos la vida. Un ir y venir incesante con limitadas escalas. Un trasiego de intenciones que permanecen ocultas y no paran de moverse de un lado a otro de nuestras cabezas. Mi mayor deseo es la grata y apacible locura de pasar el tiempo en las nubes.

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