Diario Sur

UNA FAENA SOBERBIA DEL MEJOR TALAVANTE

Estaba por llegar la inevitable corrida rompecabezas de San Isidro. Fue esta. Nueve toros de cuatro hierros distintos, tres sobreros cinqueños, un escándalo al asomar y al derrumbarse el segundo de ellos, de Torrealta, entre aleonado y abecerrado; pancartas en sol reclamando más toro solo un día después de lidiarse la de Parladé; una corrida del Puerto de San Lorenzo que pareció improvisada sin estarlo pero por debajo de la notable línea habitual de la ganadería en Madrid; y, en fin, esa gana de bronca y fiesta a la vez que al cumplirse nueve días de feria siempre estalla en las Ventas. No solo: el Rey Juan Carlos en su delantera de Preferente junto a la presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid y la más alta representante de Comunicación del Gobierno.

La corrida fue un carrusel de sucedidos en su mayoría infaustos, solo que dos sobreros, un primero bis de Buenavista y otro de Mayalde, quinto tris, dieron fiesta mayor. Distintos en traza, son y estilo, fueron muy notables. El contraste con el todo y las partes del deslucido envío del Puerto vino a realzar sus calidades y su protagonismo. El de Buenavista, muy en Juan Pedro, largo, tocado de pitones, armónico, bravo de principio a fin, prontitud, movilidad, entrega; el de Mayalde, mucho más ancho, pero más bajo de agujas, chepudo y sillote. Aunque acusó de partida el corraleo el de Mayalde fue el de más hermosa embestida al ralentí de cuantos se llevan de feria. La faena y el trato de Talavante fueron por todo un prodigio: la despaciosidad, el temple que llevaba al toro cosido al engaño y mecido como acariciado, el dibujo en semicírculo, la ligazón de las que fueron cuatro primeras tandas casi idénticas de medida pero cada vez más despacito, los cambios de mano en apertura o broche de tanda, los de pecho a suave pulso, la verticalidad.

El ritmo fue de una suavidad formidable. El gobierno, también: la faena en un solo terreno mínimo. El final, con Talavante despatarrado en el toreo de frente pero enroscado, lacios los brazos, suelta la muñeca, bello el vuelo del engaño al natural, fue apoteósico. Una gran estocada. Solo una oreja. Trabajo digno de las dos. Y el regalo secreto de Talavante: la brevedad, cortesía de los grandes toreros.

Al sobrero de Buenavista le dio cuerda suelta Castella en una faena de tanta resolución como templanza, firmísima según ley del torero de Béziers, de un dominio abrumador porque, por bravo, no fue sencillo el toro. El encaje, los desplantes entre los cachos del toro con Castella columpiándose desafiante sobre el testuz y sin escape, lejos de todos. Los rizos y ochos del repertorio propio. Una estocada trasera sin muerte. Un segundo aviso, dos descabellos. Un despilfarro. Contrapunto del festín de Castella y Talavante fue, pasadas las nueve y media de la noche, la cogida de Javier Jiménez en el sexto de sorteo. Cogida provocada por un viento recién levantado que lo descubrió. Por el hueco se metió e hizo presa el toro del Puerto, el más en lisardo y el mejor de los cuatro supervivientes. Cornada de infortunio, muy hermosa la decisión del torero de Espartinas que tan bien toreó el 11 de mayo un toro de La Quinta, el más ofensivo de lo que va de feria. Y lo demás: el primero de Talavante, rebrincado, acusó un lesivo puyazo trasero y dio pobre juego; el tercero, derrengado, se derrumbó y apenas se tuvo; Castella se embarcó en largometraje con el cuarto, que solo quiso en querencia pero no le dejaron. Muchos, muchísimos capotazos de más. En ese toro, y en todos los demás. Salvo en el de Mayalde.

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