Diario Sur

Geografías urbanas y humanas

Coro López-Izquierdo, ayer en el Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid.
Coro López-Izquierdo, ayer en el Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid. / Óscar Chamorro
  • La pintora Coro López-Izquierdo reformula el arte urbano con sus ‘tatuajes’ sobre la piel de la ciudad

Las ciudades son «lienzos infinitos» para Coro López-Izquierdo. Arquitectura y pintura son las pasiones de esta creadora de inspiración urbana que en lugar de pintar en los muros los recrea y atrapa en sus telas. Unas inquietantes pinturas de base realista, trufadas de poesía y misterio, que reúne en ‘Desplazamientos. Arte urbano’. Un paseo por sus geografías urbanas, por la piel de la ciudad y la de otros artistas callejeros, que se recorre en la muestra que acoge el Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid (COAM). Sus óleos se confrontan con las esculturas del también arquitecto y urbanista Mariano Vilallonga, que explora la geografía humana en ‘Somos así’, su irónica reflexión sobre nuestros anhelos, desafíos miedos y realidades.

Profesora de dibujo en la Escuela Técnica Superior de Edificación, la pintora pertenece a una familia de cuatro generaciones de arquitectos. «Mi bisabuelo, mi abuelo, mi padre, dos hermanas y mi marido lo son», aclara López-Izquierdo (Madrid, 1958). Expuso por vez primera en 1989 y ha hecho de la arquitectura la razón de ser de su pintura. Lo confirman la treintena de lienzos –«todos inéditos»– elaborados en los últimos tres años. Obras que cubren de arte y de vida la ajada piel de las ciudades que escudriña con su precisa mirada.

Ladrillos, grietas, semáforos, baches, ventanas, contenedores, calzadas, cables, manchas... todo es un estímulo para esta pintora que tatúa la piel de los edificios con imágenes tan inquietantes como sugestivas. Propone un «safari urbano» por espacios de Berlín, París, Nueva York o Madrid. «La ciudad es especialmente inspiradora», dice esta atenta paseante que lo mismo recrea un rincón del neoyorquino barrio de Williamsburg, de Kreuzberg en Berlín, una esquina de Nápoles, fachadas de un pueblito de la costa Amalfitana, o del barrio de Malasaña en Madrid. «La pared es mi lienzo. No es la ciudad en sí. Es mi representación bidimensional, con los límites de la tela», explica la creadora. Al contrario que los artistas callejeros, lleva el muro a la tela en lugar de intervenir en una pared. Juega con arte urbano que ya no se concibe para ser efímero y que se perfila como la decoración de la fachadas del siglo XXI.

«Una cosa es el grafiti y otra el arte urbano», discrimina López-Izquierdo, que admira al ácido Banksy –«es el mejor»–, pero que lamenta otro tipo de intervenciones «que no aportan nada y a veces son solo basura». Más allá del trampantojo cita en sus lienzos a otros artistas urbanos «reconocidos y respetados –Mentalgassi, Boa Mistura, Roa, Liu Bolin, Seth, o J.R.– poniéndome en su piel». Invita además a otros creadores a intervenir en sus obras, como ha hecho en esta ocasión con Mariano J. Vilallonga.

Su pintura ofrece una insólita perspectiva de la geografía urbana. Su bullicio y su ajetreo se diluyen en paz y sosiego. En sus cuadros no hay figuras humanas, fuera de las que emergen de los muros. «Se intuyen a través de objetos, de una bicicleta o una moto. Una persona define muchísimo un cuadro. Quizá demasiado. Es más potente su evocación que la propia presencia», explica. Es su manera de «otorgar todo el protagonismo al espectador».

Habitantes

La figura humana sí es protagonista, y muy destacada, en las esculturas de Mariano Vilallonga (Madrid, 1952), escultor y también arquitecto, que en lugar de mirar a la ciudad observa a sus habitantes. Con sus expresivas piezas de pequeño formato coloca al ser humano frente a todo tipo de situaciones y emociones. La ironía y el humor son elementos clave de su discurso plástico, en el que caben también la sátira, la nostalgia, la crudeza, el absurdo o la indiferencia. Elementos todos con los que aborda una «disimulada crítica a la sociedad que nos ha tocado vivir».

Vilallonga nos recuerda, por ejemplo, que es posible salir de las crisis, como el personaje de una de sus piezas que se libera, no sin esfuerzo, de los anillos de hierro forjado que lo aprisionan. O como humanos y aves pueden conformar un nuevo ser, como vemos en ‘Aves canoras’.

«El sentido del humor es cada vez más imprescindible», reivindica con unas propuestas que configuran «una crónica tridimensional de la vida». Manipular la realidad le permite aumentar la fuerza expresiva de sus personajes, que a veces se cuelan en la telas de López-Izquierdo como es el caso de ‘N.Y. Williamsburg. Zeus’.

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