Apuntes para una teoría del horror

La serie refleja una sociedad en la que la mujer es privada de cualquier derecho y su finalidad es la procreación.
La serie refleja una sociedad en la que la mujer es privada de cualquier derecho y su finalidad es la procreación. / SUR
  • HBO emite la potente producción ‘El cuento de la criada’, que recrea un futuro opresivo y atroz que se antoja demasiado real

1. Desconozco si ‘El cuento de la criada’, la estupenda novela de Margaret Atwood, que ahora recupera la exquisita editorial Salamandra, se estudia en los institutos, pero debería. Escrita en 1984, como dice de ella E. L. Doctorow: «es una historia visionaria en la que Dios y el gobierno se funden y Estados Unidos se convierte en una teocracia». Una lectura que nos revela como humanidad por mostrar algo que lejos de estar erradicado parece de hoy mismo y a punto de suceder y que sucede en ciertos regímenes totalitarios como el talibán. La adaptación de Bruce Miller para MGM y Hulu, que puede verse en nuestro país en HBO, no solo hace justicia a la novela, sino que estamos ante una de las series más sugestivas, inquietantes y perturbadoras de hace muchos años.

2. La serie adapta impecablemente la novela. Plantea una sociedad fascista, militarizada, enferma, en la que a las mujeres se las despoja de cualquier derecho después de un golpe de estado en el que se instaura la República de Gilead, un régimen teocrático. Esto se produce por una crisis de fertilidad. Estados Unidos no existe como lo conocemos. Sin embargo, lo perverso es que este planteamiento parece cercano, no solo por el tratamiento naturalista de la serie, también por muchas de las claves con las que lee nuestro presente. Es más, una de las virtudes de ‘El cuento de la criada’ es la cantidad de capas y lecturas que maneja.

3. No estamos solo ante una obra feminista. ‘El cuento de la criada’ no se puede reducir a esta denominación. Es mucho más, es un retrato humanista desde una distopía que se siente cercana y a la vuelta de la esquina. Al igual que en ‘Big Little Lies’ la mujer está en el centro de la ficción (de hecho, las mejores series actuales están protagonizadas por mujeres), pero en la serie creada por Bruce Miller a partir de la novela homónima de Margaret Atwood, las mujeres son meras criadas o esclavas, despojadas de todos sus derechos, tratadas como un ser inferior, propiedad del hombre en una sociedad patriarcal atroz.

La protagonista de la serie, Elisabeth Moss.

La protagonista de la serie, Elisabeth Moss. / SUR

4. El piloto comienza con una pareja huyendo con su hija. Los persiguen hombres armados vestidos de negro. Pronto descubriremos que es un recuerdo de la protagonista, Defred (Elisabeth Moss, que hemos visto en ‘Mad Men’). En esa primera escena, al marido lo matan, a su hija la adopta el Estado y a ella la mandan al Centro Rojo para convertirla en una criada, en una esclava reproductora para el comandante Waterford (Joseph Fiennes). Porque Dios le ha dado el don de concebir. Su fin por tanto es servir a los líderes con esposas infecundas. La Ceremonia, que se produce los días fértiles de la mujer y que es tomada de una cita bíblica, resulta espeluznante, no solo por cómo se desarrolla la violación, también por la frialdad y la sobriedad con la que está filmada y, también, por las reflexiones en off de Defred. En realidad, Defred tenía antes otro nombre, que revelará al final del piloto, como tenía antes otra vida, en una estructura circular inmejorable.

5. En esta sociedad inquietante, violenta, terrible, que se sostiene por el miedo, a las mujeres se las priva de cualquier atisbo de feminidad. Todas estas criadas visten igual. Con tocas blancas que le impiden verse a no ser que se miren de frente, vestidos rojos sin forma en referencia a la menstruación y con bastas botas. Van siempre de dos en dos para vigilarse la una a la otra, para generar desconfianza. Hablan mediante referencias bíblicas. Pasean por una ciudad vigilada por soldados. Una ciudad donde se ahorca a los rebeldes. Una sociedad en la que a las lesbianas se les practica la ablación, como le ocurre a Deglen (Alexis Bledel). Una sociedad en la que todo está prohibido. Un mundo reaccionario. Un mundo que como recuerda Defred en uno de los flashback no supieron ver en los detalles que iban sucediendo gradualmente: las mujeres no pueden acceder a sus cuentas, se les impide trabajar, se manifiestan contra las nuevas leyes y empiezan a disparar a los manifestantes.

6. El tratamiento estético y narrativo es tan riguroso y sólido como el malsano mundo que retrata. La serie se sustenta en esa coherencia que encuentra su correlación con los tres planos narrativos en los que mayoritariamente se mueve ‘El cuento de la criada’. Los flashbacks de Defred, es decir, los recuerdos de ella en el mundo como lo entendemos en la actualidad; su voz en off en el presente, que juega con los contrastes, la ambigüedad, desplegando una indudable poética que favorece que se dimensione aún más la crudeza de lo que vive; y el rígido presente, el infierno que soporta como ‘útero reproductor’; o como le suelta Waterford: «Ahora podéis cumplir vuestro destino biológico en paz».

Estos tres planos narrativos se adecuan a propuestas estéticas y puesta en escena distintas. El presente teocrático –por entendernos– está fotografiado con una grisura enfermiza, colores apagados, muertos, mediante encuadres simétricos y férreos; una planificación seca, en la que cualquier emoción se niega. El pasado, mostrado por insertos y flashbacks de Defred, es tratado con una fotografía diferente, en la que se permiten los colores, la cámara tiene un movimiento ágil, más ondulante, con encuadres diagonales que crean una ruptura evidente con el orden con que se planifica el presente. Por su parte, la voz en off opta por primeros planos de la protagonista que contrapone a los espacios y a los personajes con los que interactúa o imagina interactuar; o a otros planos más generales en los que destaca la asfixia del personaje. Esa representación de sus pensamientos es lo que de un modo u otro hace que sobreviva.

7. La expresividad o contención de Elisabeth Moss es uno de los aciertos de esta serie. Sus rostros según el momento revelan o encubren multitud de cosas. El nivel de registro y los incontables matices están en sintonía con las lecturas de la propia ficción. Así se potencia con la parquedad del comandante al que da vida Fiennes o la de la esposa de este, Serena Joy (Yvonne Strahoski). El peso del reparto recae en las mujeres. Todas se ajustan a sus personajes con fluidez y escalofrío, desde Ann Dowd como la tía Julia que adoctrina a las esclavas hasta esa inestable Janine (Madeline Brewer) que está siempre a punto de romperse u otra cosa peor. Max Minguella, como Nick, tiene un extraño parecido a Sal Mineo y una ambigüedad extraña y magnética.

8. Estamos ante una gran serie. Ante una impecable adaptación de la novela, nada que ver con la infausta que hizo Volker Scholöndorff en 1990. Ante una serie que se ve con congoja, que anestesia a través de su poder visual y de su contundencia argumental, aterrador. Porque no hay que ser Einstein para ver los paralelismos de la serie con nuestro presente que la hacen aún más espeluznante. Y es que quien crea que lo que se narra en ‘El cuento de la criada’ es ciencia ficción no mira de frente a este mundo. Después de haber visto los primeros cinco episodios, se puede aventurar que estamos ante una serie que se podría equiparar a otras establecidas en el canon televisivo. Una serie tremenda y fascinante.

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