Los refugiados llegan al Camino de Santiago desde Málaga

La iniciativa despliega 35 instantáneas
La iniciativa despliega 35 instantáneas / Ana B. Fernández / Czuko Williams
  • Las fotografías de la malagueña Ana Belén Fernández y del madrileño Czuko Williams se instalan estos días en el tramo final de la vía santa

  • Tres peregrinos malagueños colocan las instantáneas de distintas crisis humanitarias en la campaña solidaria #caminaconmigo

Una niña dice hola –o adiós– con la mano asomada al hueco que deja la ventana desde el interior de un vagón de tren varado en Gevgelija (Macedonia). Un niño dice adiós –seguro, adiós– con sus ojitos negros apagándose encima de una cama de hospital en Carigara (Filipinas). No hay sangre ni lágrimas ni escorzos ni muecas, aunque en cada una de esas 35 imágenes quepa todo el dolor del mundo. Y la esperanza. Porque esta es una historia, pese a todo, de esperanza, de lo que cada uno puede hacer para cambiar el planeta. Porque el mundo cambia a fuerza de intentar que cambie.

«Pese a todo lo que han vivido, los niños siguen sonriendo». Lo resume la fotógrafa malagueña Ana Belén Fernández, que como el madrileño Czuko Williams ha conocido distintas crisis humanitarias en diferentes puntos del globo. Ambos han reunido una selección de esas instantáneas, siempre protagonizadas por niños, y se las han dado a Rafael, José María y Andrés, tres amigos malagueños que acaban de realizar el Camino de Santiago, colocando cada pocos kilómetros una de las fotografías de Fernández y Williams para que se las vayan encontrando los peregrinos y lugareños.

Y así, entre los cien kilómetros que separan Sarria de Santiago de Compostela brota un rosario de imágenes en blanco y negro, acompañadas de un pequeño texto y de un código que al escanearlo con un teléfono móvil o una tableta informática, permite conocer más detalles de la campaña #caminaconmigo que pretende concienciar sobre distintos dramas, de terremotos a migraciones masivas, de desastres naturales a odios humanos.

Justo la idea del camino, del peregrinaje buscado en unos casos e impuesto en otros, ofrece uno de los lazos que une la vía santa con el drama de los migrantes. Imágenes tomadas en Brasil, Nepal, Siria, Macedonia... «En todas aparecen niños. Cuando realizas este tipo de coberturas, crees que te acabas volviendo impermeable, pero siempre, de pronto, hay una imagen que te rompe por dentro. Y casi siempre esa imagen es la imagen de un niño», reflexiona Williams con el bagaje que le dan sus dos décadas de experiencia sobre el terreno pantanoso de esos acontecimientos.

«El objetivo principal del proyecto es dar visibilidad a la situación de esos niños», sigue Fernández. Y salta Williams: «He visto aparecer y desaparecer en la agenda de los medios muchas crisis humanitarias. Ante estas situaciones, mucha gente puede pensar: ‘Bueno, ¿pero yo qué puedo hacer? Pues creo que te podemos convencer de que puedes hacer algo. El mero hecho de compartir las historias de estas personas, de conocer por lo que están pasando, ya es un paso».

Un conocimiento que #caminaconmigo lleva al tramo final de la ruta de los peregrinos en un formato modesto, apenas un folio plastificado, unas líneas y una imagen, con el que Fernández y Williams quieren «volver a la esencia». Porque, para el fotógrafo, «mucha gente no quiere ver».

Fotografía que cierra el proyecto.

Fotografía que cierra el proyecto.

No quieren ver a cientos de miles de migrantes en el corazón de Europa, no quieren ver las similitudes con el éxodo de nuestros abuelos hace 80 años, no quieren ver a decenas de miles de niños desaparecidos y explotados en países donde reina un supuesto Estado del Bienestar. «Mientras escribes esto hay más de 150.000 niños combatiendo en guerras», ilustra Williams.

Pero no es esta una iniciativa en busca de las lágrimas, aunque las haga asomar. «No buscamos el dolor», esboza Fernández. Y comparte una vivencia estampada en dos imágenes de #caminaconmigo. Foz de Iguazú, apenas una aldea en la triple frontera entre Brasil, Argentina y Paraguay, a un tiro de piedra de uno de los lugares más turísticos del mundo se levanta un asentamiento de extrema pobreza.

Hasta allí llegó Ana Belén Fernández con su cámara. A ella le dedicó un niño una mirada de piedra. Sentado en el hueco de un neumático, observa el objetivo sin inmutarse apenas. Eso fue al principio de la jornada. Al final del día, el mismo niño, en otra foto, rodeado de amigos, sonríe. «Los niños siempre acaban sonriendo», deja caer la fotógrafa.

Porque #caminaconmigo quiere llegar, sobre todo, a la esperanza. Lo resume Williams: «Puede que cada uno seamos una pequeña pieza, pero juntando muchas pequeñas piezas se consigue construir algo. Y cuando alguien o algo lo tire, lo vuelves a construir. Y así».

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