Diario Sur

La revolución artística que se adelantó a la política

Simón Marchán, ayer junto a carteles revolucionarios expuestos en el Museo Ruso de Málaga.
Simón Marchán, ayer junto a carteles revolucionarios expuestos en el Museo Ruso de Málaga. / FRANCIS SILVA
  • El catedrático y ensayista desgrana la convivencia inicial y posterior separación entre los renovadores plásticos y los bolcheviques

  • Simón Marchán analiza en Málaga la vanguardia rusa

Desborda Simón Marchán un entusiasmo sólo a la altura de su sapiencia. Catedrático de Estética y Teoría de las Artes, autor de algunos ensayos capitales de la Historia del Arte en España de las últimas décadas, Marchán estrenaba ayer en la Colección del Museo Ruso de Málaga el ciclo &lsquoOctubre 1917. La invención del futuro&rsquo promovido junto a la Academia de Bellas Artes de San Telmo.

Y justo esa capacidad de anticiparse a los acontecimientos históricos, ese afán visionario compartido por el arte moderno de principios del siglo pasado, emerge con especial relevancia en el caso ruso. No en vano, aquella exposición ya mítica '10' en la que Malevich llegó al «punto cero» de la pintura se adelantaba dos años a la revolución que vino a proclamar el fin de la Historia tal y como se conocía hasta ese momento.

Marchán glosó ayer la «identificación emocional» que durante los primeros meses de la revolución compartieron algunos artistas de vanguardia y los bolcheviques. Al fin y al cabo, para el especialista, la rusa fue «la vanguardia artística más radical», debido, en esencia, a una circunstancia que sólo se dio en aquel inmenso país en las primeras décadas del siglo pasado: durante unos años se vivió «el espejismo de que la revolución artística y la artística eran paralelas».

«Alianza de conveniencias»

De 1917 a 1922 se prolonga esa «alianza de conveniencias» entre revolucionarios y artistas. No en vano, el propio Marchán recordaba ayer en la Colección de Museo Ruso instalada en Tabacalera las palabras de Lenin en aquella época en la que abogaba por la «buena vecindad» que debían conservar ambas parcelas por el bien de la revolución que ahora cumple un siglo.

Sin embargo, aquel matrimonio de conveniencia vivió diversas tensiones casi desde su inicio. Las resumía ayer el autor de libros como &lsquoLas vanguardias históricas y sus sombras (Espasa Calpe) y &lsquoLa estética en la cultura moderna&rsquo (Alianza): de una parte el choque entre el «ideal radical» enarbolado por los vanguardistas y la herencia cultural reivindicada por los revolucionarios en el discurso artístico para el arte trasladara sus consignas de manera accesible a todo el pueblo. De esta primera tensión se declina la segunda, más amplia y básica: «la autonomía del arte con la relación al poder político».

Así que los lazos entre vanguardia y revolución empezaron a deshacerse a partir de 1922. Los caminos se iban separando hasta convertirse en casi divergentes, con muchos artistas que había abrazado la revolución en sus primeros años marchándose al extranjero o viviendo un prolongado exilio interior. Tanto es así, que el hermetismo soviético provocaba en el territorio plástico que la vanguardia rusa llegase a Occidente más tarde que las manifestaciones análogas de otros países europeos, tal como recordaba ayer el catedrático y ensayista.

Eso sí, antes de aquel divorcio anunciado, a los vanguardistas les dio tiempo de sembrar la vasta geografía rusa de escuelas y museos provinciales que se convirtieron a la postre «en auténticas academias de arte moderno antes de que algo así sucediera en ninguna otra parte». El arte, anticipándose al futuro, también a ras de suelo.

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