Diario Sur

Javier Artero, junto a uno de los vídeos que forman parte de la exposición.
Javier Artero, junto a uno de los vídeos que forman parte de la exposición. / Paula Hérvele

Situaciones y localizaciones

  • Javier Artero, sin variar sus códigos fílmicos, da undecidido paso en pos de convertir sus imágenes enalegorías sobre distintas situaciones sociopolíticas

Nuestra situación siempre es relativa y, en muchos casos, se entiende en función o a través de los demás. Si usted lee esto en Málaga, o incluso en España, tendrá conciencia de estar en el sur, de ser-sur. Sin embargo, estrictamente, somos norte. Más aún para aquellos que viven más al sur de nuestro sur y que ven en el territorio que moramos la puerta para alcanzar un norte que suena a promesa. Sur y norte como nociones antagónicas y, consecuentemente, con simbolismos opuestos. La supuesta prosperidad que se puede representar para los que están más al sur de nosotros puede diluirse en comparación con lo que está más al norte. Este laberíntico juego de trasposiciones y relativismos en torno a nuestra localización y/o situación surge de emplazarnos, en esta exposición de Javier Artero (Melilla, 1989), entre dos pantallas con dos paisajes. Son los vídeos que conforman ‘Loops at Spool’. Acto de continuación’, estratégicamente situados en las paredes sur y norte de la galería. Es más, los vídeos son paisajes marítimos, con lo que se hace difícil al mirar al que se sitúa coincidente con el punto cardinal sur no pensar en el mar que se halla a escasos metros de la galería, justo en esa dirección. Precisamente, lo que vemos en ese vídeo es un perfil de la costa africana, concretamente del cabo Tres forcas, donde se sitúa Melilla, ciudad natal de Artero. En el vídeo que coincide con el norte, la imagen que obtenemos es la de la costa europea, con el perfil de la sierra de Mijas. Entre los dos vídeos nos situamos, quizás reeditando ese «acto de continuación» al que alude el título y que puede ser el continuo viaje que realiza el artista entre su ciudad y continente de origen y la ciudad y continente en el que ha estudiado, vive y trabaja (se formó en la Facultad de Bellas Artes de Málaga). Artero ha sabido, desde su propia experiencia y vivencias cotidianas, cuestionarse acerca de la dimensión política pasiva del individuo. Es decir, mirar su día a día detectando situaciones en las que entran en juego escenarios marcados por lo político o lo geopolítico. Algunos dirán que cada acto que firmamos es un acto, en potencia, político: nuestro comportamiento, nuestras elecciones, nuestras decisiones. Sin embargo, Artero, aunque esa determinación individual a ejercer una posición no la obvia –sobrevuela en el conjunto un canto a la resistencia, a no sucumbir a los extremos–, parece atender en mayor medida a situaciones intermedias en las que nos encontramos, casi por defecto o de forma pasiva. Justamente su situación entre dos continentes, entre dos aguas; su propia persona lo resume: europeo nacido en el continente africano, aunque en la Europa política. El suyo es un viaje eterno, un viaje reeditado en numerosos trayectos entre Melilla y Málaga y viceversa. Así se traduce en los vídeos: la imagen de la costa africana permanece continuamente bajo el despuntar del día, mientras que la costa europea está envuelta en la cálida luz del ocaso. Así permanecerán siempre en las pantallas, sin principio ni fin. Y nosotros, en medio, sin saber si partimos de una orilla u otra ni adónde llegamos.

Inevitablemente, merced a esa figurada localización que ocupamos entre ambas costas, se desliza la idea de la migración, del Mediterráneo como vía de escape. Justo en ese momento, en el que no podemos huir del pensamiento sobre la actual crisis migratoria –nuestras costas vienen siendo testigo de oleadas más antiguas, a las que han atendido artistas como Rogelio López Cuenca, Santiago Sierra, Jorge R. Dragón o Pilar Albarracín–, nos encontramos ‘varados’ en un tiempo que se alarga inexorablemente, donde la tensión de no avanzar, la amenaza de no tocar tierra y del naufragio se hacen presentes.

Más determinante de ese situarse entre dos extremos es el vídeo ‘Sin título. Una obra de posicionamiento’, deudor de los que hasta hace escasas fechas proyectó en la exposición ‘¿Qué sienten, qué piensan los artistas andaluces de ahora?’, en el sevillano Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC). Resulta especialmente interesante el modo en el que es proyectado, algo que es característico en el trabajo de Artero; es decir, los dispositivos o interfaces en los que se muestran muchos de sus vídeos adquieren o aportan sentido, no se conforma con la mera reproducción de la imagen en movimiento. Esto ocurre aquí, ya que sólo podemos visualizar óptimamente este vídeo desde el puno intermedio entre las dos costas, en esa figurada localización marítima. Y justo ahí nos enfrentamos al conflicto y tensión que despiertan dos banderas contrapuestas, una verde que indica que se permite el baño y otra roja que se prohíbe. Ambas ondean, enfrentándose como posturas y realidades antagónicas. Nosotros quedamos conminados a obedecer uno de los extremos o a resistirnos a ambos. Quizás parta esta alegoría sociopolítica de un no sentirse representado, así como del descrédito de algunas ideologías y de las posiciones maximalistas contrarias entre sí. Los extremos acaban tocándose, por no decir pareciéndose. Entonces cobra sentido el sistemático uso del palíndromo (frases que se leen igual en una u otra dirección), como el propio título de la exposición (‘Never Odd Or Even’), que se materializa en una pancarta de las que llevan las avionetas que recorren el litoral en verano, o el título de una de las videoinstalaciones, ‘Loops at Spool’. Un extremo lleva al otro. O los extremos parecen replicarse.

Si Artero ha sabido hacer de su rutina, del día a día, fuente de la que nutrir su producción, ha de destacarse cómo también ha sabido virar su trabajo desde escenarios más contemplativos a otros con contenido sociopolítico. Aunque el artista elude lo explícito, lo literal o lo panfletario, auxiliándose de metáforas y alegorías, supone dar, indudablemente, un paso decidido y tal vez trascendental para con su proyecto artístico. Pero Artero mantiene su código fílmico prácticamente inalterable, reconocible por tanto. Sigue generando imágenes tendentes a la irrealidad, aún siendo obtenidas de la mismísima realidad. Imágenes ambivalentes que se precipitan a un abismo semántico e interpretativo desde lo sugerente y susurrante. Artero sigue manipulando el tiempo de los vídeos y la propia imagen, siempre en plano fijo. Sin embargo, al principio de su carrera parecía ralentizar y expandir el ‘tempo’ como modo de sublimación, como vía para acercarse a cierta noción de ‘lo sublime’, tan cara a una estética romántica a la que propendía su obra fílmica. Ahora, acompañando a esa intención sociopolítica, el fin es otro; el extrañamiento que pueden producirnos sus vídeos nos vehicula a una suerte de suspensión, de quedar tensamente suspendidos entre los extremos. Suspendidos como el paracaídas de uno de sus vídeos, que se mantiene ingrávido sin tocar suelo, resistiendo a toda costa. He ahí una de sus certeras metáforas, una invitación a resistir.