LÍNEA DE FUGA

A MERCED

La Feria del Libro se parece cada vez más a un grupo de WhatsApp. Un invento creado para una finalidad concreta, práctica, de pura intendencia con algún ramalazo feliz, pero devenido en un asunto al que cuesta prestar atención durante tanto tiempo, algo de lo que algunos se borrarían si existiera la opción ‘Salir del grupo sin que se note’, como esas parejas mantenidas por la pura inercia de la costumbre. Porque a la Feria del Libro se le ha vuelto a poner cara de sala de cine independiente, de tienda de discos, de pequeña librería, en un alarde metafórico cenizo.

La Feria del Libro parecía remontar el vuelo desde la pista de despegue de la dársena portuaria, desde el barullo feliz traído por el fulgor de la lámina de agua marina y el horizonte despejado del muelle. Quizá la primera sorpresa del Palmeral fue la recuperación de una cita macilenta, la resurrección de un evento desnortado que encontraba en el puerto un amarre con la ciudad, la sombra y la caminata. Una nueva oportunidad para la propia existencia. El sitio también ofrecía la guarida de la extinta Sala Iniciarte para presentaciones y coloquios, la complicidad de los bares a tiro de piedra y caña, así como las diversas opciones de ocio puericultor para sumar a la caseta infantil, sostenida todo este tiempo como el verdadero corazón de la feria.

Tras un par de amagos, desde la Junta de Andalucía han decidido tirar todo eso por la borda. Resulta que hay una agencia que depende de la Consejería de Fomento que el año pasado ya intentó cobrar a los libreros un alquiler por instalarse en un espacio público. Intercedió entonces la Consejería de Cultura y el asunto quedó en el susto. Pero ahora esa misma agencia sale diciendo que las casetas han dejado el suelo hecho unos zorros y que los libreros tienen que aflojar 2.000 euros por los desperfectos. Hay quien dice que para eso están los seguros, pero el seguro dice que toda la solería del Palmeral presenta esos mismos daños y que sólo se hace cargo de su parte contratante. Y en la agencia de la Junta han visto la puerta abierta y sólo han tenido que empujar mientras se encogían de hombros, satisfechos, como quien al fin se quita de en medio un inquilino molesto por poco rentable.

Ahora la Feria del Libro se queda fuera de sitio y de calendario. Pierde el Palmeral y el puente de mayo, también el rebufo de la Noche en Blanco y queda a merced de la Plaza de la Merced, como la feria del libro de ocasión, en otro quiebro ingrato del destino, con las novedades de la industria editorial en el mismo escenario donde los libros se venden al peso, en el sentido literal de la expresión. Hace años, ante las inclemencias del Paseo del Parque, algunos libreros plantearon el traslado a la Merced, entonces surgió la opción del Palmeral y el tiempo y los datos han dado la razón a quienes apostaron por el puerto. Hasta ahora. Porque a la Feria del Libro la han desahuciado de su mejor ubicación en los últimos años por 2.000 euros. Un dato bastante ilustrativo, tanto del vigor del evento, como de la escasa sensibilidad de sus anfitriones, en particular de la llamada Consejería de Cultura.

Algunos libreros de larga tradición en la ciudad y no pocas cadenas de distribución nacionales y foráneas se han ido cayendo de la cita libresca en los últimos tiempos. Tienen sus motivos, algunos más que justificados, y esa tendencia debería mover a la reflexión de quienes se mantienen con pundonor atados al timón de la feria, aunque la nave zozobre de nuevo. A principios de junio será el momento de comprobar si la feria hace aguas lejos del mar; si la ciudad, es decir, nosotros, le damos la espalda como se la dimos a Li-Bri-Tos, a Candilejas, a Rayuela Idiomas. Porque la mera supervivencia de la Feria del Libro, con sus debilidades y mejoras pendientes, ofrece algo más hondo que un tanto por ciento de descuento y la satisfacción de alguna filia mitómana sin demasiados alardes. La Feria del Libro mantiene, al fin y al cabo, la posibilidad de relacionarse con la ciudad de otra manera, la promesa del paseo y la charla, la tentación feliz de dialogar con gente que sabe de lo que vende, aunque los hayan dejado vendidos, a merced de nuestra indolencia y nuestro olvido.

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