Diario Sur

AUGE Y CAÍDA DE LOS ROMÁNOV

En la madrugada del 16 al 17 de julio de 1918, los sótanos de la Casa del comisario Ipatiev, se tiñó de sangre, y tiñó de oprobio, al entonces recién nombrado gobierno bolchevique, con Lenin como presidente del Soviet Supremo. No en vano Lenin había declarado que una revolución no se podía hacer si no existían pelotones de fusilamiento. Y es que en ese sótano fueron fusilados doce personas, entre ellas el ex zar Nicolás II, su esposa Alejandra, sus cuatro hijas -Ólga, Tatiana, María y Anastasia-, y zarevicht Alexis, que al menos, gracias a su muerte, dejaría de sufrir aquellos ataques de hemofilia que serían, de alguna manera, los causantes del naufragio de un régimen que fundó uno de los Imperios más extensos del planeta.

El reinado del último Románov, Nicolás II (1894-1917), estuvo signado, desde su comienzo, por un ambiente de mal augurio; fueron años terribles para la Gran Rusia, donde se percibía -coinciden Paleólogo y Montefiore-, el apocalipsis inminente, pero se ejercía un hedonismo enfermizo bajo una necia autocracia coronada, y una élite, anormalmente hipnotizada, en la que el arte y la literatura, casi siempre esencias de la reflexión salvífica, estuvieron, al contrario, dominadas, en este orden, por el miedo, los opiáceos, el satanismo y una suerte de orgasmo transformador, donde se creía, cuenta Máximo Gorki, que el padrecito, esto es, el zar, «conseguiría las soluciones con solo acariciar los iconos». Sin ir más lejos, el fenómeno paroxístico en torno a Grigori Rasputín, un monje degenerado, que sin embargo acumulaba dotes taumatúrgicas innegables, sólo puede entenderse bajo este prisma de decadencia augurada incluso por el propio Rasputín, que profetizó a su mentora, la zarina Alejandra, el mismo día en que fue masacrado por Yussupov y sus secuaces: «Dentro de unos meses, San Petersburgo, su dinastía, todo el imperio, desaparecerán y se hundirán en océanos de sangre»; ningún retrato de Rasputín aparece en esta soberbia colección, pero sí, en cambio, dos bustos de mármol, uno de Alejandra -nacida Alicia de Hesse-Darmstad- y otro de Nicolás II, su enamorado esposo. A ellos se añade un lienzo del hemofílico Alexei, ejecutado con maestría por Serguei Yergórnov, y dos óleos de pinceladas evanescentes del maestro Repin: 'La boda de Nicolas y Alejandra' y el estremecedor 'Retrato del zar Nicolas II con uniforme de su Guardia Imperial', obra de dimensión generosa que preside la sala dada la capacidad de trasladarnos al detalle su impasible estulticia, y falta de mando, que le llevaron, a él y a los suyos, a un sangriento fin.

Simbología de los zares

La simbología de los zares resulta tan cambiante como la de los distintos Románov que ocuparon el trono de 1613 a 1917. Hay documentales de cine mudo en la que Nicolás, Alejandra y sus mandatarios, inundados de diamantes y medallas, celebran el IV advenimiento de la dinastía en 1913. Debe tenerse en cuenta una paradoja que instituye tanto al Museo Ruso como a nuestro Museo del Prado. Nos referimos a que la máxima encarnación de la autocracia, que en España representó como nadie Fernando VII, y en Rusia, el gigantesco Alejandro III, padre de Nicolás II, desgajarán de sus colecciones privadas preciados tesoros para ofrecerlos luego a la sociedad en su conjunto. En el caso del Museo Ruso fue Alejandro III el auténtico artífice de esta cesión, pero su prematuro fallecimiento hizo a su hijo Nicolás II rubricar, en 1895, por expreso deseo de su progenitor, el decreto de la misma. María Feodoróvna -Minny-, madre de Nicolás, y fanática del arte, ella misma pintó a su cochero, a pesar de la distancia política que posteriormente mantendría con Nicolás, agradecerá a su hijo que cediera el arte al disfrute del pueblo. En esta exposición se exhiben sendos retratos apologéticos que recomendamos, precisamente son los María Feodoróvna y de Alejandro III a cargo del inquietante Iván Kramskóy.

Debemos destacar que esta muestra se plantea como una travesía heráldica agotadora que contempla desde los antecedentes más lejanos y convulsos de los siglos XVI y XVII -Ivan IV, la época de los falsos Dimitris, la ascensión del Miguel, primer Románov y su hijo Alejo-, hasta los grandes transformadores del XVIII: Pedro I y Catalina II, sin olvidar a Isabel Petrovna, y a los zares eliminados trágicamente, Pedro III, cónyuge y víctima de Catalina II, incluso asombrosamente borrado de esta exhaustiva lista expositiva, y Pablo I, hijo de Catalina; el primero, apaleado hasta morir, el segundo, estrangulado con mal tino y cuya agonía fue espantosa. Lienzos, a nuestro parecer, ante los que deben detenerse: 'Ivan IV recibe al embajador inglés'; 'Pedro I interroga al zarevich'; diversos retratos de 'Catalina II'; 'Pablo I' de Stepan Chukin, a parte de las vajillas de porcelana, de distintas órdenes religiosas, encargadas por Catalina. Es fascinante observar la europeización de estos monarcas ilustrados a través de sus representaciones pictóricas, unos déspotas que, poco a poco, convirtieron a las élites de las grandes ciudades en compradores de la Enciclopedia y llegarán a ser visitados por Voltaire, lo que significa la culminación europeísta de los Románov.

Del XIX y vuelta a empezar

La reconstrucción del trono de Maria Fiodoróvna, mujer de Alejandro I, vencedor de Napoleón, a quién Tolstoi eleva en 'Guerra y paz', y los samovares hogareños que les servían para descansar al expansionista Nicolás I y al reformista Alejandro II, que liberó a los siervos de la gleba en 1861, aunque fuera por ucase -decreto real incontestable-, para luego ser abatido por una bomba anarquista, nos reconducen al final de una dinastía que se movió entre la contradicción rusófila, es decir, por una parte el alma eslava, y por otra, su profunda vinculación con el continente europeo, incluida España. Este fue el difícil equilibrio que mantuvo este clan que transformó un principado con fronteras semovientes en uno de los mayores imperios del mundo. Los episodios de conspiración, excesos, torturas, charlatanes, riqueza ostentosa, van aparte, y son, quizá, el peaje que hay que pagar por tamaña grandeza. Una historia que también nos permite explicar el lugar privilegiado que hoy ocupa Rusia en el mundo.

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