Diario Sur

Los Románov, una historia escrita en sangre y oro

Detalle de 'Asedio del monasterio de la Trinidad y San Sergio' (1891) de Vereschaguin.
Detalle de 'Asedio del monasterio de la Trinidad y San Sergio' (1891) de Vereschaguin. / Salvador Salas
  • La nueva exposición anual de la delegación se asoma a la truculenta historia de la familia que gobernó el imperio durante tres siglos

  • La dinastía de zares se instala en Tabacalera en pleno centenario de la revolución bolchevique

Algunas obras de arte guardan el poder de convertirse en metáforas. Porque ese joven de ojos claros, barba peinada al milímetro y uniforme militar condecorado reinaba sobre la sexta parte de la superficie del planeta y, sin embargo, una bolsa de tela del pantalón cae por encima de las botas altas de montar, los hombros de la chaqueta se descuelgan y las solapas apenas ciñen el pecho. El traje le queda grande. Quizá, también, el cargo. Zar. El último, a la postre, de los Románov, la saga que había comandado con mano de hierro aquella tierra indómita durante los últimos tres siglos. Pero ahí está Nicolás II, con ojos tristes, ausentes, quizá intuyendo el cruento final de su destino: morir fusilado en su sótano junto a su mujer y sus cinco hijos a manos de los bolcheviques.

Y justo cuando se cumple el centenario de aquella revolución de octubre, la Colección del Museo Ruso dedica su nueva exposición anual a la saga de los Románov, la familia que hizo de Rusia un imperio a sangre y fuego, la dinastía de regentes depravados y exquisitos que encontró su final en Nicolás II, último emperador ruso, décimo cuarto Románov en el trono, el único derrocado por una revuelta popular.

«Hoy (por ayer) hace justo 404 años que la dinastía Románov empezó a reinar el Rusia», adelantaba ayer el director del Museo de Arte Ruso de San Petersburgo, Vladimir Gusev, quien además deslizó que el año próximo la filial acogerá una exposición sobre el realismo socialista. Antes de eso, Tabacalera acoge durante un año el proyecto de mayores dimensiones ofrecido por el Museo Ruso de Málaga en su breve historia: una selección de 247 piezas entre pinturas, esculturas, mobiliario y utensilios domésticos que trazan una panorámica de la poderosa familia de zares.

«Entendemos que la historia de Rusia es muy complicada, pero pensamos que el dramatismo de esta historia podría ser interesante para el público extranjero», sostenía ayer la directora artística del Museo Estatal de Arte Ruso de San Petersburgo, Evgenia Petrova, en la presentación de 'La dinastía Románov'. Y quizá debido a esa complejidad, pero también a la extraordinaria cantidad de curiosidades que podrían aligerar el amplio relato planteado en esta exposición, se echa de menos un mayor protagonismo de elementos didácticos durante el largo paseo que ofrece la muestra.

Cada cuadro, una historia

Porque las ramas retorcidas de ese árbol genealógico de conquistadores y sátrapas quedan ilustradas aquí en modestos paneles explicativos a la entrada de las salas. No hay audiovisuales ni mapas ni gráficos ni elementos interactivos ni dispositivos que agilicen y hagan más atractiva la aproximación una familia que ejerció entre los suyos la misma justicia que aplicó con frecuenta a súbditos y enemigos.

En pocas ocasiones como en esta se encontrará el Museo Ruso tanto material que dé tanto juego para estos discursos de «mediación» destinados a acercar sus propuestas al público. Porque, en palabras de la propia Petrova, en esta exposición «cada cuadro es una historia que hay que contar o leer». Y aquí, a falta de la audioguía, toca leer.

Leer, por ejemplo, la primera cartela que sale al paso en la sala inaugural para comprobar que quien ahí posa es Iván el Terrible con el cadáver de su hijo que él mismo había asesinado. 'Asedio al monasterio de la Trinidad y San Jorge' (1891) a cargo de Vasily Vereschaguin, el formato imponente de 'Escarnio del cadáver de Ivan Miloslavski' (1911) de Gavril Gorelov, el 'Retrato de Catalina II' de autor desconocido y la semblanza de Nicolás II (1896) a cargo de I. E. Repin ofrecen algunos de los momentos más destacados del paseo.

Un extenso recorrido aderezado con objetos como las cuatro vajillas de porcelana repartidas en varios puntos de la muestra, la lujosa butaca de apretado dorado donde reposó la emperatriz María Fiódorovna en el Palacio de Invierno o la máscara mortuoria en bronce de Pedro I el Grande. El mismo que mira con desprecio a su hijo en el cuadro 'Pedro I interroga al zarévich Alexis en Peterhof' (1872), de Nikolai Gue. Tras la cita, ante las evidencias de sedición, el emperador que trasladó la capital de Moscú a San Petersburgo para abrir «una ventana hacia Europa»; el modernizador amante de la arquitectura, el arte y la ingeniería, mandó asesinar a su hijo.

Porque un Románov, como César, no paga a traidores.