La familia que hizo de Rusia un imperio

‘Retrato del Gran Duque Pablo Petrovich con un paje negro’ (1765), incluido en la exposición del Museo Ruso.
‘Retrato del Gran Duque Pablo Petrovich con un paje negro’ (1765), incluido en la exposición del Museo Ruso. / Sur
  • El Museo Ruso estrenará el martes una amplia exposición sobre la dinastía Románov, que gobernó el país durante más de tres siglos

‘No se puede entender a Rusia con la razón. No se puede medir en yardas. Tiene un carácter especial. En Rusia sólo se puede creer’. Las palabras del poeta Fiódor Tiútchev abren ‘Los Románov. Esplendor y ocaso de una dinastía’, el documental dirigido por Eva Gerberding y André Schäfer que pasa revista a la truculenta y apasionante historia de la familia que comandó Rusia durante más de tres siglos hasta convertir un rosario de comunidades rurales en un vasto imperio. De Rasputín a Catalina la Grande, de Iván el Terrible a Lenin. Son algunos de los actos que desfilan en el relato de una saga que a partir del martes protagonizará la que, hasta la fecha, es la mayor exposición ofrecida en Málaga por la Colección del Museo Ruso.

Un conjunto de 248 piezas ha viajado más de cuatro mil kilómetros para llegar a los pabellones de Tabacalera desde el Museo Estatal de Arte Ruso de San Petersburgo, justo la ciudad convertida en capital imperial por Pedro I ‘El Grande’, uno de los miembros más destacados de la familia que ha pasado al imaginario colectivo como sinónimo de lujo, poder e intrigas palaciegas.

«Los Románov se han convertido en la definición misma no sólo de dinastía y magnificencia, sino también de despotismo, hasta el punto de construir una parábola de la locura y la arrogancia del poder absoluto. Ninguna otra dinastía, excepto la de los Césares romanos, ocupa un lugar semejante en la imaginación de la gente y en la cultura popular», sostiene Simon Sebag Montefiore en ‘Los Románov (1613-1918)’ (Crítica), su libro sobre la saga.

Retrato de Rasputín

Retrato de Rasputín / Sur

El historiador británico dedica casi un millar de páginas a relatar la alta política y las bajas pasiones de una familia cuyo papel fundamental en la Historia no sólo de su país queda ilustrado en las primeras líneas del volumen: «Veinte monarcas de la dinastía Románov reinaron durante 304 años, desde 1613 hasta el derrocamiento de la monarquía zarista por la revolución de 1917. A los cronistas románticos de la tragedia del último zar les gusta decir que la familia estaba maldita, recrearse en su sino fatal, pero en realidad los Románov fueron los constructores de imperios que tuvieron un éxito más espectacular desde los tiempos de los mongoles».

Y para ilustrar su tesis, Sebag Montefiore brinda algunos datos ilustrativos. Bajo el dominio de los Románov, el imperio ruso creció 142 metros cuadrados al día; es decir, casi 52.000 kilómetros cuadrados al año. «A finales del siglo XIX dominaban una sexta parte de la superficie de la Tierra», remacha el historiador, que unas líneas más arriba deslizaba el cruento final del último Románov, Nicolás II, fusilado junto a su mujer y sus cinco hijos a manos de los bolcheviques.

Pero Nicolás II fue, a lo largo de más de tres siglos, el único Románov derrocado por una revuelta popular. El detalle da cuenta del férreo poder sostenido por la dinastía a lo largo del tiempo, a través de matrimonios, alianzas y una encarnizada dominación que a menudo se aplicaron entre sí los miembros de la misma familia. «Los Románov viven en un mundo de rivalidad familiar, de ambición imperial, de esplendor escandaloso, de excesos sexuales y de sadismo depravado (…) Pero también es un imperio construido por conquistadores de corazón de piedra que se adueñaron de Siberia y de Ucrania, que tomaron Berlín y París, un imperio que produjo a Pushkin, a Tolstoi, a Tchaikovski y a Dostoyevski; una civilización de una cultura eminente y de una belleza exquisita», continúa Sebag Montefiore.

Pedro y Catalina

El historiador encuentra dos ejemplos de esa dicotomía en las dos figuras más eminentes de la saga: Pedro I y su nieta Catalina II. Ambos se ganaron el apodo de ‘Grande’, ambos compartieron el afán por abrir su país a Europa y ambos se erigen como los grandes modernizadores de un imperio creado por el primero y llevado por la segunda a una de sus mayores cotas de grandeza.

«Resulta imposible comprender a Pedro el Grande sin estudiar tanto sus enanos desnudos y a sus popes de mentirijillas blandiendo consoladores como sus reformas gubernamentales y su política exterior. (…) Así pues, un estudioso de la historia de los Románov debe analizar no sólo los decretos oficiales y las estadísticas de producción de acero, sino también los líos amorosos de Catalina la Grande y la lascivia mística de Rasputín», sostiene el también autor de libros como ‘La corte del zar rojo’ y ‘Llamadme Stalin’.

La historiadora Irina Scherbakowa brinda una imagen casi a modo de metáfora de los Románov: «A menudo son igual que un tango, dan un paso hacia adelante, incluso de manera decidida, y después dos hacia atrás». Ahora, empieza el baile en los pabellones de Tabacalera.

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