Diario Sur

Beatriz Ros sale de caza en Yusto/Giner

Beatriz Ros, junto a la proyección ‘No quiero saber si el color rojo es antes o después..
Beatriz Ros, junto a la proyección ‘No quiero saber si el color rojo es antes o después.. / Josele-Lanza -
  • La joven creadora malagueña cuaja un sólido proyecto artístico en la galería de Marbella

  • La fragilidad y la violencia se dan la mano en una exposición que combina diferentes soportes y que confirma la trayectoria ascendente de Ros

Un montoncito de azufre, otro de sal y otro de carbón vegetal. Cada uno descansa en un sobre abierto de latón, inofensivo. Aunque la carta anuncia un remitente, un destino, inquietante: ‘Casi pólvora’. Porque sólo hace falta un montoncito de azufre, otro de sal y otro de carbón vegetal para elaborar el explosivo. Un arma. Porque si no se manejan las proporciones adecuadas –o sí, depende de lo que cada cual busque– la delicadeza torna en violencia. Pasa lo mismo con las palabras. Ahí está la expresión: violencia verbal. Y así la delicadeza y la violencia se aprietan como dos labios en cada pieza de ‘La boca’, el subyugante proyecto artístico que Beatriz Ros ha cuajado en la Galería Yusto/Giner.

La boca es la frontera, la puerta, entre fuera y dentro del cuerpo. La boca es donde el verbo se hace carne y viceversa. La boca es la idea, la imagen, de la que parte Beatriz Ros (Málaga, 1984) para elaborar una muestra donde el vídeo, la instalación, la escultura y la estampación abren diferentes caminos hacia algunas dualidades: el hombre como animal, la ambivalente dicotomía entre cazador y presa, la vida y la muerte, la sensualidad y la furia. «Siempre somos una presa para el otro», resume la autora. Y aquí hemos venido a cazar. O a ser cazados, ya veremos.

Fragmento del vídeo ‘Porque te espero vuelo de ave’.

Fragmento del vídeo ‘Porque te espero vuelo de ave’. / Josele-Lanza -

Porque Beatriz Ros toma aquí los elementos de la caza como material artístico, casi lírico –conviene no olvidar la obra poética de Ros– para componer sus obras a modo de metáforas visuales. El latón del que se hacen las balas actúa también de soporte para las impresiones de ‘La herida de un cuchillo hermoso’ y ‘Sujetos a verbos infinitos’. Esta última serie presenta distintas cornamentas de un ciervo, desde la que ofrece sólo una punta hasta la coronada como la rama de un árbol. Y la imagen bien podría servir para ilustrar la propia trayectoria de Ros, que en ‘La boca’ suma nudos, puntas, desde proyectos anteriores como ‘Mi vida nunca’ (2016, junto a Violeta Niebla), ‘Heartself’ (2014) y ‘En paralelo’ (2012).

Así el ciervo se convierte al cabo en ‘alter ego’ de la propia Ros. Ocurre de manera casi literal –todo lo literal que pueda ser una propuesta de Ros– en la instalación ‘Adiós’, donde el proyector ofrece la imagen de un ciervo dorado cuyo ojo (el de Ros) parpadea para lanzar un mensaje en código morse. Un verso extraído del poema ‘Pasión de la Tierra’ de Vicente Aleixandre: «Si la sangre tuviera ojos, las pestañas más lentas abanicarían la ida. Adiós».

El verdugo y la presa

La sangre que parece teñir las cintas rojas tensadas delante de la pantalla. Un tendedero hemofílico, una línea de meta coagulada con palabras bordadas. Una frase: ‘Ahí hay un hombre que dice ¡ay’. El ejercicio escolar para aprender ortografía surge aquí como un juego de relaciones, de espejos, en la pieza ‘Ars memoriae’, sostenida por cornamentas de ciervos. «Quería recordar el acto de mirar como presa pero también como verdugo», desliza Ros frente a la obra que tiende puentes con el vídeo ‘Mi pecho es un bosque de flechas’ incluido en ‘Heartself’ y expuesto en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Málaga hace casi tres años.

Porque la poética visual de Ros sigue brillando con especial intensidad en el vídeo. La muestra inaugurada ayer ofrece cuatro ejemplos contundentes. Dos dípticos junto a la instalación anterior que preside la sala principal. En el primero Ros maneja una piedra negra como un tahúr, la roca oscura como una metáfora (otra) de la palabra, como un coágulo, un tumor. Al lado, plumas, también negras. Y suenan pájaros. Y disparos.

Ros tumbada como animal herido por una flecha sobre un campo violeta en otro vídeo de ‘La boca’. Y frente a la pantalla, una vitrina con diez puntas elaboradas con vidrio de pantalla de televisión. «Eso que nos refleja y que nos hiere». No hay casualidades en la obra de Ros, cuyas puntas reproducen vestigios del Paleolítico: nueve encontrados en cuerpos de animales y uno, en el interior de un humano. Cuando la caza se convirtió en homicidio.

Ros envuelta y desenvuelta en raso rojo en otro vídeo: ‘El orden de los labios’, la parada más sensual de ‘La boca’, que requiere su intimidad, su habitación oscura separada del resto por una tela opaca. Pero mejor no confiarse. Espera otra pieza. ‘Prueba de acción’. Dos cornamentas enfrentadas, en combate. Y dos espejos negros. De un lado y de otro. Ambos reflejan tu rostro. Porque eres el cazador. Y la presa.