Diario Sur

La vanguardia cabía en un palmo

Tras un almuerzo en el bar La Paloma de Pedregalejo en 1987, Juan Béjar, Antonio Jiménez, José Manuel Cabra de  Luna, Nina Salcines, Vicente Seguí, Enrique Brinkmann,  José Díaz Oliva, Dámaso Ruano, Alfonso Serrano, Stefan von  Reiswitz, Manuel Barbadillo y Antonio Abad  dieron por zanjado el Colectivo Palmo.
Tras un almuerzo en el bar La Paloma de Pedregalejo en 1987, Juan Béjar, Antonio Jiménez, José Manuel Cabra de Luna, Nina Salcines, Vicente Seguí, Enrique Brinkmann, José Díaz Oliva, Dámaso Ruano, Alfonso Serrano, Stefan von Reiswitz, Manuel Barbadillo y Antonio Abad dieron por zanjado el Colectivo Palmo. / SUR
  • Se cumplen tres décadas de la disolución del colectivo que capitaneó el tránsito hacia la modernidad de las artes plásticas en Málaga

La ciudad, para ellos, para quienes miraban y sentían como ellos, era un estanque. Una balsa parada, demasiado mansa, indiferente. Y ellos se unieron para lanzar sobre aquella lámina impasible una piedra. No con violencia. Con decisión. Y el rumor de aquellas ondas sigue sonando hoy en la historia reciente de la ciudad. Empezaron un grupo de catorce artistas. Luego llegaron más, muchos más, no sólo artistas, para demostrar que la vanguardia estaba aquí, al alcance de la mano, porque cabía en un palmo.

El Colectivo Palmo surge como un elemento indispensable a la hora de entender el tránsito hacia la modernidad de las artes plásticas en Málaga del último medio siglo. Nacido de manera formal el 1 de febrero de 1979, el grupo mantuvo el pulso de su labor didáctica y cultural hasta finales de 1987. Se cumplen, por tanto, tres décadas de la despedida de Palmo, en buena medida simiente del actual escenario artístico que vive la ciudad.

Detalle del homenaje a Duchamp promovido por Palmo.

Detalle del homenaje a Duchamp promovido por Palmo.

«Málaga en la década de los 70 y 80 vivía el sueño de los justos, trasnochada, obsoleta en artes plásticas. Aquella ciudad del paraíso en cultura dejaba mucho que desear. Había un grupo de artistas que sufríamos en carne propia esas carencias y apatías. Nos teníamos que ir fuera. Pero había algo que perseguíamos todos, de la mano de Dámaso Ruano y Jorge Lindell, que hacían murales para la caja de ahorros, en un pequeño bar de la plaza del Teatro, La Viña, fuimos citando y aglutinando para dar forma a un proyecto donde tuviéramos cierta autonomía para vender por nuestra cuenta y por hacer algo por esta Málaga», rememora el artista Juan Béjar, uno de los fundadores de Palmo.

Fueron Juan Béjar, Manuel Barbadillo, Enrique Brinkmann, Pepa Caballero, José Díaz Oliva, José Faria, Ramón Gil, Antonio Jiménez, Jesús Martínez Labrador, Jorge Lindell, Pedro Maruna, José Miralles, Stefan von Reiswitz y Dámaso Ruano. Ellos pusieron en marcha Palmo, cuyo nombre aludía, como recuerda el propio Béjar, «a una mano abierta a todos, con los dedos extendidos como unidad medida, inspirado en el Grupo El Paso».

Toma la palabra Enrique Brinkmann, autor de la metáfora de las primeras líneas sobre la piedra y el estanque: «Palmo supuso bastante, porque las personas que nos dedicamos a la creatividad de vez en cuando debemos juntarnos para hacer que las cosas se muevan. Eso siempre es bueno». Brinkmann incide, además, en que Palmo «no fue sólo un grupo de pintores, sino que congregó a gente muy diversa».

Díaz Oliva, en una inauguración de Palmo a ras de suelo.

Díaz Oliva, en una inauguración de Palmo a ras de suelo.

Así, el Colectivo Palmo encontró su primera sede. «Llevados por Pedro Maruna, Paco Puche nos dejó un piso que tenía encima de su librería, Proteo. Nos entrampamos con la caja de ahorros para reformarlo y pudimos inaugurar nuestra primera exposición a modo de presentación». Era el 1 de febrero de 1979. Y junto a la labor expositiva, Palmo lanzaba su otra gran baza: la función didáctica a través de un taller de grabado con su propio tórculo, que abría la puerta del pequeño coleccionismo de arte actual en Málaga.

La labor autogestionada

Porque Palmo siempre quiso ser independiente y para eso necesitaba autonomía económica. La encontró en un sistema de suscripciones que permitía a los abonados obtener varias obras gráficas a lo largo del año. «En otro día vi una de esas obras en la consulta de mi dentista. Después de tanto tiempo, es bonito comprobar que aquella labor sigue presente», comparte Emelina Fernández, directora del colectivo y actual presidenta del Consejo Audiovisual de Andalucía, que añade: «El objetivo era sacar de cierto ostracismo al mundo de la cultura y, sobre todo, a un grupo de pintores que no tenían en las redes comerciales todo el desarrollo de debían tener. Fueron años de una extraordinaria riqueza intelectual. Era abrir una ventana muy nueva y muy fresca, sobre todo para aquellos años».

Años en los que Palmo ya reclamaba el antiguo mercado de abastos como sede de un museo de arte contemporáneo (hoy es la sede del CAC Málaga), años en los que cada inauguración era «un hervidero», en los que la ciudad conoció de primera mano la obra de autores como Ginovart, Hernández Pijuan, Tàpies, Pérez Villalta, Sempere, Gordillo...

«Palmo se convirtió en un notable promotor cultural en Málaga, no sólo de los artistas que formaban parte del colectivo, sino de una propuesta mucho más amplia, siempre con un importante componente didáctico», sostiene Rosario Camacho, catedrática de Historia del Arte de la Universidad de Málaga (UMA) y suscriptora de Palmo en aquellos años. «Eran los artistas que constituían la modernidad en Málaga y, al mismo tiempo, realizaron una labor cultural muy fructífera en aquellos años», acompaña Camacho.

Traslado a Alcazabilla

En 1984, el colectivo se trasladaba a un local en la esquina entre las calles Alcazabilla y Marquesa de Moya, frente al Teatro Romano. Palmo vivía una «segunda etapa de la mano de poetas, escritores y otros artistas», como detalla Juan Béjar, quien cita a Juvenal Soto, Alfonso Serrano, Vicente y José Seguí, Eugenio Carmona, Elena Laverón, José Manuel Cabra de Luna, Juan Manuel Calvo, Francisco Peinado.

«Visto desde una perspectiva de las personas que lo integraron, fue un acto de generosidad plural. En la ciudad no había galerías para esos artistas y, consecuentemente, tampoco había, no ya coleccionistas, sino gente que comprase, aunque esporádicamente, alguna obra. Si las obras se exponían, eso cumpliría la función de educar la mirada y poner a disposición del público comprador potencial los cuadros y esculturas. No era el colectivo quien vendía, sino los propios artistas», ofrece Cabra de Luna.

Y tan importante -o más- que saber llegar, es saber marcharse. Lo resume Cabra de Luna: «Los artistas del colectivo, cuando la cosa fue cayendo en la parece que irremediable burocracia y cuando las conversaciones sobre arte fueron superadas por aquellas otras en las que lo que se hablaba era de cómo administrarlo, tuvo el buen gusto y la valentía de decir 'hasta aquí hemos llegado' y en una divertida sesión redactamos un manifiesto de cierre. Recuerdo vivamente como el circunspecto Manolo Barbadillo fue uno de los que más baza metió. Ese manifiesto se leyó con honores en las playas de El Palo y su lectura fue acompañada de buen vino y espetos de sardinas».

Aquel día el mar estaba en calma. Como un estanque.

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