Diario Sur

Málaga recupera su gran museo

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La inauguración oficial del Museo de Málaga congregó a mediodía de ayer a más de 300 invitados. / Foto: Salvador Salas | Vídeo: Pedro J. Quero

  • La Aduana abre sus puertas como sede de las colecciones provinciales de Arqueología y Bellas Artes

  • Más de 300 invitados acuden a la inauguración oficial de una institución que ha mantenido sus fondos almacenados durante dos décadas

  • Por primera vez en un siglo de historia, los amplios fondos provinciales pueden verse expuestos en la misma sede

Lourdes recogía firmas en la puerta de la cafetería de la Facultad de Filosofía y Letras mientras Juan iba liando a familiares y amigos para que acudieran a las manifestaciones. Los dos fueron a la primera, aquel 12 de diciembre de 1997. Por entonces ya eran novios, estudiantes y activistas de aquel movimiento ciudadano unido bajo el grito ‘La Aduana para Málaga’. Han pasado justo 19 años desde aquella primera concentración, Lourdes y Juan fueron a las otras tres movilizaciones, se casaron, tuvieron dos hijos, labraron una familia y dos carreras profesionales... Y ayer, casi dos décadas después de aquella foto que aún buscan a las puertas de la Aduana, con las pancartas al aire y el entusiasmo intacto, los dos miraban desde sus respectivas obligaciones diarias, por el rabillo del ojo y de la pantalla, cómo se inauguraba el Museo de Málaga, cómo aquel sueño se convertía en realidad.

Lourdes y Juan son los protagonistas de su pequeña historia personal. Pero como ellos hay cientos, miles. Dos generaciones de malagueños que ayer sintieron que se cerraba un círculo, una herida, con la apertura del museo provincial en el edificio civil más importante de la ciudad. Porque historias como la de Lourdes y Juan sirven para dar cuenta de la raigambre de un museo que durante dos décadas ha tenido almacenadas sus extraordinarias colecciones de Arqueología y Bellas Artes. Unos fondos que superan las 17.000 piezas que van desde los neandertales hasta la nueva figuración de los años 80; desde el esplendor de la Malaka fenicia y hasta la Generación del 50; desde las piletas de ‘garum’ romano a sólo unos metros de la Aduana hasta la irreverencia lúdica y festiva que fue el colectivo Agustín Parejo School.

Porque ayer Málaga se reencontraba con su extraordinario legado artístico y patrimonial. La ciudad que acunó al artista más importante de los últimos cuatro siglos y que dejó pasar hasta 15 años después de su muerte para poner en pie su Casa Natal; que luego empleó otros 15 años en darle vuelo internacional a ese vínculo con el Museo Picasso Málaga (2003); la ciudad que abrió la puerta de la contemporaneidad ya metido el siglo XXI (CAC Málaga, 2003); que sedujo a una de las principales coleccionistas en pintura del XIX (Museo Carmen Thyssen, 2011) mientras su pintura del XIX permanecía metida en cajas; la ciudad que instaló las primeras filiales del Centro Georges Pompidou y del Museo Estatal de Arte Ruso de San Petersburgo (2015)... Esa ciudad que encuentra motivos para presumir de presente y de futuro en su oferta museística –que congrega a más de dos millones de visitantes al año– ya puede desde hoy asomarse también con orgullo a su pasado.

Sin prolegómenos

Quizá por eso, por la extraordinaria carga histórica y sentimental, simbólica e identitaria, que trae consigo el Museo de Málaga instalado en el palacio de la Aduana, sorprendió ayer la frialdad del acto institucional de su inauguración. Ni un sólo elemento externo avisó en los días previos, a pie de calle, de la apertura del museo por el que miles de malagueños tomaron las aceras hasta en cuatro ocasiones. Ni banderolas, ni carpas ni expositores como los que a cada poco trufan la calle Larios y la plaza de la Marina, por citar sus escenarios predilectos. Ni la socorrida alfombra roja ni pasacalles ni nada en Alcazabilla, ajena a lo que se celebraba sólo unos metros más abajo.

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El museo que se ganó en la calle quedó ayer al margen de la calle. Apenas unos pocos curiosos se arremolinaban a las puertas de la Aduana, preguntando qué pasaba allí. Y allí, en el patio interior del palacio, la emoción la pusieron algunos de los 300 invitados al acto; en particular, los que participaron de aquella comisión ciudadana que catalizó la reivindicación cívica que trajo el museo que hoy abre sus puertas al público. Hubo un conato de reproducir el grito de guerra cultural de aquella lucha: ‘Veo, veo, veo... La Aduana de museo’. Pero, no cuajó. No era el día.

Era el día para que los primeros invitados, organizados en grupos de varias decenas, conocieran el contenido del museo. Las 2.700 obras repartidas desde el almacén visitable del piso inferior hasta la sección de Arqueología de la segunda planta del palacio de Cortina del Muelle. Un inmueble que fue delegación del Gobierno en Málaga, oscura cárcel franquista, calabozo de Frank Sinatra una noche de septiembre de 1964 y comisaría de Policía hasta hace apenas una década.

Ahora, la Aduana luce como sede del Museo de Málaga, que por primera vez en sus cien años de historia reúne en una misma sede sus colecciones de Arqueología y Bellas Artes. El palacio ha vivido durante los últimos siete años una profunda transformación en la que el Estado ha invertido 40 millones de euros. A esa partida se añaden los 3,2 millones de euros que la Junta de Andalucía –encargada de gestionar el museo de titularidad estatal– ha destinado en el último lustro a la recuperación y conservación de obras de arte, sobre todo.

Los representantes de ambas administraciones, la estatal y la regional, fueron los únicos en tomar la palabra en el acto de ayer. Sólo la directora del museo, María Morente, actuó antes de anfitriona para dar la bienvenida y a continuación ofrecer la palabra al ministro de Educación, Cultura y Deporte, Íñigo Méndez de Vigo. El ministro glosó la oferta museística de la ciudad, citando espacios como el Museo Picasso Málaga, la Casa Natal, el CAC, La Térmica o el Centro Pompidou Málaga, a cuya inauguración el 28 de marzo de 2015 sí acudió el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ausente ayer en el estreno institucional del Museo de Málaga.

«Hoy es un día importante para Málaga y toda Andalucía; esta inauguración es un acontecimiento muy esperado. Es una de las pinacotecas más importantes de España y Europa», sostuvo por su parte la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, en el acto que también contó con la presencia de dos altos cargos del ministerio recién nombrados: el nuevo Secretario de Estado de Cultura, Fernando Benzo, y el nuevo director general de Bellas Artes, Luis Lafuente.

La nota musical

Tras los discursos, un cuarteto de cuerda de la Joven Orquesta Provincial de Málaga interpretó el ‘Andante’ de Eduardo Ocón, hermano, tal y como recordó la directora del Museo de Málaga, de Emilio Ocón, autor de ‘La última ola’ (1893), una de las piezas más relevantes en la primera planta del museo.

Allí, en la sección de Bellas Artes, los visitantes iban desfilando por grupos desde las piezas de arte sacro que abren el paseo hasta las salas dedicadas a Bernardo Ferrándiz, Antonio Muñoz Degrain, José Nogales y Enrique Simonet para desembocar luego en las escenas vanguardistas de José Moreno Villa, la Generación del 50 (Enrique Brinkmann, Eugenio Chicano, Francisco Peinado, Juan Béjar y el recordado Gabriel Alberca, entre otros) y concluir en aquella festiva figuración de los años 80 de la mano de Gabriel Padilla, Carlos Durán y Diego Santos.

Al pie de las monumentales escaleras interiores esperaban las matronas sedentes, esculpidas con mármol de Mijas en el siglo II. El conjunto daba paso a la sección de Arqueología. Ahí los restos de neandertales hallados en la Cueva de Zafarraya, el impresionante mural romano de 38 metros cuadrados descubierto hace 60 años bajo una casa de Cártama, la tumba del guerrero griego emergida entre las calles Refino y Jinetes, las vasijas y medallones de la Trayamar fenicia...

Todo ese legado histórico y artístico ya espera en la Aduana. El palacio ganado en las aceras por gente como Lourdes y Juan, por cientos, por miles de malagueños; el lugar que hoy, dos décadas después, abre sus puertas al público, ese que lo pidió –y lo logró– a pie de calle.