Diario Sur

La biblioteca

La biblioteca
/ Sr. García .
  • Tengo la costumbre de visitar las bibliotecas y los cementerios de las poblaciones que visito, una manía como otra cualquiera

Algunos días monto en el coche y conduzco sin rumbo fijo por carreteras secundarias hasta encontrar un lugar que me llama la atención. El pasado jueves iba conduciendo cuando sobrevino una niebla intensa que me impedía distinguir lo que tenía delante. Decidí aprovechar la oportunidad para visitar un pueblo que se hallaba a pocos kilómetros y que desde hacía tiempo deseaba conocer. Una de esas visitas deseadas que por un motivo u otro se va aplazando el encuentro. Me sucede con Itaca. He viajado a Grecia con la intención de conocer la patria de Ulises, pero siempre que llego al puerto del Pireo surge algo que me desvía hacia otro destino. El otro día conseguí llegar a uno de estos lugares que se hacen esperar.

Nada más aparcar el coche, pasó algo absolutamente inédito. Me crucé con un hombre y le pregunté dónde estaba la biblioteca pública. Se quedó pensando un rato, mirando a un lado y a otro como si intentara recordar, hasta que hizo un movimiento negativo con la cabeza y me aconsejó preguntar en el ayuntamiento. Me señaló la dirección que tenía que tomar y después se perdió en la niebla. Tengo la costumbre de visitar las bibliotecas y los cementerios de las poblaciones que visito, una manía como otra cualquiera. Me gustan los sitios tranquilos. Obedecí la señal del hombre despistado y atravesé el pueblo sin ver ningún ayuntamiento, biblioteca, ni cementerio. Lo achaqué a la niebla. Me crucé con otro hombre y lo primero que hice fue saludarlo y preguntar por la biblioteca. Me miró sin decir nada, como si yo fuera un bicho raro. Luego pregunté por el ayuntamiento y se disculpó afirmando que estaba de paso. No sé por qué mintió. Estoy convencido de que no sólo había nacido en el pueblo sino que apenas había salido de él.

Me extrañó las pocas personas que había en la calle. Los bares estaban cerrados. Después de dar varias vueltas, me asomé al interior de una casa con la puerta abierta y descubrí a tres hombres jugando al dominó. Les pregunté por el ayuntamiento y uno de ellos me contestó que sí, que aquello era el ayuntamiento, y que sí deseaba algo. Dije que estaba buscando la biblioteca y se quedó mirando al techo como si la biblioteca estuviera en el piso de arriba. Me despedí y ellos siguieron jugando. La niebla me impedía ver los nombres de las calles. Me sentí solo en un lugar vacío, muerto, sin cementerio, sin nadie salvo los fantasmas que surgían de la niebla. De pronto, vi una niña salir de casa. Le pregunté por la biblioteca y señaló la puerta por la que acababa de salir. Le di las gracias y entré en la biblioteca con el temor de haber caído en la trampa.