Diario Sur

Cohen inmortal

 Fotografía de archivo de Cohen durante su visita a la casa natal de Federico Garcia Lorca. :: efe
Fotografía de archivo de Cohen durante su visita a la casa natal de Federico Garcia Lorca. :: efe

Cuando muere un mito siempre sobreviene la necesidad de despedirte, de rendir luto a una muerte que te deja un nuevo y enorme vacío. Es algo que sólo ocurre con tus ídolos, con esos que te han acompañado durante tantos años, con los que has aprendido tanto. Pertenezco a una generación que le robaba a sus padres los primeros discos de Leonard Cohen, los agarró como una incalculable herencia y que luego grabó sus propios recuerdos en canciones que para entonces ya estaban cargadas de memoria de los demás. A Leonard Cohen se le ha adorado como a un crucifijo. Hemos acogido sus fraseos lentos y unas letras que tardábamos horas en traducir, dichas en una voz que ha mutado con el tiempo, unas cuerdas vocales ajadas por el paso de la naturaleza, los tragos y los humos de varios espesores. Leonard Cohen ha supuesto para muchos el más genuino descubrimiento de la poesía y de la música. Pocas veces una mirada atrás pudo resultar tan reconfortante.

Tomó Manhattan, Berlín, Nueva York, Granada. 82 años, todos ellos amortizados y vividos intensamente. Una estafa de su representante y amante ocasional detonó el glorioso relanzamiento de su carrera. Se despidió de nosotros. Fuimos testigos de una gira sobrehumana que duró casi cinco años, con Cohen exprimiendo sus fuerzas para ofrecer un espectáculo imborrable, con Él clavando su rodilla en el suelo ante su público. La elegancia más pura de hombre sabio y experto, que ya tenía 33 años cuando publicó 'Songs of Leonard Cohen', el primero de una de las mejores trilogías que jamás se han hecho. Aquel primer disco ya contenía dos temas de éxito sobre dos mujeres importantes en su vida, 'Suzanne', la madre de sus hijos, y 'So long, Marianne'. Con la noruega, «la mujer más perfecta», vivió una de las historias de amor más hermosas en Hidra (Grecia) a partir del año 1960. Hace poco, Leonard se despidió de ella con una carta ya famosa. «Hemos llegado a este momento en el que somos tan viejos que nuestros cuerpos se caen a pedazos. Creo que te seguiré muy pronto, y ahora estoy tan cerca que si extiendes tu mano podrás tocar la mía». Dos días antes de morir, Marianne leyó la carta y extendió su mano, en uno de tantos milagros que han sido capaces de obrar las letras y las melodías de Leonard Cohen.

Hubo muchas mujeres. En su primera época Cohen ya nos contaba historias como la de 'Famous blue raincoat', una canción que dedica al amante de su mujer: «Trataste a mi mujer como otra escama más de tu vida, y cuando volvió ya no era la mujer de nadie». A mediados de los 70, su época más oscura en la que sólo Nico se le resistió, compone y graba su disco maldito, 'Death of a Ladies Man' (1977), un trabajo denostado por él mismo y ahora reivindicado, el único que fue producido por Phil Spector. Las sesiones de grabación eran puro trance en los estudios Gold Star, donde se podía chapotear en licores fortísimos y entregar tu cuerpo a la música con todas sus consecuencias. Spector y estas sesiones caóticas, en las que llegó a apuntar a Cohen con una pistola en pleno delirium tremens, supusieron una ruptura total y el rechazo al resultado. El canadiense encontró su voz tapada por 'el muro' de Spector, con una letras casi inaudibles sólo aupadas por el trabajo de coristas femeninas que luego supusieron una constante en su música. También hicieron coros en ese disco Allen Ginsberg y Bob Dylan, quién sabe en qué circunstancias. Vaya época. Cohen sacó un último trabajo que, como David Bowie, se ha convertido en su réquiem, pero eso y la costumbre por sacar discos el día de sus cumpleaños fue de lo poco que les unió. La discusión sobre quién de los dos es mejor letrista ha estado a punto de poner en juego grandísimas amistades. Para ambos, sus últimos trabajos han sido extraordinarios. En 'You want it darker' Cohen se despide diciendo que se va preparado para morir. Se va como un señor, en una vejez sabia y sin estridencias. En realidad no era para morir. Leonard Cohen estaba preparado para convertirse en inmortal.