Diario Sur

Libertad estática

Libertad estática
/ Sr. García .
  • Desde que compartimos la casa experimento ciertas reacciones que incluso a mí me sorprenden

La semana pasada heredé una bicicleta estática que estaba sin utilizar desde los años 70. Una BH que recogí en Sevilla y con la que desde el primer instante sentí una perfecta sincronización. Es blanca con el asiento rojo y una silueta preciosa. No ocupa una habitación concreta de la casa sino que se va moviendo de un lugar a otro como si anduviera buscando la pista de despegue. Paso la mayor parte del tiempo con ella. Me di cuenta nada más verla que ambos teníamos muchos rasgos en común, pequeños detalles que no se ven a simple vista pero que enseguida se reconocen. Cuando comienzo a pedalear, ella permanece quieta, mirando hacia el mismo horizonte que yo. Vamos lejos, muy lejos, los dos en silencio, pensando en nuestras cosas.

Ayer pasamos el día en el salón de casa. Por la noche, nos retiramos al cuarto y durmió a mi lado. Al despertar esta mañana he recordado las imágenes del sueño. Yo viajaba en el sillín de mi BH, volaba con ella sobre selvas, ríos y ciudades, descubriendo el mundo a vista de pájaro. Después de desayunar, hemos salido los dos juntos a la terraza y he cumplido el sueño.

Desde que compartimos la casa experimento ciertas reacciones que incluso a mí me sorprenden. Por ejemplo, el otro día vino un amigo a visitarnos y no se le ocurrió otra cosa que declararse en público nada más verla. Dijo lo guapa que era, se montó, y comenzó a pedalear como si se conocieran de toda la vida. Hasta que no soporté más y le ordené que parase, que no fuera tan brusco, que no la pisara con la suela de los zapatos, que la ensuciaba. Él respondió con guasa que la BH no era un florero sino una bicicleta, que estaba destinada para practicar ejercicio y no quedarse delante de ella mirando las musarañas. Dejamos la bicicleta estática en el salón y salimos a la terraza para tocar otros temas menos íntimos.

Al despedirnos, sentí celos al ver cómo mi amigo la acariciaba, igual que si fuera la espalda de su mujer. Cuando nos quedamos los dos a solas, me senté a su lado con sentimiento de culpa y sin saber qué decir. Al llegar la hora de acostarse, se quedó en el salón y la eché de menos toda la noche. No pude conciliar el sueño, me asomé varias veces a verla sin hacer ruido. Ella permanecía estática, dando vueltas a la cabeza, sin acabar de comprender mi comportamiento. No había entre nosotros ningún contrato de exclusividad, BH no lo iba a firmar nunca, ni conmigo ni con nadie. Las máquinas no somos simples objetos, supongo que estaría pensando al amanecer mientras me miraba fijamente a los ojos. «No volverá a ocurrir», dije arrepentido. Me volqué sobre el manillar y la abracé.