Diario Sur

Del médico de la hipnosis al médico de la hipótesis. Georges Gilles de la Tourette y Pío Baroja

  • El primero hipnotizó a diestra y a siniestra hasta que una de sus pacientes le descerrajó un tiro en la cabeza; el segundo, además de panadero, tenía mucha miga narrativa

Tal día como hoy nacía Georges Gilles de la Tourette y moría Pío Baroja. El primero, miembro de la Escuela de la Salpêtrière, hipnotizó a diestra y a siniestra hasta que una de sus pacientes le descerrajó un tiro en la cabeza. El segundo, miembro de la Generación del 98 además de panadero, tenía mucha miga narrativa.

Georges Gilles de la Tourette: 30-10-1857 a 26-5-1904

El 30 de octubre de 1857 nacía Georges Gilles de la Tourette, quien pasaría a la historia de la medicina como el neurólogo que describió y descubrió la enfermedad que sería bautizada con su apellido. Antes de apadrinar nominalmente el Síndrome de Tourette – trastorno neurológico cuyas fallidas comunicaciones entre neurotransmisores y neurotransmitidos producen una sucesión de tics nerviosos a menudo acompañados por una retahíla de palabras obscenas, de tal manera que tu interlocutor aquejado de Tourette te llama cabrón cuando pretendía darte los buenos días, hijoputa en lugar de cómo está usted, o cretinoide para despedirse amablemente –, había sido miembro de la llamada Escuela de la Salprêtière, que fue una de las dos grandes escuelas que contribuyeron a la edad de oro del hipnotismo francés. En la Salpêtrière, el doctor de la Tourette hipnotizó a diestra y a siniestra hasta que una de sus pacientes declaró haber sido hipnotizada en contra de su voluntad – lo cual al parecer es médicamente imposible – y le descerrajó al facultativo abusón un tiro en la cabeza que no le mató pero sí le confinó en un estado en permanente oscilación entre los accesos depresivos y las turbulencias hipomaníacas; montaña rusa emocional que le quitó de una vez por todas las ganas de hipnotizar a destajo aunque no las de publicar un artículo sobre la histeria en el ejército alemán que entiesó de rabia el bigote prusiano de Bismarck, otro sobre la insalubridad de los hospitales flotantes del Támesis que erizó sajonamente la barba de Jorge V, ni las de de seguir dando conferencias sobre el magnetismo animal hasta que animalmente involucionó de magnetizador a magnetizado en un manicomio de Lausana donde moriría dos años más tarde más descompasado que un falso reloj suizo. Tic tac...

Pío Baroja: 28-12-1872 a 30-10-1956

Noventa y nueve años después del nacimiento de Georges Gilles de la Tourette moría Pío Paroja, precedido por la lentitud acumulada de la arteriosclerosis y sucedido por el furibundo escándalo de su entierro ateo en el cementerio civil de Madrid, al que asistió el mismísimo Hemingway, quien aún tardaría cinco años en volarse los sesos con su escopeta favorita. Antes de convertirse en miembro de facto de la Generación del 98, Baroja había paseado su aburrimiento existencial, primero por la facultad de Medicina donde sus profesores destacaron su escasa dedicación a la praxis, y más tarde por un pueblo guipuzcoano donde ejerció con más pena que gloria aunque antes de renunciar a la plaza le quedó tiempo para enemistarse con el alcalde y con el párroco quienes, ante las reiteradas ausencias a la misa dominical del reticente doctor, le reprocharon ser menos católico que un cordero halal, pongamos por caso. De regreso en Madrid, Baroja, mientras iba colaborando con diversos periódicos y revistas y coqueteando con algunas doctrinas anarquistas, se encargó de regentar la panadería de su hermano, labor ésta que despertó cierta mofa entre los colegas de profesión: “es un escritor de mucha miga, Baroja...se nota que es panadero”, se desternilló Rubén Darío entre un verso alejandrino y un relato azul, siendo de inmediato contraatacado por el tahonero ilustrado, “también Darío es escritor de mucha pluma...se nota que es indio”. Entre migas y plumas, no parece que la sangre llegara al río y Baroja siguió escribiendo cada vez más y amasando cada vez menos, al tiempo que sus ideas políticas cambiaban de rumbo y sustituían el anarquismo y el republicanismo radical por un escoramiento hacia el conservadurismo que le inspiró un simpático librito titulado “Comunistas, judíos y demás ralea” , editado en plena Guerra Civil, y cuyas páginas compuestas de fragmentos de artículos y extractos librescos avergüenzan lo suficiente a sus herederos como para intentar negar la autoría del compendio. Con tanta miga narrativa, ¿quién te mandaría meterte en harinas insolubles? Ay, don Pío, don Pío...