Diario Sur

Contra las diferencias

La pieza principal domina la sala, con más de 700 farolillos con forma de flor de loto.
La pieza principal domina la sala, con más de 700 farolillos con forma de flor de loto. / Álvaro Cabrera
  • La artista coreana Kimsooja, a través de la instalación y del vídeo, propone líricos y trascendentes ámbitos de comprensión de la diversidad, de eliminación de las diferencias que habitualmente nos separan

La obra de Kimsooja (Daegu, Corea del Sur, 1957) podría ser definida como un metafórico espejo destinado a reconocernos y a comprender la diversidad del ser humano. Pero la artista no busca simplemente generar procesos de (auto)reconocimiento y comprensión, a los cuales podría llegar mediante un enfoque documental del que huye, sino que aspira a promover una reconciliación, un estado de armonía y fraternidad entre los habitantes de un mundo dividido –si no enfrentado– en diferentes razas, creencias y nacionalidades. A la luz de su trabajo, la artista persigue representar un mundo en el que esas diferencias y distinciones no provoquen desigualdades. Ciertamente, esa esperanza que comparte con nosotros, que no deja de ser emocionante y reparadora en su enunciación artística, puede en ocasiones devenir utopía, pura ilusión cargada de optimismo antropológico. Generalmente, la artista coreana enfrenta problemáticas candentes, de orden socioeconómico y geopolítico, excluyendo lo manifiesto y apoyándose en un universo lírico y espiritual, cargado de metáforas y en el que la artesanía y la tradición adquieren gran importancia.

La pieza principal y específica para esta exposición, ‘Lotus: Zone of Zero’, compuesta por 708 farolillos con forma de flor de loto, ocupa el espacio central del CAC Málaga. Allí se alzan ingrávidos todos esos faroles, reunidos en una especie de palio o cubierta regular. Acompañan a esta estructura simbólica cantos tibetanos, gregorianos e islámicos que le otorgan una indudable espiritualidad y un profundo recogimiento. La artista coreana hace confluir distintos credos que se encuentran bajo ese manto protector, quizá en un ejercicio –nunca mejor dicho– de comunión. Bajo él todos aquellos que profesan estas creencias se reconocen y aflora cómo el hecho religioso es constitutivo del ser humano al margen de los distintos credos. Esa repetición de lo uno (del farolillo) que acaba convirtiéndose en múltiple y que adquiere apariencia infinita, ha sido considerada, al modo de una metáfora, como representación divina –piensen en la lacería andalusí–. Otro elemento que alude a la religión es el farolillo con forma de flor de loto, usado en la celebración del nacimiento de Buda, tradición que en Corea, país de la artista, se remonta al siglo X. Precisamente, éste posee como simbología la del rencuentro y la sabiduría que puede iluminar al mundo.

En el vídeo ‘To Breathe–The Flags’, Kimsooja mantiene esa esperanza por la fraternidad de las naciones. A pesar del candor y de la utopía que destilan los proyectos en los que desliza cierto carácter propositivo, como una especie de anhelo de otro mundo posible en el que haya una justa convivencia entre países, a veces adquieren un tono desacralizador. Ocurre en este caso. El vídeo consiste en 246 enseñas nacionales que se suceden fundiéndose y encabalgándose, haciéndose patentes y deshaciéndose al ensamblarse unas con otras durante cuarenta minutos. Al no presentarse esos símbolos de manera rotunda e inequívoca, siempre contaminados entre sí, se reduce el carácter de distinción y puede que el sentido patriótico. Esa ‘desfiguración’ de lo distintivo, de lo que acota y distingue –la bandera intacta–, puede ser una suerte de metáfora sobre los límites (conceptuales) de los territorios y patrias.

El proceso de interacción entre las banderas genera en ocasiones composiciones caprichosas. Un espectador con una mirada educada en el arte apreciaría cómo esas uniones arrojan composiciones abstracto-geométricas que recuerdan incluso a obras de los años diez del siglo pasado de Sophie Taeuber-Arp. La condición abstracta de ese símbolo queda enfatizada y alcanza consideración como mero elemento estético, escindido de cualquier simbolismo y valor trascendental. No podemos evitar recordar la serie pictórica ‘No Flags’ (2008) de Nico Munuera. En ella, el artista lleva a cabo composiciones en las que los colores y la distribución en bandas (campos de color) rememoran enseñas nacionales. Pareciera que Munuera busca, quizá como Kimsooja, descargar el ‘contenidismo’ y la simbolización de ese puro ordenamiento pictórico que recuerdan a banderas pero que, como el propio título indica, no lo son.

A lo largo del metraje de este vídeo se producen sensaciones contrapuestas que sirven para definir la posible respuesta que el espectador siente ante buena parte de la poética de Kimsooja. Nos debatimos en una dialéctica entre lo deseable y lo real, lo cual hace recaer sobre su proyecto cierta consideración de utopía. El orden de aparición de las banderas es estrictamente alfabético, como una especie de herramienta neutral que no atiende a otras variables y magnitudes, lo que supondrían una organización del mundo en jerarquías y ‘rankings’. Pero que el criterio sea alfabético y, por ende, objetivo, no significa que esa sucesión de banderas no alimente esa dialéctica que reseñamos en función al ‘encuentro’ de países que mantienen posiciones irreconciliables: conflictos que laten tras esos cruces de banderas y que generan una petición de resolución de los mismos, lo que, a todas luces, parece imposible, utópico. De este modo, ante nuestros ojos se confunden las banderas de Irán e Israel o comparten espacio las de Corea del Sur y Corea del Norte. En esa sucesión encontramos cómo casualmente se hibridan, con el mismo resultado que la instalación principal, escudos de países con simbología religiosa (Andorra y Argelia, por ejemplo). Se hace difícil dejarse llevar por la ilusión y el deseo de Kimsooja y no vencer al fatalismo acrisolado por la historia reciente y reforzado cada día por conflictos internacionales. Tampoco podemos evitar pensar cómo, en ese intento por ser tratados con equidad, se ‘cruzan’ países que poseen altos índices de democracia con otros que no los tienen o no respetan los derechos humanos.

Este vídeo fue realizado para los Juegos Olímpicos de Londres 2012. En él aparecían los países participantes, aunque, con posterioridad, se añadieron más hasta llegar a las 246 naciones que componen este canto a un mundo ideal, sin jerarquías y en continuo hermanamiento, como esas banderas en continua unión, una bandera única y múltiple. Cuatro años más tarde, en las Olimpiadas de Río de Janeiro, desfiló otra bandera que no aparece aquí y que evidencia cuánto de deseable es esta visión pero cuánto de imposible tiene: la del Equipo Olímpico de Refugiados (ORT). Una bandera como símbolo de la vergüenza y la ignominia. Una tela, al fin y al cabo, como las de los ‘bottari’, hatillos tradicionales coreanos que Kimsooja usa como metáfora de la emigración y el desplazamiento.