Diario Sur

El Museo Picasso se abre a Latinoamérica con una gran exposición de Torres-García

fotogalería

La exposición ofrece más de 170 obras del artista uruguayo. / Salvador Salas

  • La pinacoteca malagueña acoge la rotunda retrospectiva sobre el artista uruguayo producida por el MoMA

«Ya antes de la actual crisis que está desarticulando el mundo y en la que podrían hundirse para siglos los más altos valores humanos, el arte, con manifiesta evidencia, dio señales de caducidad y desorientación. Aguja sensibilísima, marcó una depresión notable, pues a la afanosa rebusca que tuvo que durar casi medio siglo, y que culminó con el auge de valores de suprema calidad, sucedió la explotación de los mismos, ya con propósito más bien mercantilista que de fiel devoción por una de las más nobles vocaciones...».

El diagnóstico anterior bien podría aplicarse a estos días, pero esas líneas tienen ya 74 años. Las escribió Joaquín Torres-García en marzo de 1942 como introducción a los textos que reúnen su pensamiento artístico, ese que ahora cobra forma en las paredes del Museo Picasso Málaga (MPM) en la rotunda retrospectiva que la pinacoteca le dedica al artista uruguayo, frontera sur en el mapa de las vanguardistas artísticas.

noticia relacionada
  • VídeoPresentación de la exposición

Con Torres-García, el MPM dedica por primera vez en sus 13 años de vida un proyecto monográfico a un artista latinoamericano y, con él, la pinacoteca abre la puerta a los creadores de aquellas latitudes. Lo anunciaba ayer el director artístico del MPM, José Lebrero, al esbozar que «vendrán más» proyectos de artistas sudamericanos de la vanguardia artística y la modernidad. Así, nombres como Rafael Barradas, Roberto Matta, Wilfredo Lam, Leonora Carrington, Remedios Varo, Diego Rivera o Frida Kahlo, por citar sólo algunos ejemplos ilustres, se colocan en la pista de despegue del museo malagueño para los próximos años.

Autores a caballo entre las dos orillas, como el «migrante» Torres-García, uruguayo emigrado a Barcelona que haría el camino de regreso a Nueva York para cruzar de nuevo hacia Italia y Francia antes de terminar sus días en tu tierra natal. Un periplo continuo filtrado en una trayectoria artística tan personal como inclasificable que llevó la prédica de la vanguardia artística de principios del siglo XX a los terrenos del arte precolombino.

«Joaquín Torres-García es el artista moderno que entiende que la modernidad está en el tiempo y no lo concluye. El desafío de la modernidad es entender eso (.) que si las formas quieren seguir siendo vivas, tienen que migrar», ilustraba ayer Luis Pérez-Oramas, comisario de Arte Latinoamericano del MoMA y comisario asimismo de 'Joaquín Torres-García: un moderno en la Arcadia'. El proyecto producido y estrenado hace un año por el museo neoyorquino ha pasado luego por la Fundación Telefónica de Madrid y ahora recala en el MPM como «último puerto» de este ambicioso montaje que a través de una selección de 170 piezas toma el pulso a la ecléctica y proteica trayectoria del artista uruguayo, desde su academicismo Novecentista de la Belle Époque cultivado en Barcelona hasta la destilación del 'Universalismo constructivo' alumbrado entre los años 20 y 30.

Torres-García ya había cumplido los 50 años, le habían acusado de hereje en Barcelona, había fracasado en Nueva York en su afán por ser pintor de corte del capitalismo y ya en París cuajaría su ideario estético, capaz de poner en diálogo a Piet Mondrian y Machu Picchu, a Jean Arp y Cuzco. Torres-García hace convivir la razón abstracta con el delirio surrealista y asume, en palabras de Pérez-Oramas, que «la oposición entre figuración y abstracción no tiene razón lógica, que no existe jerarquía entre lo concreto y lo abstracto».

Idas y venidas

Tensiones, idas y venidas que la exposición del Museo Picasso Málaga -en cartel hasta el 5 de febrero- ofrece en un recorrido también sinuoso, didáctico y profundo, sin artificios escénicos de cada sala pintada de un color y paredes llenas de vinilos con texto explicativo. Aquí sólo hay pared blanca y pelada para un ambicioso catálogo de obra enigmática, rotunda y delicada.

Aquí las maderas de Torres-García, rudas sólo en apariencia, en la misma pared que sus 'Dos figuras misteriosas' y su 'Pintura constructiva', todas de 1929, todas como miembros de una misma familia, diversas pero con la misma carga genética. Porque, como resumía ayer el comisario de la muestra en el MPM, la obra de Torres-García «no se construye como progreso, sino como idas y venidas, alimentándose de su pasado».

Y en la bisagra entre los años 20 y 30, Torres-García alcanza lo que él mismo llamaría «mi estilo catedral». Mientras Europa macera la xenofobia, el odio y la sangre, él se lanza a la construcción de símbolos universales, de composiciones como punto de encuentro más allá de las peculiaridades de cada cultura, de objetos metidos en una retícula (un pez, un reloj, un compás, una inscripción...) cuyo «proceso de interpretación es infinito».

Lo escribió el propio Torres-García en marzo del 35: «No hay que asustarse ni temblar al decidirse a ir SÓLO, a marchar por la propia vía». Un viaje en busca de su propia Arcadia que persiguió durante toda su vida. Miren si no la primera y la última obra de esta exposición.