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El Museo Picasso Málaga despliega el genio inclasificable de Torres-García

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La muestra podrá visitarse hasta el 5 de febrero de 2017. / Salvador Salas

  • La pinacoteca inaugura una contundente retrospectiva sobre el artista uruguayo producida por el MoMA

“Lo temporal no es más que símbolo”. Joaquín Torres-García colocó esa instrucción del ‘Fausto’ de Goethe bajo las pinturas murales que le habían encargado para decorar el Salón de San Jordi en el Palacio de la Generalitat en Barcelona. Una declaración de intenciones en medio de las escenas de una Arcadia soñada y perdida. Nosotros construimos el tiempo, no el tiempo a nosotros. Era lo que pensaba a principios de la primera década del siglo siglo XX, lo que pensaría toda su vida. Pero alguien decidió que aquello era una herejía, Torres-García perdió favores y amigos y a los 46 años, con su mujer y sus dos hijos, puso rumbo a Nueva York. Ya había cruzado el charco desde Montevideo siendo adolescente y ahora regresaba a América, al norte. Allí quedó fascinado por el frenesí de la Gran Manzana, allí fracasó en su intento de ser pintor de corte del capitalismo y de allí también salió, de nuevo rumbo a la otra orilla, a pequeñas ciudades de Italia y Francia antes de llegar a París.

Joaquín Torres-García (1874-1949), visionario, pedagogo, migrante, juguetero y frontera sur en el mapa de las vanguardias. Un genio poliédrico que ahora recala en el Museo Picasso Málaga (MPM) en la contundente retrospectiva producida por el Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York con la colaboración de la Fundación Telefónica y de la propia pinacoteca malagueña, “último puerto” del proyecto que ha pasado por esas instituciones y que reúne más de 170 piezas del artista uruguayo, como ha presentado esta mañana el comisario del montaje, Luis Pérez-Oramas, a su vez comisario de Arte Latinoamericano del MoMA.

La exposición que mañana abrirá al público y que podrá visitarse hasta el 5 de febrero de 2017 plantea un pormenorizado y selecto recorrido por la amplia y proteica trayectoria artística de Torres-García, desde sus primeros pasos en la escena barcelonesa del Novecentismo hasta su asunción del ‘Universalismo constructivo’, la teoría de su propio cuño que derrumbó la dicotomía entre figuración y abstracción.

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  • VídeoPresentación de la exposición

Ahí se juega buena parte de la partida crucial de Torres-García, en la asunción de que no existe jerarquía entre lo concreto y lo abstracto, entre el objeto y la idea. Torres-García, capaz de dialogar al mismo tiempo con Mondrian y con los moradores de Machu-Pichu; Torres-García, estudio febril del hecho pictórico y convencido de la modernidad rústica de los artesanos precolombinos. Ahí, en la certidumbre de que uno no se construye de arriba abajo, sino con idas y venidas, reside la genialidad única de Torres-García, su carácter indómito y erudito, inclasificable.

Todo lo vivido y soñado por Torres-García cabe en sus composiciones de los años 30 del siglo pasado. Cuando en Europa campaban Hitler, la xenofobia, el odio y la sagre, Torres-García alumbra composiciones basadas en la cuadrícula, en retículas que llena de símbolos figurativos, reconocibles, pero cuyo “proceso de interpretación es infinito”, como advertía esta mañana Pérez-Oramas durante el recorrido por ‘Torres-García: un moderno en la Arcadia’.

Relojes, peces, compases, inscripciones, torres… “Mi estilo catedral”, llamó el propio Torres-García a las composiciones de aquellos años 30 reunidas en una de las salas del montaje. Sólo ese rincón ya merece la visita al Museo Picasso Málaga, que despliega el torrente imaginativo del autor uruguayo en un montaje sobrio, sin distracciones de letreros ni vinilos, a pared blanca y pelada, sin más reclamo que la potencia íntima de las creaciones de Torres-García.

Torres-García, que tras España, Estados Unidos, Italia y Francia decidió regresar a su tierra natal. Allí, convertido en tótem, quizá como esas maderas que talló durante toda su vida, también regresó a aquella Arcadia, al tema con el que empezó todo y al que dedicó su última obra, a ese lugar siempre perdido pero que hay que buscar, a ese territorio imaginado que conecta nuestro pasado que no existe con nuestro futuro que, te tampoco, pero que da sentido a ambos.