Diario Sur

A cara descubierta

Exposición de Manuel León en la Galería JM.
Exposición de Manuel León en la Galería JM. / Paula Hérvele
  • Manuel León, quien ha despojado del capirote a sus personajes y elude el tono sarcástico de anteriores registros, mantiene el pulso crítico en su segunda exposición en la Galería JM

Viene demostrando Manuel León (Villanueva del Ariscal, Sevilla, 1977) su incisiva mirada al mundo que nos ha tocado vivir. En su anterior exposición en la Galería JM (2013) puso en pie un retablo irónico y crítico sobre la política y la sociedad actuales. También evidenció –como lo sigue haciendo– el profundo diálogo que mantiene con la historia del arte, que se traduce en un exhaustivo conocimiento que no deviene únicamente en cita, sino en el manejo de códigos de representación y comunicación, especialmente barrocos. En aquella ocasión empleó un tono sarcástico en el que llegaba a hacer uso de la paradoja por medio de la palabra, que se incorporaba en algunas obras. Ahora ha abandonado esa manera arrolladora y estruendosa de ejercer la crítica y testimoniar los males y taras en pos de un posicionamiento más sutil o menos literal, lo cual no implica que la carga de profundidad sea menor, sino menos instantánea y despojada del humor y la risa. Pueden servir como ejemplo las dos piezas principales, la que da título a la muestra, en la que pudiera denunciar, entre otras cosas, la banalización de la cultura y su equiparación al deporte –si no subestimación-, así como ‘Vuelven los problemas del siglo pasado’, reformulación de la iconografía del tema bíblico de Susana y los viejos.

Pero aún hay más, también en esta exposición advertimos cómo el artista sevillano asienta un intento por abordar cuestiones de profundo calado, no sólo coyunturales. Siendo León un pintor de honda preocupación antropológica, como vemos en su continua atención a la condición humana y a los estados que le genera al sujeto contemporáneo la crítica situación socioeconómica –hay aquí un ejercicio de diacronía y sincronía, de escenificar lo inalterable de nosotros y las situaciones recientes y concretas–, no resulta extraño, aunque sí profundamente singular, que su pintura atienda a la dialéctica cultura ‘versus’ naturaleza. Es esta confrontación no sólo uno de los asuntos que, como un ‘continuum’, se ha repetido en la historia del arte, es, también, un constructo que acompaña al ser humano desde prácticamente su autoconciencia como especie que se escinde de lo natural o que, para constituirse como tal, ha de negar la naturaleza como aquello que se opone a lo humano. En estos términos se puede entender la continua confrontación en su pintura de la figura humana con la indómita vegetación, conformada por una jungla de costillas de Adán, planta que parece adoptar un papel de personaje. Esa suerte de ‘herida’ que acompaña al Hombre ha generado, precisamente, distintas alegorías acerca de ese estado ideal de comunión con lo natural que se perdió, tales como la Arcadia o la Edad de Oro.

En esta entrega, León incorpora un evidente sentido autobiográfico. Ha de señalarse que toda su obra, en cuanto que respuesta al contexto en el que vive, posee un incuestionable registro personal. Esto es, León no puede desentenderse del mundo que le toca vivir, de ahí que traslade a sus dibujos y pinturas la visión del mismo, de cómo lo sufre y afecta. Sin embargo, en muchas de las acuarelas expuestas, se autorretrata en diálogo con el capirote, que aparece arrojado al suelo, o en ademán de desprenderse de la túnica de nazareno. El artista, ‘a cara descubierta’, comparte con nosotros un momento trascendental y quizás costoso en su trayectoria: el abandono de los personajes característicos de su obra figurativa (los nazarenos) por un nuevo estadio, explorado en los últimos años, en el que aquellos seres con antifaz han ido dejando paso a los que ahora ocupan sus obras.

La pérdida del capirote conlleva la aparición del rostro con todo su poder expresivo. León, de hecho, aprovecha, como vemos en las acuarelas, para ensayar un estudio de los temperamentos, afectos o humores. La galería de personajes, con sus gestos que responden a estados paroxísticos (melancolía, ira, asombro, extrañeza, piedad, sorpresa, risa), remiten a la tradición del arte, haciendo que, ante ellas, por nuestra memoria desfilen grandes maestros: los personajes con distintos rictus de Leonardo da Vinci y Aurelio Luini, la locura que inunda el autorretrato de Courbet (‘Le Désespéré’), las ‘Máscaras’ de Honoré Daumier o las portentosas esculturas de Franz Xavier Messerschmidt. El abandono del antifaz permite, por tanto, que el patetismo se refleje en los rostros.

En la relación de la pieza central (el único óleo sobre lienzo) con las acuarelas que se despliegan en torno a ella, nos permite ver cómo León traslada todas esas imágenes (personajes) a la composición grupal, en la que aparece un ‘memento mori’. Las acuarelas, aun manteniendo su dimensión de obra final dada su exquisita factura y preciosismo, se muestran como bocetos o como pormenores. Pero más allá de esto, la simple confrontación del lienzo con estas obras sobre papel acaba por aludir al propio proceso pictórico, a ese modo de hacer que León decide ‘transparentar’ al cotejar las piezas, con lo que lo convierte en asunto adyacente. Vemos, de un lado, ese repertorio iconográfico en torno a las emociones; por otro, al ser llevados como si se trataran de plantillas a la tela, generan ese peculiar estilo, cercano a la adición del ‘collage’. La repetición de una serie de personajes en un mismo friso conforma un colectivo aunque sin relación entre los retratados. Quizás trascienda aquí cierta visión metafórica de cómo León contempla la sociedad, con cierta desafección e insolidaridad entre sus miembros.