Diario Sur

Del Condado de Yoknapatawpha al simbolismo porteño. William Falkner y Alejandra Pizarnik

Alejandra Pizarnik
Alejandra Pizarnik / Sur
  • Tal día como hoy nacía William Faulkner, con un Condado de Yoknapatawpha esbozado en su plasma sanguíneo, y moría Alejandra Pizarnik, mordiendo una manzana envenenada de melancolía, lirismo y Seconal, a partes iguales

Tal día como hoy nacía William Faulkner, con un Condado de Yoknapatawpha esbozado en su plasma sanguíneo, y moría Alejandra Pizarnik, mordiendo una manzana envenenada de melancolía, lirismo y Seconal, a partes iguales.

William Faulkner: 25-9-1897 a 6-7-1962

New Albany, Mississippi, 25 de septiembre de 1897. Nace William Cuthbert Faulkner, con un condado ficticio de Yoknapatawpha esbozado en su plasma sanguíneo y una prosa monologada serpenteando por su territorio límbico. Antes de ser considerado el rival estilístico de Hemingway – las frases breves de “Papa” Ernest contrastaban con la prosa sinuosa y densa del autor de “El ruido y la furia”–, Faulkner había ejercido numerosos oficios: empleado en el banco de su abuelo; piloto de la RAF durante la Primera Guerra Mundial; pintor de brocha gorda; periodista en Nueva Orleans; guionista-mercenario en Hollywood para películas que abominaba y cuya única finalidad era la de restaurar la mansión semi ruinosa que había comprado en su condado natal... Sin embargo ninguno tan póstumamente comentado como el de cartero de la Universidad de Mississippi, de donde estaba a punto de ser despedido – si no se quedaba dormido, se dedicaba a leer las revistas antes de entregarlas a sus destinatarios, adaptando los horarios de oficina a su faulkneriano capricho –, cuando decidió dar la campanada presentando la siguiente carta de renuncia: “Dado que vivo bajo el sistema capitalista, espero que mi vida se vea influenciada por las demandas de la gente que tiene dinero. Pero que me condenen si me planteo estar a la entera disposición de cada canalla que tenga dos centavos para comprar un sello de correos”. De Faulkner, quien aseguraba ser hijo de una negra y un cocodrilo, decían las malas lenguas que el único día que no se emborrachó fue el de la muerte de su hija Alabama, y el propio escritor siempre sostuvo que el alcohol era medicinal y que sin el bourbon Old Crow no hubieran existido sus novelas, resumiendo del siguiente modo su visión existencial: “La civilización comienza con la destilación”. Cuando, a los sesenta y cinco años de edad, se cayó de un caballo – murió dos días después –, no queda constancia de si estaba ahíto de Viejo Cuervo, de multiperspectivismo o de la indelimitada simbiosis que lo catapultó, Intruso en el Polvo, a la eternidad literaria. The end.

Alejandra Pizarnik: 29-4-1936 a 25-9-1972

Setenta y cinco años después del nacimiento norteamericano del sur de William Faulkner, y diez después de su muerte, mordía, en la sureña Buenos Aires, Alejandra Pizarnik la manzana envenenada de melancolía, lirismo y Seconal a partes iguales. Pizarnik, que había succionado hasta el tuétano el espíritu del Romanticismo en los versos libres de Rimbaud y el simbolismo vanguardista de Mallarmé, y devorado a dentelladas Apollinairescas los cartílagos del Surrealismo, culminaba con éxito, a los treinta y seis años, su tercer intento de suicidio gracias a cincuenta píldoras de secobarbital que secaron de una vez por todas los ríos incontenibles de su angustia. Alejandra nació triste en Avellaneda – “Extraño desacostumbrarme / de la hora en que nací / Extraño no ejercer más / oficio de recién llegada” –; vivió pesimista en París – “Y hay, cuando viene el día / una partición de sol en pequeños soles negros / Y cuando es de noche, siempre / una tribu de palabras mutiladas / busca asilo en mi garganta / para que no canten ellos / los funestos, los dueños del silencio” –, y murió desesperada y lucífuga en Buenos Aires – “¿Cómo no me extraigo las venas / y hago con ellas una escala / para huir al otro lado de la noche?” –. En Buenos Aires hay un río de la Plata preñado de mercurio; un Puerto Madero de vidrio y hormigón ; una Casa Rosada con las entrañas negras ; una Plaza de Mayo con madres de invierno ; unos conventillos sin monjes ni monjillos ; una Boca con caries de colores ; una Avenida Nazca que muere en Las Flores; una libertad de culto de preeminencia católica; un fileteado porteño que no se come; un Parque Chas en el que cuando crees que me ves cruzo la pared hago chas y aparezco a tu lado... Dale, pibe.