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Eugenio Chicano: «La cultura en Málaga todavía se hace con un sentido elitista»

Eugenio Chicano, en su estudio situado en el barrio de la Victoria.
Eugenio Chicano, en su estudio situado en el barrio de la Victoria. / Álvaro Cabrera
  • Eugenio Chicano. Artista

  • «La relación de la ciudad con Picasso está muy aletargada», lamenta el pintor, que hoy ingresa en la Academia de San Telmo con un discurso sobre el genio

Abre la puerta de su estudio ataviado con un mono negro manchado de pintura, unas alpargatas blancas y la mirada curiosa de quien sigue haciéndose preguntas. Eugenio Chicano (Málaga, 1935) propone salir a la terraza, donde esperan las esculturas que rescató del olvido de la Escuela de San Telmo y varias esferas de vidrio soplado que los marineros usaban para mantener a flote sus redes. Él echa el copo a los recuerdos y al futuro, a las esperanzas y los sinsabores en una charla con la excusa de su ingreso esta tarde (20.00 horas, Salón de los Espejos del Ayuntamiento de Málaga) en la Academia de Bellas Artes de San Telmo.

Si le digo la verdad, creía que era académico desde hace tiempo...

¡Es que lo soy! ¡Desde hace 40 años! En 1976, estaba yo en Italia, la Academia me mandó un diploma de académico correspondiente. Yo no dije pío, estaba fuera y no quería ser desagradable... Decidí guardar silencio y hacer una jugada de tiempo. Cuando volví a Málaga, el vicepresidente de la Academia era Virgilio, el pintor, y le dije ‘Oye, que yo soy correspondiente. A ver si arreglamos esto...’. Y me dijo: ‘De arreglar nada. Aquí tú tienes que pedir los votos y que te presente no sé quién y no sé qué más...’. Total, me fui a mi casa y comprendí que quizá no era del gusto, por decirlo de alguna manera y no quiero ofender a nadie a estas alturas. Pasó el tiempo y la tertulia de los amigos que íbamos a cenar todos los jueves –Manolo Alcántara, Fermín Durante...– y me animaban a retomar el asunto, pero yo estaba muy frío.

¿Por qué?

Hombre, entrar en un sitio como la Academia, que ha sido, es y será árbitro en la ciudad, de lo bueno y de lo malo, de la crítica, que tenga una garantía de lealtad a la ciudad para hacer las cosas con justicia, de buena ley... Me parece que es una institución indispensable y sobre todo ahora mismo en los tiempos que corren.

«Hay más confusión»

¿Ahora más que antes?

Creo que sí. Ahora hay mucha más confusión que antes, porque somos más los que pensamos. Ya no hay un partido, ya no hay una dictadura. Ahora hay Gobierno, oposición y varios partidos en la oposición, que dicen lo que les gusta lo que no les gusta. Además, la cultura todavía se hace con un sentido elitista y por lo menos yo no estoy de acuerdo con esto. En Málaga se han hecho unos museos magníficos, pero para el turismo. Los museos no llegan a los barrios y los barrios no llegan a los museos. No hay una correlación de posibilidades desde ese punto tan espléndidamente referente como el Pompidou o el Museo Picasso, ahora el Museo de Málaga... Eso es muy bonito y está muy bien para el turismo, vamos a ganar mucho dinero y vamos a vender muchos menús, pero los barrios no disfrutan nada de eso y es una gran pena, porque yo los conozco, el malagueño tiene una cierta intuición, le gustan estas cosas... si le guías. Tú les pones ahora mismo unos guías y creas una serie de visitas guiadas y eso cuaja.

Algo así puso en marcha como primer director de la Fundación Picasso (1988-1999).

Así es. Y fue de un fruto que no se puede imaginar, todavía me para gente por la calle: ‘Usted no sabe cuando fue a La Palmilla, a la barriada. Allí conocí yo a Picasso...’. Cosas como esas son las que te pagan, porque estuvimos siete años dando charlas los martes y los jueves por los colegios, las asociaciones de vecinos... Con Picasso cambiamos el chip. En aquella época, cuando se hizo la fundación, era una figura muy discutida. Hicimos una encuesta y salió que era un comunista que se comía a los niños chicos, más o menos. Y en siete años le dimos la vuelta y ya Málaga sentía a Picasso más próximo.

Justo de Picasso va a hablar esta tarde en su discurso de ingreso.

Sí. El discurso se titula ‘Creación de creaciones’ y es una visión de Picasso algo diferente, no quiero matar el gusanillo, pero espero que sea instructiva, divertida y que más o menos refleje mi amor hacia el maestro.

¿Y ahora, cómo ve la relación de Málaga con Picasso?

La veo muy aletargada. Ha bajado, creo yo, por esa manía de cuidar más el turismo que la ciudad. La ciudad lo mismo te puede dar un aplauso de muerte que te da un bufido y te pone colorado.

¿Lo ha vivido en sus carnes?

Claro que lo he vivido, porque nacimos en una posguerra durísima y cualquier gracia que hacíamos en La Buena Sombra o la iniciación de Ateneo... Todas aquellas cosas nos costaron sangre y ahí están. Esas cosas hay que sentirlas y hay que cuidarlas. Málaga es un diamante en bruto y lo tenemos un poquito abandonado. La gente se creerá que estoy hablando aquí contra el alcalde y estoy hablando contra todos los alcaldes, desde la posguerra para acá, estoy hablando contra todos los presidente de Diputación, contra todos los que han tenido un poquito de poder. Los que hemos crecido en esa época hemos estado codo con codo con esas personas y no nos han preguntado nada. ‘Eugenio, ¿qué te parece? Brinkmann, Peinado...’. Nada. Ahí hay una Facultad de Bellas Artes y ni siquiera nos han invitado a dar unas clases, un coloquio... ¿Tú crees que eso puede ser?

Una generación olvidada

¿Siente que esa Generación del 50 a la que pertenece y de la que habla no tiene el debido reconocimiento?

Hemos quedado olvidados. No sé por qué, por exceso, porque estamos cerca, porque no nos hemos muerto... Aunque ya se han muerto dos: (Dámaso) Ruano y (Jorge) Lindell. Dos personas que no tienen ni una monografía, ni una tesis... Nada. Y a mí particularmente me duele mucho, esa es la verdad.

Buena parte de ese esfuerzo parece haberse dirigido a la creación de museos. ¿Cree que hay cierta saturación?

Los museos nunca son demasiados. Siempre hay parcelas del arte que son museables. El arte, la pintura no se acaba. El gran salto va a ser entrar en la Aduana.

Y allí volverá la Academia.

Así es.

¿Y siente que el ingreso en la Academia cierra un círculo en su trayectoria?

La verdad es que nunca lo he sentido así. Siempre pensé que el hecho de que muchas personas antes no hayamos sido académicos era natural. También, caramba, un pintor con 25 o 30 años lo que tiene que hacer es irse, no meterse en la Academia. Tiene que irse a París, a Italia, a América, a donde sea, y después, si quiere, vuelve y tiene aquí su rinconcito y, entonces, da lo que sabe a su ciudad y a su gente, prodigándose.

¿Es lo que ha intentado?

Pues en la medida de mis posibilidades, sí. ¡Y mira que tengo 81 años y no tengo edad de meterme en líos! (Ríe) Pero vamos, me han invitado y voy como un niño con zapatos nuevos. Ahora lo que hace falta es ponerse a trabajar.