Diario Sur

Vía Láctea

Vía Láctea
/ Sr. García .
  • Me relaja saber que estamos en la Vía Láctea. Un vehículo sólido con lasventanas cerradasigual que las del avión

Siempre me atrajo la lentitud. Pasar las horas quieto observando la vida en movimiento. Hasta que supe que estamos en la Vía Láctea y que nos movemos a doscientos setenta kilómetros por segundo. Desde entonces siento un vértigo constante, igual que si estuviera abrazado al mástil de un barco en plena tempestad. O peor todavía, agarrado al ala de un avión supersónico que vuela más rápido que el sonido. Cualquier situación que imagino, por muy peligrosa que sea, resulta inofensiva al compararla con la realidad. Los habitantes de la tierra vivimos inmersos en un sistema que nos empuja por la espiral galáctica a una velocidad vertiginosa. Ahora comprendo la inquietud que siempre me acompaña, incluso cuando paseo por la playa aparentemente tranquilo. No quiero ni pensar qué pasaría si chocásemos con cualquiera de los cuerpos celestes que también pasean pacíficos por la Vía Láctea.

Cuando dos objetos se mueven al unísono parecen estar quietos. La vista engaña a los pasajeros de dos trenes que circulan paralelos, lo mismo sucede con dos pájaros que vuelan juntos y con las más de siete mil millones de personas que caminamos por la corteza terrestre. Al mirar por la ventanilla de un avión veo la vida, abajo, transcurrir despacio. Los coches diminutos se desplazan como hormigas. Los barcos apenas se mueven. Quién diría que nos abalanzamos hacia el abismo a una velocidad que somos incapaces de asimilar. Los pilotos de carreras se juegan la vida circulando a los mismos kilómetros por hora que los habitantes inconscientes de la Vía Láctea recorremos en un segundo.

A pesar del riesgo que nos envuelve, estoy tranquilo. Lo que al principio me produjo miedo ahora me transmite calma. Me hace gracia recordar la primera reacción que tuve cuando descubrí la terrible velocidad a la que íbamos sin darnos cuenta. Durante algunos días anduve por el pasillo de casa agarrándome a los picaportes como si un huracán me arrastrara entre las puertas del cielo. Me relaja saber que estamos seguros en la Vía Láctea. Un vehículo sólido con las ventanas cerradas igual que las del avión. Ni siquiera nos despeinamos, el viento no arrecia contra nosotros, no hay peligro de salirse de órbita. Al otro lado del cristal transcurre la vida lenta; aunque a medida que pasan los años aumenta la velocidad y el tiempo disminuye. Nos es culpa de la Vía Láctea sino de la edad. Lo único que hoy me da miedo es quedarme quieto, pararme, entrar en talleres, y no poder seguir la carrera sideral. Decir adiós y ver como los demás continúan volando por la Vía Láctea a doscientos setenta kilómetros por segundo.